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lunes, 10 de mayo de 2021

Fuego chico


—¡Y movía la patita así, y era desopilante porque el disfracito le quedaba perfec y parecía literal un granjero sosteniendo un bieldo, pero el michi no tenía idea!
            De las historias de animales quemados y perdidos habían pasado a historias de gatitos y algo del drama y el horror vividos tan intensamente esos días quedó como diluido o en suspensión esa noche en el campamento. El fuego iluminaba únicamente los cipreses y radales verdes de ahí mismo, y para el círculo de brigadistas junto al fogón, donde el fuerte cansancio de los cuerpos gastados se mezclaba dulcemente con el sueño ya tan cercano, y donde las tiernas anécdotas y el whisky Criadores armaban como un teatrito frente al mundo que lo volvía menos atroz y desconcertante, fue como si no existiera el bosque quemado que se extendía por kilómetros y kilómetros al sur. Las demás compañeras, al abrigo de las carpas o apiñadas a la intemperie en alguna pampita plana que invitaba al bivac, ya saboreaban ese breve pero indispensable descanso y confirmaban la tonta sospecha de que el universo era peludito y amoroso, ilusión que cada tanto se rompía cuando alguna despertaba de una pesadilla. Un grupito de compas más chicas que compartían carpa y andaban todo el día juntas a los mimos se despidieron del grupo con palabras lindas y esperanzadoras, y al alejarse comenzaron a tararear un reggaetón suavemente que se difuminaba con ellas en la oscuridad que separaba su carpa del fogón. Para Millalén ese corito melancólico se convirtió en el mundo y pensó en su gatita y la extrañó hasta casi ahogarse.
            —Yo hace un tiempo perdí a mi gatita. Desapareció de la chacra un día y no volvió más.
        Normalmente habría tenido muchísima dificultad para hablar en grandes grupos y conectar con personas desconocidas, y sin embargo, hoy había estado conversando todo el día mientras caminaban por la montaña haciendo la labor de guardia de ceniza. Pero esta sensación de plenitud le incomodaba mucho por su vínculo inseparable con semejante catástrofe. Le daba culpa que hubieran tenido que incendiarse diez mil hectáreas de bosque nativo para que se formara la Red de Brigadistas Lesbianas y así encontrar un lugar de pertenencia. Mientras hablaba, tenía pequeños momentos solipsistas donde le resultaba totalmente increíble que estuviera rodeada de mujeres tan fuertes y hermosas que la escuchaban en silencio y con interés.
        —Cuando llevaba como cinco días sin verla y me empecé a preocupar publiqué en el grupo de whatsapp del paraje una foto así con el aviso, y al rato me contestó una persona, pero estaba medio lejos, ¿viste? En un callejón que está como a más de cinco kilómetros de casa. Me dijo que hace cuatro o cinco días que venía apareciendo un gato medio flaco, medio desmejorado, y que le habían estado dando de comer, un gatito gris plateado así como era ella. Y al toque me manda una foto porque justo había pasado a comer y era el mismo tipo de gato, esos grises con la pancita blanca, medio monteses, peluditos, es la raza esa Maine Coon, ¿viste? Pero mi primera impresión fue que no era. No me pareció ella. Entonces le digo “Bueno puede ser, no sé si es ella,” y el chaboncito me dice así muy tranca “Bueno no te preocupes, cuando vuelva a aparecer trato de sacarle una foto mejor,” porque era medio chota la foto, y como decía que estaba apareciendo todos los días para comer ahí como que me tranquilizó. Pero después me pasé toda la tarde mirando esa foto y cada vez se parecía más a ella, y me empecé a sentir re mal por no haber ido a buscarla en el momento en que me la mandó. Así que al día siguiente volví a contactarme con el señor ese para ir a verla, pero no me contestaba y dije “Bueno me mando”. Pero tenía una referencia bastante amplia de un callejón largo entre dos subidas. Encima ahí no tenía señal así que ya no volví a poder comunicarme, ni sabía si iba a estar en casa ni nada. Pero bueno empecé a recorrer el callejón, llamándola, y viendo a ver si encontraba unos pinos que salían en la foto. La foto era ella en un pinar con toda la pinocha en el suelo, así que me puse a buscar los pinos y vi que no había tantos, había dos bosquecitos de pinos nomás ahí a la vista en todo el callejón, ¿viste? Cuando me acerqué a uno, empecé a mirar porque también había una manguera en la foto, con una canilla así medio improvisada con un palo. Entonces buscaba eso, y en un momentó veo una manguera, veo la canilla, y digo “¡Es acá!” Pero cuando miré bien la foto era otra manguera, era otro lugar. Así que ahí no era.
            —Entonces me fui para el otro bosquecito, que era en una chacra amplia así que se baja. El callejón estaba más alto y desde ahí se veían en la parte más baja de la chacra unos pinos. En una de las primeras casas hablé con una persona que me mandó para el fondo, así que me mandé directo a la casa con los pinos, pero no había nadie. Había unas chatas igual, y estuve ahí un rato aplaudiendo y eso pero no salió nadie, ¿viste? Y me acerqué a los pinos y encontré la manguera con la canilla, y lo confirmé con otra rerefencia que había, un palo que estaba ahí tirado que se veía en la foto, así que ya sabía que era ése el lugar. Todo el tiempo también llamando a la micha a ver si aparecía. Estuve ahí un rato recorriendo por ahí pero no apareció, y en la casa se ve que no había nadie. Me terminé metiendo más para el bosque, y llegué a una parte re linda, ya con bosque nativo, y una casita muy hermosa de barro, así con un techo vivo bien verde, y hablé con una señora ahí que me dijo “¡Ah sí, mi vecino la vio!” Y le fuimos a preguntar ahí al vecino, que vivía en otra casita de barro así, y el chango ese había visto, unos días antes, un gato gris “muy desmejorado” decía, muy flaco dijo que estaba y desmejorado. Y eso ya me parecía raro, que en tan pocos días se vuelva toda flaca y eso, porque ella se re maneja, son re cazadores y mil veces me fui de casa por varios días y está todo bien. Cuestión que volví para la otra casa y la seguí buscando ahí, y vuelta a aplaudir a ver si salía alguien, y cada vez me metía yo más para el terreno de esa casa, y para atrás por el bosque, donde volvía a empezar el bosque nativo, y era un bosque hermoso, totalmente hermoso. Eso todo se quemó.
            Una de las mujeres tuvo un calambre en la pierna y las demás se acercaron para asistirla. La acostaron en la tierra y la ayudaron con la elongación mientras le hacían masajes. El trabajo de guardia de ceniza era exigente por la cantidad de horas que debían pasar caminando por la montaña. Gracias a los brigadistas que habían venido de otras partes del país que ya fueron afectados por los incendios, habían podido implementar desde el inicio ciertas estrategias que reducían muchísimo el trabajo involucrado, pero aún así caminaban al menos veinte kilómetros por día. Lo fundamental era tener reservas de agua repartidos por el bosque para poder recargar sus mochilas hidrantes. Para esto habían traído lonas de plástico que colocaban en grandes huecos cavados en los arroyos, reforzando los bordes con piedras y troncos a modo de piletones. Uno de los trabajos principales consistía en localizar puntos calientes en el bosque, sitios donde el fuego ardía fuerte bajo la tierra y, mientras algunas desmontaban con machetes y motosierras la vegetación a su alrededor, otras hacían viajes de ida y vuelta a las reservas para rellenar las mochilas hidrantes, que se vaciaban en un tiempo irrisorio comparado con la la media hora o una hora que tardaban en hacer el recorrido a pie. Se sentían como hormigas en el bosque haciendo un gran esfuerzo por un bien que de tan mayor era casi incomprensible. Porque puntos calientes había miles, escondidos por el bosque inmenso, y nunca se sabía dónde iba a aparecer la llamarada. El fuego seguía vivo bajo la tierra, en ese otro bosque, una red inagotable de raíces y hongos y materia orgánica que ardía en la oscuridad y debía ser controlado para evitar la pérdida de muchas más hectáreas. Cuando la situación del calambre ya se había apaciguado, Millalén continuó su relato. Alguien había tirado unos palos al fuego que chisporroteaba al avivarse en medio del círculo.
