sábado, 7 de julio de 2018
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sábado, 23 de enero de 2016
Invención de un quizás refrán
e. e. cummings
Como cuando alguien cuenta un sueño
y las quizás palabras se encienden
muy pero muy momentáneamente en un mar magno
de oscuro silencio y puro olvido, así la vida
se despliega tan breve y velada y como sin terminar
improbable y difícil de retener o de refrenar en un mar magno
de oscuro silencio y eterna indiferencia, delgada y no tan alta
si es que distinguible, pero amplia y presente lista para desgarrar,
insólita inusual pero no increíble inesperada porque no hay nada
para creer o esperar. Hay que ser digno de todo ello
inventar un quizás refrán que nos siga el rastro
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sábado, 13 de septiembre de 2014
La vida en los anillos de Saturno
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jueves, 19 de junio de 2014
Presentación del libro
(texto leído en la presentación de Sección de vientos, escrito posteriormente a la impresión del libro -- muchas gracias a todos los que vinieron a mostrarme su amor y apoyo)
Hace 200 millones de años
todo esto era un solo continente
con una sola costa a su alrededor
y no había mamíferos
y no había flores
y no había fósiles de dinosaurios,
pero había dinosaurios.
La cordillera de los Andes no existía,
ya dije que las flores no existían,
era un mundo muy distinto hace 200 millones de años.
Casi no había glaciares,
no había hielo en el polo norte ni el sur, solo el océano líquido cuyas olas rompían sobre las playas de un único continente sin flores, girando alrededor del sol.
Redes de ríos de lava
en los cuales no te podías bañar dos veces
fluían sin cuidado, y a los dinosaurios eso les parecía bien.
A los dinosaurios todo les parecía bien,
la vida y la muerte, la falta de flores,
la actividad volcánica y la separación de los continentes les parecían bien.
Que no existiera la leche, por ejemplo,
les daba tan igual que les parecía bien, y que la tierra girara alrededor del sol,
en un universo de expansión constante, donde todas las estrellas se apagan y toda la materia se separa irremediablemente, también les daba igual y les parecía bien.
En las noches de luna llena, que les parecían bien,
los brachiosaurios proyectaban sombras de su tamaño sobre los territorios,
y los pollitos de pterodáctilo dormían al calor de su madre,
y los pollitos de quetzalcoatlus dormían al calor también de su madre,
la serpiente emplumada.
Y en los océanos los animales se peleaban a muerte,
y los plesiosaurios a veces se escapaban de todo eso y chapoteaban con sus aletas por las playas, sintiendo el calor del sol y la brisa sobre sus pieles.
Y no existían las islas,
no había una sola división sobre la faz de la tierra.
No es que a nadie le importara,
justamente, les daba igual.
Y los mamuts no existían
y los tigres dientes de sable no existían
y los humanos no existían
y las hormigas no existían,
pero yo existía.
Yo estaba ahí -- lo vi todo.
Estampidas de brontosaurios
que se escuchaban a kilómetros de distancia
recorrían la tierra sin cuidado,
transformando las superficies a su paso.
Hambrientos tiranosaurios hundían su dentadura
en la carne de animales de todo tipo y los devoraban.
Pero, se los juro, a los animales que eran devorados, les parecía bien,
"mal" no les parecía, aunque les dolía. Era un mundo muy distinto hace 200 millones de años.
Intermitentes bosques de coníferos delineaban los paisajes de montañas que se iban elevando,
el magma se solidificaba en piedras como ésta y las algas muertas se depositaban bajo las rocas formando petróleo y los continentes se alejaban y se alejaban.
Los continentes no se alejaban ni lento ni rápido
sino a una velocidad que, a mí por lo menos, me pareció bien.
El tiempo geológico siempre me pareció bien,
lo que le tarda al oleaje deshacer un acantilado
o a las placas tectónicas elevar una cadena montañosa me parece bien.
No me aburre ni me emociona sino que me resbala,
lo vi pasar, nada más… me parece bien.
Vi a los coníferos y todos los árboles evolucionar de primitivas plantas de este tamaño.
Vi, años antes, un asteroide tan grande como Marte chocar contra la tierra y arrancarle un pedazo que después sería la luna.
Vi miles de millones de extinciones.
Y todo lo que vi me pareció bien,
todos los principios y medios y finales me parecieron bien,
partes intercambiables de un gran acontecimiento que me parece bien,
que viene y va como si nada.
Milenarias glaciaciones, como el invierno de las estaciones, vienen y van como si nada y eso me parece bien,
Catastróficas erupciones volcánicas me parecen perfectamente bien,
terremotos y tsunamis suceden y pasan, sin grandes acontecimientos, y nada de eso me parece nada, nada más que bien.
Todo lo que existe me parece bien, y todo lo que no existe, probablemente exista o existió alguna vez, entonces también me parece bien, a menos que no exista en serio y en ese caso me parece bien también.
La cantidad de meteoritos que cayó en la tierra me parece bien
y cuando viene el huracán me parece bien
y la extinción masiva del pérmico-triásico, que mató al 95% de las especies marinas
¿por qué habría de parecerme otra cosa más que bien?
Ayer me enteré por twitter de que era el día del escritor,
y a la tarde busqué mis libros en la imprenta
lleno de dudas y temores y deseos y exaltaciones sobre algo tan breve e insignificante como eso
pero que sin embargo, supongo que es normal, sentía muy fuerte.