            —En un momento aparecieron unos caballos que me dieron cierta sensación de estar llegando a una chacra, y un poco más adelante vi un gato negro recostado en un parche de sol que se filtaba por las copas bajas de unos ñires. Caminando un poco más llegué a un cerco de troncos que separaban el bosque de una pampita bellísima con distintas casitas y galpones de esas chacras que te dan la sensación de estar perdida en algún lugar remoto de la cordillera, con viejos pobladores que no deben saber ni quién es el presidente de la nación. Literal que me olvidaba que estaba al toque de casa y a pocos metros de la ruta. La casa principal de la chacra estaba bastante cerca de donde yo estaba, como que había llegado al terreno por atrás, y estaba tan llena de gatos a su alrededor y era tan linda la casita y tan de cuento que parecía una cabaña encantada de michis sacada de una película de Miyazaki. Yo no me animaba a cruzar el cerco pero me quedé ahí parada mirando los gatos y mirando especialmente a uno que se parecía mucho a la micha. Pero yo sabía que no era y la mini llamé pero ni se inmutaba así que sabía que no era. Y en un corte, cuando estaba a punto de empezar a aplaudir a ver si salía alguien, pude ver en la puerta una figura difuminada que apenas se recortaba en la oscuridad del umbral y que daba le sensación de haber estado ahí todo el rato. Dio un paso más para adelante y pude ver que era una señora, una vieja bah, que me miraba como sin entender de dónde había salido. Entonces medio gritando desde ahí le dije que andaba buscando a mi gata, que me habían dicho en las otras casas que habían visto a un gato gris por ahí, y le pregunté si la había visto. Ella se iba acercando pero muy de a poco, daba un paso y se frenaba, mientras yo alargaba y repetía mi discurso como para rellenar su silencio, señalando a cada rato al gatito gris para decir que era parecido a ése. Finalmente habló, diciendo que no había visto a mi gata, pero que me podía llevar alguno de los que ella tenía sin ningún problema, que me podía llevar ése. Ya estaba parada bastante más cerca mío, a unos pasitos nomás, y parecía que tenía como cien años, con todo un paisaje de arrugas en la cara y un vestido gris todo emparchado, con un delantal arriba que apenas se distinguía del vestido porque era todo del mismo tono de tela remil usada y refregada. Me preguntó de dónde había venido y le dije en realidad lo mismo que ya le había dicho, y era raro porque me hacía un gesto como que no entendía, como que no le cerraba geográficamente lo que le decía, hasta que finalmente le agradecí por todo y me fui por donde había venido.
            Alguien había armado un tabaco que circulaba con aire ceremonioso. Millalén le dio una pitada profunda y largó el humo lentamente por la boca, tragando sólo un poco de humo al final. A la segunda pitada tragó un poco más, y sintió cómo su cuerpo se relajaba y bajaba el ritmo de su corazón. Sus sentidos se agudizaron un poco, y pudo detectar en el aire fijo y mudo una especie de brisa húmeda que jamás había sentido en esos días tan secos.
            —Volví como encantada por ese bosque, y es loco pensarlo ahora porque todo eso se cagó quemando. Pasé por el gatito negro, por los caballitos, por esa parte sin tiempo de ñire y ciprés y de chinchín, radal, laura, maitén… Pero estaba triste por no haber encontrado a la micha y se me ocurrió volver a buscar ese gatito que me había ofrecido la anciana. Entonces encaré la vuelta pero esta parte es ridícula porque me perdí. Me recontra mil perdí y fue desesperante, porque pasaba por los mismos lugares, y caminé un montón, y no encontraba la chacra, y al final estaba tan desorientada que tampoco estaba segura de dónde había venido. Fue horrible. Y todo en un espacio que no podía ser muy grande, me veía desde arriba entre medio de los dos callejones, cerca de la ruta, y me sentía como una absurda total. Pero bueno no es la primera vez que me pierdo en el bosque y siempre al final viene ese alivio y esta vez fue uno de los caballos, que en un corte aparecieron, y después el mismo gatito negro, y la chacra. Y después la anciana, que me hizo pasar a la casita…
            Millalén tuvo un momento de duda en el que le pareció que había estado hablando por mil horas y que estaban todas aburridísimas. Miró a su alrededor y veía en su mayoría caras que la estaban mirando y sintió terror, y fue tan frágil el momento que saltó Evelin a decir que era increíble la historia, y que qué pasó después, y otras hicieron comentarios parecidos que le dieron más confianza para encarar el final.
         —La casa por dentro era tremenda. Era un rancho de palos y barro, super bien hecha, y calentita. Tenía por todos lados plantas colgadas para secar. Malva, llantén, hipéricum, melisa, paramela, palopiche, carqueja, nalca, pañil, tabaco… Era hermoso y un poco tétrico, no sé. Se parecía a tu casa pero por mil, —dijo mirando a Uma.
        —Y tenía estantes y estantes con frascos llenos y vacíos con cosas de mil colores, y latas viejas de galletitas y botellones como de damajuana y frascos grandes de los de aceituna, cualquier tipo de envase que se te ocurra con líquidos espesos o formas indescriptibles en salmueras turbias. Y secaderos con hongos y flores y frutas colgando por varios lados, y la cocina no saben lo que era. Había un fuego en el piso con una olla gigante encima, y cosas colgadas por todos lados, nueces y avellanas y embutidos y orejones y carne seca y patas de chancho o no sé que eran. Y cuando entramos tuve un momento de duda de si me tenía que poner el barbijo para entrar a la casa con una persona tan grande, y lo saqué del bolsillo y me lo estaba poniendo y ella me miró con una cara como que no entendía qué carajo hacía. Le dije algo tipo “Bueno, hay que cuidarse,” ¿viste? Y la cara de incomprensión que me puso era para una foto. ¿Puede ser que alguien no se haya enterado de la pandemia? ¿Acá nomás en el pueblo? Era todo rarísimo.
        —Este es un momento perfecto para que aparezca el búho, —comentó una de las compañeras. La noche anterior, un gran búho se había venido a posar en una rama justo al lado del fuego y se había quedado ahí un buen rato, iluminado misteriosamente por las llamas. Todas habían tenido la oportunidad de verlo y hasta de sacarle fotos.
      —La viejita me invitó a sentarme en unos bancos rústicos que tenía, puso una pava en la cocina económica y sacó de acá y allá distintas hojas y especias, mientras yo miraba la casa en silencio y me maravillaba por la cantidad de cosas que tenía. Al rato me convidó un té muy amargo, y me dijo que serviría “para encontrar lo que buscaba”. Yo me sentí como entregada pero en buenas manos, sentí que no me podía pasar nada malo ahí, con esa vieja yuyera que debía saber todo lo que nadie sabe sobre las plantas.
        —¿Y te hizo algo el té?
        —No… O sea no sentí nada así físicamente. Pero la charla que tuvimos después fue increíble.
        —¿Qué te dijo?
     —No sé, hablamos de distintas cosas, pero tenía una fuerza esa vieja, una forma de transmitirte confianza y amor y optimismo… En un momento le pregunté si tenía marido y me dijo “¿Para qué? Todo esto lo hice sola. Nosotras no necesitamos a los varones,” y lo dijo de una forma tan amorosa y tan plena y tan segura de sí misma pero a la vez como inocente que de golpe parecía una nena de 25, no sé. Era re loco cómo le cambiaba la imagen por las palabras que decía. Y ustedes se cagan de risa pero yo no estaba tan confiada de mi sexualidad en ese momento. Todavía me daba mucha inseguridad y vergüenza, por más que sabía exactamente lo que soy. Me costaba la liviandad con la imagen que proyectaba, y entonces estaba siempre luchando contra eso, y tampoco era tan fácil para mí entrar en un vínculo. Eran siempre como paredones, como trabas que me autoimponía… Y esa charla me cambió algo, literal que desde entonces fue distinto.
        Millalén, que estaba mirando el fuego mientras hablaba, sintió los brazos de sus compañeras que la abrazaban. El sonido de un aletear en las ramas hizo que todas miraran para el mismo lado, pero no era el búho sino otro pájaro que no llegaron a ver bien. Alguien preguntó si sabían la hora y esa pregunta para Millalén fue un ancla. De golpe se supo en la montaña, cansada, luchando junto a sus compañeras contra un fuego incontrolable, injusto, ancestral.

martes, 17 de julio de 2018

Fundación mítica de Islandia



El siguiente es un texto que escribí para Notes on a novel (that I am not going to write), or the swimming pool, or the hair, the herb and the bread or the tomato plant, un proyecto de creación grupal ideado por Irene Solà en el marco de las becas de Barcelona Producció, La Capella (Ajuntament de Barcelona).



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1.
Estás bajo mi hechizo. Te convertirás en un mar tan ancho que nadie podrá cruzarlo, salvo el pájaro en vuelo.

La Madre Pluma, una gigante columna de magma inusualmente infernal recorre Laurasia, el inmenso supercontinente conformado por Laurentia y Eurasia. Magma de baja densidad y altísima temperatura se eleva por este conducto de 3000 km con irrefutable autoridad. Su destino es la superficie del planeta y nada puede interponerse en su camino. El aire suave y el cielo azul esperan calmos sin saberlo a los calientes gases y las espesas nubes de ceniza. La generación de nuevas cortezas terrestres, de nuevas cadenas montañosas para soportar con tranquilidad el peso de un océano, o de nuevos suelos que sostengan el andar de los pequeños mamíferos, que den cobijo a las criaturas nocturnas y un descanso a las grandes aves de rapiña, será el producto de este largo ciclo de convección. Así fue dado el hechizo y les aseguro, queridas amigas, que nada de esto era evitable.

La Madre Pluma, una gigante columna de roca fundida recorre el hemisferio, queridos míos, y transforma a su paso la superficie de un continente que también se mueve, que flota y se desplaza según establecen los hechizos. Desde los mares del Ártico, que se mecen y arremolinan gélidos hoy cerca del eje de la Tierra, durante un recorrido de 60 millones de años a finales de la era mezozoica, la Madre Pluma recorre el norte de algo que aún puede llamarse Pangea hacia el Sureste, descargando estallido tras estallido, derrame tras derrame, efusión tras efusión, su néctar rocoso. Así fue, hijas mías, que se elevaron los picos subacuáticos de Alpha, bajo la cuenca amerasiana que hoy yace en los extremos polares del Norte, tal como había sido destinado desde las profundidades del manto para la Madre Pluma, un túnel de 10 km de diámetro que se abre directamente al interior del planeta en estado de ebullición y se traslada coloso por el hemisferio. ¡Es feroz su andar, hijas mías! ¡Es vehemente y veloz! ¡Pasa rauda por las islas Ellesmere y Baffin, creando y expandiéndolas a una vez, y a buen ritmo atraviesa los subterráneos de Groenlandia! ¡Todo lo modifica a su paso! ¡Así es el organismo planetario! ¡Así se mueve, mis criaturas, la pluma mantélica! De punta a punta recorre Groenlandia sin cuidado en unos 50 millones de años, al comienzo del Cenozoico, para llegar con paciencia a su ubicación actual, precisamente en el límite entre las placas de Norteamérica y Eurasia, cuando allí no había mar sino el centro de un gran continente. Entonces elaboró un extenso territorio, la Provincia Ígnea del Atlántico Norte, cuyos fragmentos se encuentran ahora dispersos y en ruinas por las bravas costas del gélido mar.

Es que las cortezas terrestres de Laurentia y Eurasia, queridos hijos, cuyo destino inalterable en diversas ocasiones había sido el de unión y común prosperidad, aquellas cuya sumatoria fue durante 100 millones de años la mitad de un único continente que equivalía al mundo sobre el mar, cuyo destino parecía ser uno y el mismo, no estaban dadas a permanecer juntas después de este punto. ¡Los días de Pangea estaban contados! ¡El hechizo así progresaba! ¡No hay arena sin transformación! ¡Laurasia era un continente con un principio y un fin, mis amigas, tal como siempre fue dado todo lo que nos fue dado! Con el llegar de la Madre Pluma, resuelta en elevar las temperaturas, ablandar los materiales y disolver las uniones, la separación de las placas era inminente. La Provincia Ígnea, cuyos vestigios ahora extienden sus apartados dedos por el norte de Irlanda, Escocia, Groenlandia, incontables islas y ruinas como piedras arrojadas en la playa y olvidadas, comenzó entonces el camino de la disolución. Nuevas erupciones debían tomar el sitio de las anteriores, nuevas expulsiones del interior del planeta debían reciclar las superficies en apariencia tan incólumes, tal como lo quiso el organismo, hijas mías, tal como pudo o quiso. ¡Si aún faltaba expulsar 200 mil kilómetros cúbicos de lava, en un período de tan sólo 15 millones de años!

Todo se separa, la transformación es ubicua, el hechizo es múltiple y es uno. El organismo puso un pelo en la tierra y dijo “Estás bajo mi hechizo”, y desencadenó como lo había hecho continuamente y como lo sigue haciendo, la deriva continental, el suave flotar de las cortezas terrestres sobre un manto líquido. Grietas se abrieron en la tierra, violentas sacudidas y estallidos que  se mostraban implacables con las frágiles vidas que antes había soportado con clemencia y rocosa parsimonia. ¡No hay hogar en la tierra que no desvanezca, que no se desplome, mis criaturas, junto con sus contenidos y los contenidos de sus contenidos, y que a su vez no arrase con todo aquello que se interponga en su camino hacia la ruina! ¡No hay energía por fuera del hechizo! La roca bajo nuestras patas, que juzgáis tan eterna, fluye como el río, es tan efímera como la hierba que crece sobre ella y nos alimenta!

Las dos placas, como dos salvavidas que antes flotaban juntos, unidos por las manos de dos náufragos a la deriva que templaban los delirios del hambre y la sed y el continuo horizonte marino con mutuas palabras de aliento y coraje y que finalmente, con el llegar de un nuevo amanecer, dejaban por completo de respirar para deslizarse reticentes a la nada, disolviendo con su último pulso el apretón de manos que los había acompañado por las bravas olas de altamar, comenzaron a separarse ahora, con la llegada de la Madre Pluma. El hechizo disponía que sus direcciones fueran las opuestas, como dos hermanos que durante toda la infancia fueron inseparables y que luego muy estoicos y con poca ceremonia se marchan cada uno hacia su destino orgulloso en barcos separados y que los mares comiencen a mediar entre ellos. ¡Adiós Laurasia! ¡Que descanse en paz Pangea! ¡Bienvenido el Atlántico Norte! ¡El enfrentamiento entre Eurasia y Norteamérica nos espera! Mira esa ballena, asomándose con dulzura a la superficie de su hogar. Esa criatura no existía, nadie de su familia y linaje. ¡Este océano no existía! Desde el golfo de Alaska hasta el mar de Ojotsk no había separación alguna, y los ancestros de vuestros ancestros correteaban con sus diminutas patitas por un territorio que todo lo englobaba.

La Dorsal Mesoatlántica, una larga y profunda cicatriz, recorre el fondo del mar de punta a punta, una grieta que no se cierra, una ardiente abertura hacia el líquido interior, hacia aquello que todo lo sostiene. La presión de millones y millones de toneladas de nuestro planeta no son nada para el manto de roca viscosa. Allí el hechizo dispone. Allí labra el hechizo, expulsando por el fondo del mar nuevas lavas, creando enormes valles, montañas y quebradas subacuáticas que algún día, posiblemente, tras nuevos hechizos, tras incontables movimientos, se encuentren bajo las cambiantes nubes, elevándose sobre alguna inmensa explanada, bajo intermitentes lluvias que recorren y recortan sus lomadas en sanos ríos. Y los continentes se desplazan. Unos centímetros al año, Norteamérica y Eurasia se alejan, el Atlántico Norte crece, progresa, saluda con gracia a los nautas de altamar. Así lo dispuso el hechizo, y sólo un pájaro en vuelo puede cruzarlo.

Fragmentos enteros del continente se desploman y caen al fondo del mar. Extenuantes terremotos y volcanes acompañan el proceso de destrucción y desmembramiento, y en los otros extremos de las placas, procesos de subducción y orogenia se expresan como consecuencias inevitables de la separación. ¡Oh los incontables terremotos y tsunamis en las costas del Pacífico! ¡Oh los majestuosos picos del Himalaya y los Alpes! Las construcciones más sublimes son producto de la destrucción, tal como dispuso el hechizo. ¡Si tan sólo los tiempos no fueran tan cortos! ¡Cómo cambia el planeta, en poco más que 60 millones de años! El Océano Atlántico, mis queridas, hogar de monstruos y marineros, templo azul de nadadores, es poco más que un becerro indefenso en el devenir de los hechizos, efímero y circunstancial. Un pelo y un hechizo pueden transformarlo todo otra vez, y lo harán.


2.
Estás bajo mi hechizo. Te convertirás en un fuego tan grande que nadie podrá cruzarlo, salvo el pájaro en vuelo.

Por todo el fondo del mar la Dorsal Mesoatlántica, aquella rugosa costura de placas tectónicas, se agita en constante actividad. Terremotos y expulsiones violentas de lava se ven sofocadas y silenciadas por kilómetros verticales de agua salada. Una cadena montañosa se forma al compás de los milenios, elaborando un dramático paisaje submarino que recorre sinuoso el planeta de Sur a Norte, trazando una simétrica lomada por la mitad precisa del océano. Pero allí donde la Dorsal se encuentra con la Madre Pluma, allí donde el hechizo dispuso el vínculo y la sumatoria de cargas, allí pasa a épica la expulsión, mis cachorros. Sólo allí, tras 40 millones de años de separación continental y apilamiento de lava, capa tras capa de basalto submarino, logra asomarse la Dorsal Mesoatlántica al aire libre.

La roca fundida quiere ver la luz, su destino es la solidez terrestre, la capa superior, la exposición al ozono. El viaje de la roca es permanente. Nada detiene su paso por el ciclo del hechizo. Y luego, hijos míos, vuelve al interior del planeta, como una semilla que crece y muere y vuelve a la tierra, descartada y enriquecida a su vez. La Madre Pluma es el corredor por el cual el magma se desplaza hacia el mundo superior. La Madre Pluma lo contiene y lo promueve. Es su límite y su tracción. La expulsión de nueva materia es obra suya, y su obra es acción del hechizo.

¡Oh, el éxtasis! ¡Queridos primos y nietos, los estallidos! ¡En este planeta de fuegos, chispas y explosiones, nada hay como las emisiones de lava! ¡Magmas máficos, derretidos a temperaturas mayores de 1100 grados en las profundidades insondables del manto se elevan por las fisuras produciendo oleadas de basalto sobre la superficie de la tierra, o se detiene en el interior de la corteza y endurece formando rocas intrusivas de dolerita en la parte superior de la corteza, y de gabro en la parte inferior! ¡Magmas félsicos, fundidos en los reservorios de menor profundidad, a temperaturas que apenas logran superar los 900 grados, se exaltan también por las ranuras de la tierra y forman rocas extrusivas de dacita y riolita al ganar la superficie, y una hermosa variedad de granitos en las diversas alturas de la corteza subterránea, dependiendo de la temperatura en la que endurecen! ¿No es apabullante la variedad? ¿Sigue siendo acaso un misterio el misterio de la personalidad? ¿Os asusta, cachorritos, la ramificación del hechizo? No hay dos vacas iguales, no hay mugido que se repita, cada piedra, cada árbol y cada hoja de hierba son palabras únicas en el prolongado hechizo. Y os diré algo más: no hay dos hechizos iguales. ¡Los hechizos se suplantan y contradicen, se entrelazan y modifican continuamente, y no se sabe dónde comienza uno y acaba el otro!

A todo lo largo de la fosa tectónica se exhibe una cadena de violentas erupciones, y en líneas paralelas que la acompañan hay también fisuras que se abren hacia el interior, conectadas ora a pequeñas cámaras de magma que yacen contenidas como burbujas en la corteza, ora a los extensísimos reservorios de mayor profundidad, donde no hay solidez que se mantenga y cada piedra es una gota en un inmenso y redondo y viscoso mar ígneo que es la astenosfera. La deriva continental es el agente de constante recambio, la Madre Pluma el combustible que lo acelera y enaltece. Las placas siguen separándose, flotando en direcciones opuestas, y los flujos de magma se elevan de la fuente inagotable que es el interior del planeta, causando violentos estallidos en la superficie. ¡El hechizo así lo dispuso! ¡No hay superficie sin ardor! ¡No hay sólido sin fragua! ¡Y si una criatura debe morir bajo una manta de ceniza ardiente, que así sea!

Erupciones efusivas, suaves derrames de magma que rebasan los límites de las cámaras y fisuras y se extienden ardientes por la superficie del planeta, apilan kilómetros cúbicos de materia rocosa y generan nuevos y mayores territorios. La tierra emana su contenido como si fuera leche hirviente apurada por surgir de una gran ubre. Las lavas máficas, de menor viscosidad, forman capas finas que se extienden por grandes áreas, mientras que las más viscosas lavas félsicas crean pequeños domos de mayor elevación sobre superficies más pequeñas. ¡Y las temperaturas! ¡El ardor! ¡El incendio! Este planeta de hechizos no nos prepara para enfrentar sus calamidades, la violencia de sus aberturas, el descontrol de las grietas hacia su ardiente interior! ¡Amigas, más de una de ustedes morirá bajo sus fuegos! ¡Las erupciones sepultan! ¡Magnánimo volcán, avasallador agente del infierno, somos indefensas criaturas en tus colinas! ¡Caminamos sobre tus expulsiones, nuestro hogar, y quedamos expuestas a tu clemencia en futuras expulsiones! Así lo dispuso el hechizo, así lo quiso el organismo como pudo.

¡Hablemos de erupciones explosivas! ¡Oh, cuando el magma se fragmenta por las violentas ebulliciones en la parte superior del conducto volcánico! Gases disueltos, hijas mías, al escaparse de la roca fundida cuando hierve, crean erupciones magmáticas que se vuelven ferocísimas cuando el magma es félsico. Su mayor viscosidad y contenido gaseoso garantiza una inenarrable acumulación de presiones internas, y la calamidad entonces es inminente. ¡Oh volcán, tus estallidos! ¡Oh volcán, tus erupciones hidromagmáticas, cuando el magma entra en contacto con un cuerpo de agua y lo transforma de forma instantánea en un exaltado estallido de vapor furioso y lava inclemente!

¡Oh los bosques en llamas! ¡Oh los extensos incendios, de horizonte a horizonte! ¡Oh los ecosistemas enteros avasallados, expulsados de toda forma de expresión vital! ¡Oh las sepulturas de ceniza! ¡Los instantes guardados en el tiempo! ¡El devenir del hechizo! ¡La transformación de los elementos: aire, agua, tierra, fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Oh, fuego! ¡Fuego nuestro! ¡Hondos volcanes! ¡Profundos conductos! ¡Voces de lo insondable! ¡Feroces comunicadores! ¡Somos motas de polvo indefenso en tus laderas! ¡Habitamos tu corteza sin opción, dispuestas al devenir del hechizo! ¡El organismo puso un pelo en la tierra y dijo “Estás bajo mi hechizo”, sembrando incendios y cosechando lava férrea, y nosotras no somos quiénes para cuestionar o siquiera comprenderlo! ¡Si al menos fuéramos como el ave, que con gran descuido sobrevuela los caminos más infranqueables! ¡La serpiente emplumada, que serenamente se despega a su antojo del cuero de la tierra! ¡Oh instrumento alado, oh tracción etérea, oh persistente dinosaurio! ¿Cuántos hechizos más te pasarán por debajo? ¿Cuántas veces serás testigo de las transformaciones más calamitosas en la superficie de la tierra? ¿Acaso no significan nada para ti las extinciones masivas, los terremotos, los incendios, las explosiones? ¿Es tan despreocupada tu existencia, es tan favorecido tu hechizo? ¡Cuéntame de tus penurias, dame noticia de tus desafíos y desventuras! ¡Compañera de los aires, presta oído a mis bramidos, alíviame de esta envidia infértil!


3
Estás bajo mi hechizo. Te convertirás en una montaña tan alta que nadie podrá cruzarla, salvo el pájaro en vuelo.

¿Qué hay de las alturas que cubre los extensos territorios hasta el horizonte con un velo de grandeza y ensueño, un dramatismo y una añoranza que se posan agitados sobre la mirada de quienes franquean sus peldaños y logran asir sus elevados territorios? Si en nuestro interior se alza una cadena montañosa, debe ser ahí donde acudimos para tramar nuestros mayores logros, para desentrañar los misteriosos hechizos de nuestro planeta, y para sentir el pulso del organismo guiando la transformación de los elementos! Allí donde el aire se afina, donde se expresa un poco más claramente el límite del ozono y se desfigura en algo la piel etérea de nuestro planeta, entre los picos nevados y el vuelo del águila, allí, hijas mías, el cosmos se percibe con mayor facilidad.

¡Oh, el Mioceno! ¡Si se vieron montañas elevarse! ¡Si se apilaron materiales en vertical de forma impetuosa! ¡Nuevos hogares! ¡Nuevos muros y desafíos, nuevos templos para exhibir el abanico de elevaciones territoriales! ¡Venerable orogenia, tus poderes! ¡Con qué pompa gesticulan los hechizos! ¡Oh, criaturas, no hay nada como la colisión de dos cortezas terrestres, cuando dos inmedibles fuerzas opuestas colaboran en los pliegos y apilamientos más dramáticos! ¡Y en el medio del Atlántico, entre las dos placas tectónicas y sus opuestas derivas, surgiendo del abismo de esa grieta, sobre el ardor de la Madre Pluma, se desata el más pletórico de los volcanismos! ¡La abundancia, el despilfarro magmático! ¡La variedad de conos, de cráteres y calderas, de largas lomadas acumulativas, de domos y mesetas y estratificaciones! ¡Por mis cuernos, qué veloz transformación! ¡Pensar que hace sólo 20 millones de años esta isla no había llegado al nivel del mar, y que todavía faltaban unas 4 millones de erupciones! A veces, cuando camino por estos elevados campos de lava y siento el tic-tac de mis pezuñas sobre el opaco basalto y veo las rugosas llanuras plegar y desplegarse hacia el horizonte difuminado, pienso que es todo un sueño y que nuestros hechizos no tienen más peso que una piedra pómez, una nube que se desplaza por el viento ondulado.

Siguiendo el eje Suroeste-Noreste, marcado por la Dorsal Mesoatlántica, el material se acumula formando toda suerte de riscos bruscamente paralelos que se desplazan ora hacia Noroeste ora hacia Sureste, según de qué lado de la dorsal hayan aterrizado. Así el volcanismo se renueva y se elevan estas oníricas montañas. Las estructuras varían según el tipo de magma expulsado, el comportamiento del volcán y la forma de su conducto, ¡y qué inmensa variedad arquitectónica generan estos factores! ¡Tenemos a Krafla y Torfajökull, dos gigantes calderas formadas tras colapsar los techos de sus cámaras al vaciarse de magma! ¡ Hrómundartindur, un estratovolcán formado por el apilamiento de lava y ceniza tras un largo ciclo de erupciones explosivas! ¡Hekla, aquella escalofriante fisura que vista desde el Suroeste o el Noreste parece un cono, pero desde los demás ángulos una larga cadena montañosa, y cuyas erupciones forman auténticas cortinas de fuego al brotar de esta rajadura de 5 km de largo! ¡Askja, un gran volcán en escudo, formado tras sucesivas erupciones fluidas, y Hofsjökull, algo parecido pero bajo un glaciar!

¡Oh hechizos, las glaciaciones! ¡Hechizo de frío! ¡Hechizo de frío y sequía! ¿Cuán bajo puede llegar el nivel del mar, para acumular los recursos acuíferos en grandes bloques de hielo glacial? ¡Oh cíclica heladera! ¡Oh milenarias estaciones! El invierno geológico nos espera inclemente, cada 100 o 200 mil años, para transformar este planeta en un calamitoso desierto de glaciares! ¡Y pensar que antes del Pleistoceno era inconcebible tanto frío! ¡Cómo nos acostumbramos al arrebato de las expansiones polares, agresivos avances congelados que todo lo modifican, ríos de hielo que escarban la tierra, que despedazan la roca formando valles y fiordos! ¡Todo lo transforman a su paso, amigos, todo menos la actividad de los volcanes! Bajo miles de metros de sólido glaciar, el magma continúa su expulsión indiferente, derritiendo progresivamente el hielo y acumulando la lava en prolijas pilas escondidas, entrando luego en una fase de feroces explosiones hidromagmáticas si el volcán continúa, depositando capas de caótico piroclasto sobre las pilas de lava, socavando sucesivamente el hielo de la superficie si la actividad volcánica es persistente, para lograr al fin una meseta de basalto a ras del glaciar, bajo el aire frío y seco y casi inmóvil.

Tengo una noticia, mis becerros: esta montaña no es para siempre. Se pondrán nuevos pelos en la tierra y se dirá “Estás bajo mi hechizo” y se desencadenarán nuevas incontables transformaciones. ¡Alegría, cachorritos! ¿Os imagináis las futuras glaciaciones? En tan sólo 100 mil años cualquier cosa puede desencadenarse, y el organismo dirá “Adaptaros, cachorritos, o feneced”. Nada de esto es grave, y nada de hecho es final. Los hechizos se entrecruzan y se contradicen. Se alimentan, se suman y encadenan. Se amalgaman y se amoldan y se distorsionan. ¡Los mismos hechizos se transforman! ¡Surgen como géiseres de la tierra y se disuelven en el manto atmosférico! ¿Habéis visto la aurora boreal? Encantador hechizo solar, brillante interacción de organismos, de radiaciones y magnetismos. ¿Qué espectáculos nos esperan? ¿Qué hilo de modificaciones brotará de las pasadas alteraciones, para establecer a su vez un nuevo conjunto de condiciones? ¡Hechizos y hechizos de hechizos por doquier! Alrededor del siglo X, alzas en la temperatura mundial debido a variaciones en la radiación solar promovieron la actividad vikinga en el Atlántico Norte. ¡Fue por esos años que se asentaron en este improbable oasis volcánico de altamar! Durante unos siglos, todo lo poblaban y conquistaban feroces. ¡Incluso se afincaron en Groenlandia! Pero ese calor era efímero, mis criaturas. ¡Por mis cuernos si lo era! ¡Aquí todo son ciclos! ¡Crestas y valles de la onda de algún hechizo! ¡Son palabras de un largo poema épico que es el cosmos! ¿Pensáis que me pongo meloso? ¡Deberíais ver el cosmos! ¡Allí sí que hay hechizos! ¡Allí sí que hay gigantes, fantasmas y encantamientos de todo tipo! ¡O de lo contrario el microcosmos! ¡Una gota de sangre contiene tantos misterios como la Vía Láctea! ¡Todo está por descubrir! ¡Todo puede ser relatado! ¿No os da eso una función? ¿Pensáis que no tenéis rol en en esta inabarcable red de aniquilaciones y nacimientos y transformaciones? El relato socava el sufrimiento, agrega un eslabón a la cadena de interpretaciones. ¡Iros ya, hijas mías! ¡Juntad partes de la historia! ¡Buscad testigos de algún hechizo!



miércoles, 29 de julio de 2015

Gatitos

Lo que sigue es un cuento que presenté a un concurso y no gané nada. No presenten a concursos, chicos. Yo estaba bastante contento con el texto, que se llama "Gatitos". Es una versión un poco ampliada de un cuento que ya publiqué dos veces en el blog porque la primera vez nadie me dejó ningún comentario diciendo que estaba buenísimo. Lo escribí en una playa increíble de Cantabria, cerca de un lugar llamado Cuchía. Es una playa encerrada en acantilados, con una bajada muy empinada de un lado y del otro lado un acceso más fácil. Cuando yo fui, había bastante madera para hacer fuegos, y a la noche bajaba la marea y te podías meter caminando como 100 metros para adentro y ver el brillo del fuego en la piedra. Se había muerto mi abuela muy poco antes, así que supongo que está eso. Lo que estaba todavía lejos en el futuro es el incidente con una gatita que conté en inglés en la parte de atrás de una postal hace poco, y que subí al blog en un ataque de autobiografismo. Un tiempo después, en el viaje por el norte de España que hice en 2012, me quedé en otra playa increíble llamada Playa de Vega, en Asturias, y le puse "Vega" al personaje. Me gustaba la idea de que tuviera el nombre de un accidente geográfico. Cuando lo presenté al concurso, le puse de seudónimo "Joan Rivers", por la misma razón, y porque se había muerto poco antes esa gran comediante.



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GATITOS

Cuando terminó la película, se sacó los auriculares y acomodó el suéter que tenía de almohada, girándose para mirar el paisaje nocturno en la ventanilla. La luna menguante apenas trazaba un arco en la oscuridad, como una delgadísima uña que a nadie se le ocurriría cortar. Vega estaba viajando en un ómnibus, volviendo después de años al pueblo donde había crecido.

En una noche tan oscura, no se distinguía el paisaje. Todo lo que veía debía emitir su propia luz, o estar muy cerca de la ruta. Leyó cada uno de los carteles, pasando por sitios que no recordaba, o que eran nuevos. Fue una sorpresa comprender que llegarían al pueblo por el lomo de la montaña y no bordeando la costa, como él había previsto. Antes de que comenzaran a descender, se asomó el alba. Era un camino sinuoso que alternaba en su ventanilla el extenso paisaje y la detallada colina. En uno, veía el gran océano y los pueblos de la costa, que se convertían en viñedos y más abruptamente en los bosques de la ladera. En la otra, veía los muros de piedra amarilla trabajados con dinamita, y en ocasiones algún pequeño prado, o incluso alguna casa. El río brillaba, desembocando a lo lejos. Ver el pueblo desde ese ángulo y esa distancia aludía enormemente a las excursiones de su infancia y adolescencia. La ruta entonces no existía, y no había otro motivo para subir. Recordó la cabaña, más bien una choza, donde se podía pasar la noche. Allí, había mucha actividad durante la temporada de caza. Tenía árboles frutales a su alrededor, y algunas letrinas.

Un bebé comenzó a llorar. Estaba a varios asientos de Vega, aunque dentro de su campo de visión. Escuchó algunos suspiros de irritación entre los demás pasajeros, que empezaban a despertarse. Pero el llanto fue breve, rápidamente la madre le dio la teta. Siguieron descendiendo.

Bajó del ómnibus en la ruta. Al cruzar las vías del tren, oxidadas de forma irreparable, se consideró dentro del pueblo. Bajo una luz todavía rosa, examinó la primera cuadra, que no tenía grandes cambios y cuyas casas estaban bastante bien mantenidas. En el interior, sus habitantes dormían.

En lo último del crepúsculo, se le apareció un niño con un cartel entre las manos que, en letras rojas, decía:

URGENTE
GATITOS PARA ADOPCIÓN

Agachándose levemente, le preguntó cuántos gatitos tenía. El niño le contestó que no sabía, pero muchos. Vega se agachó un poco más y le dijo que le gustaría mucho adoptar algunos gatitos. Le dijo que recién había vuelto al pueblo y que estaría viviendo solo, sin demasiado para hacer. Los gatitos le darían compañía y, durante los primeros meses, lo mantendrían ocupado. Le dijo que no sabía en qué condiciones encontraría la casa, pero que en cuanto estuviera instalado, podría ir a buscar algunos gatitos. El niño le dio una tarjeta que decía: 

URGENTE
GATITOS PARA ADOPCIÓN

Debajo había un número de teléfono. Creyó reconocer el prefijo del pueblo, pero  advirtió que uno de los dígitos era distinto. Vega y el niño se despidieron. Después, se dio cuenta de que no le había preguntado su nombre.

Tomó el camino largo, llegando hasta el final del bulevar, prácticamente vacío. Desde el mirador, en la cima de aquel alto precipicio, veía a un grupo de surfistas a lo lejos. Recordó el surf. Recordó la primera vez que alguien había traído una tabla, y las imitaciones que todos comenzaron a hacer en los talleres de sus padres. Los surfistas eran diminutos, y desaparecían de a momentos entre las grandes olas. Había varios grupos de personas en la arena, tirados alrededor de círculos negros que habían sido recientemente fogatas, y de los cuales se distinguía de repente alguna línea de humo. Un muchacho, o quizá era una muchacha, estaba formando grandes letras en la arena, juntando troncos, pedazos de madera y otras cosas. Por ahora decía "SALU" o, posiblemente, "SALV".

Encontró la llave de la casa donde su cuñado le había dicho que estaría, debajo de la estatuilla del dinosaurio. Había una nota bastante larga en la mesa de la cocina, escrita sobre dos hojas de la farmacia de su madre. En la nota le explicaba todo lo que tenía que saber para habilitar la casa nuevamente, dónde encontraría cada cosa, algunos trucos del auto, a qué personas del pueblo podía contactar. Le recomendaba que, para las compras grandes, fuera al Jumbo que habían abierto en la ruta, entre su pueblo y el siguiente. La despedida era larga, lamentando no estar para su regreso y hablando muy emotivamente sobre su madre. Colgó la nota en la heladera, bajo un imán de una ballena, o un delfín.

La habitación de su madre estaba exactamente igual que siempre. Reconoció la forma de hacer la cama, la posición de cada uno de los almohadones, la distribución de los portarretratos y cajitas sobre la cómoda. En el pequeño sillón de la esquina estaban los muñecos, dispuestos según la composición habitual. Ningún pormenor había fallado. Incluso estaba el libro en la mesita de luz, bien centrado, con los anteojos de leer apoyados encima, en el sitio preciso. Y, junto al vaso de vidrio opaco, estaba la cajita de tic-tacs, la infinita, irremplazable y necesaria cajita de tic-tacs. El detalle fue devastador.

Fue a hacer las compras. Sobre el eje de la costa, el pueblo se volvía irreconocible, y se expandía sin distinción hacia el pueblo vecino. El estacionamiento del Jumbo era enorme, y estaba lleno de autos. Encontró lugar entre las últimas filas y, mientras volvía caminando, examinó de lejos el monstruoso edificio. Dentro del supermercado no parecía haber tanta gente, a juzgar por la cantidad de autos estacionados. Hacía mucho frío. Pasó por la fila de menos de quince unidades, que también era la fila de embarazadas. Antes de él había una mujer con una panza de unos siete meses.

—¿Vega? —le preguntó la cajera cuando llegó su turno. Vega asintió, confundido. Ella le aclaró rápidamente que su madre trabajaba en la farmacia, y que sabía que vendría. Se presentó como Silvia, o Silvina, y le habló del enorme afecto que tenía por su madre, ofreciendo constantemente su ayuda para cualquier cosa que necesitara. Vega hizo la asociación y recordó que uno de los contactos que su cuñado le había nombrado en la nota era la otra farmaceuta. Le preguntó si había encontrado bien la llave, debajo de la estatuilla del dinosaurio. No le hizo ningún comentario sobre la bolsa de comida para gatos que Vega había incluido en el carrito, junto a algunos cazos de distintos colores. Cuando se despidieron, ella se asomó para darle un beso. Este gesto de cercanía incomodó a Vega, que actuó torpemente y, en la confusión, ubicó mal la cara y terminó con el beso de ella casi sobre los labios.

Cuando volvió a la casa y guardó las cosas que había comprado, advirtió que todavía quedaban algunas horas de luz y que estaba a tiempo de ir a buscar los gatitos. Marcó el número de la tarjeta, que sonó durante un rato. Mientras tanto, examinó el teléfono verde. Contestó el mismo niño. Vega le preguntó si podía pasar a mirar los gatitos y llevarse algunos. El niño le dijo que lo volvería a llamar un rato más tarde, cuando estuviera listo para recibirlo. Vega le dio el número de la casa, que estaba pegado al teléfono, bajo dos o tres tiras de cinta añejada. Supo que, de lo contrario, no lo habría recordado.

Muy poco después, sonó el teléfono. Vega seguía ahí parado.
—Hola —dijo Vega.
—Hola, querido —fue la respuesta. Era equivocado. Se despidieron.

Se sentó en el sofá a esperar la llamada del niño y se quedó dormido. Soñó que volvía a su departamento y todos los pisos del edificio estaban cambiados. Entraba al suyo y todo era distinto, salía al pasillo y se encontraba con otros inquilinos que le contaban que era increíble, pero que todos los pisos del edificio estaban cambiados, el séptimo estaba en el tercero, el cuarto en el octavo,  en ático en el primero, y así. También soñó que volvía al pueblo, y todo sucedía igual que ahora, pero su mamá seguía viva y lo recibía en la casa. 

Se despertó de noche y miró alarmado el teléfono, temiendo haber perdido la llamada. En ese momento, el teléfono sonó. Era el niño, que se disculpó por haber tardado tanto. Dijo que ya podía pasar a mirar los gatos. Le dio la dirección de una de las últimas casas del pueblo. Al ver la hora que marcaba el reloj del auto, que obviamente estaba mal, se dio cuenta de que no tenía la más mínima idea de qué hora podría ser.

En la puerta de la casa encontró un cartel que decía:

URGENTE
GATITOS PARA ADOPCIÓN

Debajo había una flecha que apuntaba a la izquierda. Siguió la flecha, bordeando la casa, donde encontró otro cartel idéntico, con la flecha apuntado en sentido opuesto. La noche de luna nueva estaba oscurísima, pero había una fila de velas que seguía el sendero marcado por los carteles, desde la parte de atrás de la casa, en descenso entre un bosquecillo hacia la playa. Casi al final, asombrado y con algo de miedo, comenzó a ver las incontables velas que iluminaban la pequeña playa, en perfecta continuidad con las estrellas que se reflejaban sobre el mar. Pero recién al pasar la última línea de pinos y sintiendo los comienzos de arena fría entre las sandalias, absorbió de golpe el espectáculo de los incontables gatitos, iluminados por las incontables velas en la noche oscura, cubriendo la totalidad de la ensenada. Era increíble, ni los gatitos situados en la orilla, mojándose con cada ola, emitían el más leve maullido.