Y después volví al Norte en barco, por primera vez,
y vi la luna llena salir sobre el río y elevarse por el cielo sin nubes,
y me cagué de frío.
Desembarqué en el muelle con la bici al hombro,
y en el muelle mismo me subí y salí pedaleando sobre las tablas de madera, entre las cuales se veían los reflejos intercambiables de la luna sobre el agua.
Mi aliento estaba a la vista de todos, bajo las luces nocturnas,
y me faltaba abrigo,
y la tierra giraba alrededor del sol
y la luna alrededor de la tierra.
El frío era tremendo,
no tenía casi sensibilidad en las manos,
y pasé por el puesto de flores en Lasalle y Uriburu
y me fui desprendiendo de mi cuerpo
y me vi a mí mismo andando en bicicleta
desde la perspectiva de un barrilete,
y yo planeaba por el aire haciendo grandes curvas cuando yo doblaba en las esquinas del bajo San Isidro.
Y todo lo que me pasaba,
tipo los miedos y deseos y exaltaciones y todo lo que me parece algo distinto a bien,
estaba enteramente conmigo ahí abajo pedaleando,
arriba estaba vacío, no había nada, un poco de viento, nada más,
y me seguí desprendiendo
y sentí miles de millones de conexiones fluir y evanescerse,
y la tierra siguió girando, pero después paró de girar.
Todo eso quedó tan en el pasado,
¿la tierra? ¿la vía láctea? ¿todas las constelaciones y sus miles de millones de civilizaciones? ¿quién recuerda todo eso?
Yo lo recuerdo, recuerdo el Sol, cómo brillaba
¡qué bola de fuego la puta madre!
y recuerdo los miles de millones de soles que brillaban parecido,
y todas las veces que se inventó la rueda,
y todos los dientes y todas las formaciones rocosas y coralinas y todos los últimos suspiros.
Pero los años pasan suavemente de a millones,
nada es para siempre excepto esto, y ahora,
en este universo oscuro, frío y desolado,
son esos recuerdos los que me mantienen,
la simple idea me da calor, de que lo que no es ahora lo fue alguna vez o lo será,
y de que yo ahí estaba y seguiré estando,
una red de cadenas de descargas energéticas y brotes de comunicación.
La comunicación, me parece, es una parte importante de todo esto.
Creo que este invierno me va a parecer bien,
es como un deseo que tengo,
pero no es tan fácil.
foto: Benja Domenech
sábado, 28 de diciembre de 2013
1+1=1
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jueves, 10 de octubre de 2013
Todos los aeropuertos están inundados
Todos mis aeropuertos están inundados,
el agua no para de entrar.
Las pistas, bajo el agua, iluminan la noche
con luces que persisten y se refractan,
se dejan ir, para cualquier lado.
Las líneas no paran de quebrarse,
el código se pierde por el canal,
los colores, la posición, el significado,
todo está sumergido,
nada puede respirar.
Desde las torres de control,
donde nada está al alcance de mi mano,
observo el agua, cómo sube,
cómo devasta y embellece, amenaza
con tragarme y lo hará.
Los aviones,
tanto en el aire como en el mar,
circulan, confundidos,
están listos para un nuevo reino,
quieren creer en algo.
Si vieran la tormenta entre las nubes
creerían en ella.
Pero es imposible,
esta falta de visibilidad.
Las torres de control flotan como mensajes
que nunca llegarán.
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sábado, 21 de septiembre de 2013
Sección de vientos
Es raro
cómo un recuerdo tan vívido
puede a la vez parecer soñado,
lo que voy a contar
quizá no sea verosímil
pero más inverosímil me parece
tener diecisiete años.
(Ese acceso, en paréntesis
a un universo tan compacto
que cabe misteriosamente en este
pero que lo excede, lo abusa, lo inquieta,
y finalmente cae corto, se tropieza con el hilo
de su propia máscara, y desvanece.
La nueva máscara no reemplaza a la anterior
de repente ya estaba ahí, creció en el espacio
entre el rostro y la ilusión, fingimos reconocerla
y seguimos. Quizá por eso la sentimos más real,
éramos tan conscientes de la otra imagen
cuando la levantamos entre las migas de los adultos
y nos la llevamos disimuladamente al espejo
deformando y forzando los detalles para que nos entrara)
Supongo que todos los viajes de egresados
son esencialmente el mismo viaje,
la siguiente anécdota, por lo tanto,
nada tiene de especial, un esbozo
bastante prolijo quizás, de un fragmento
de ese texto mayor e inaccesible.
La propuesta de hacer una excursión nocturna
por el valle nevado, que resplandecía como el cuarzo
bajo la luna, fue demasiado audaz como para rechazarla.
Salimos del hotel sintiendo que escapábamos,
que ser vistos equivalía a una aprobación
y que la aprobación invalidaba la aventura.
La luna brillaba redonda e ininterrumpida
y nos acompañaba un aura vagamente erótico
que, sin impulsar nuestras acciones, las iluminaba
y las hacía posibles. No sé cuán conscientes éramos,
de esa noche sólo existe el recuerdo, pero una coloración
matiza totalmente el revelado, tiñe la imagen
con una tímida exaltación, un fulgor, tenue pero preciso,
que no es la pátina lunar, pero que resplandece en ella.
Bañados en esa gama celeste, avanzábamos por la nieve,
dejando a nuestro paso el dibujo, largo, confuso, conjunto
y evidente, de un íntimo desfile de amor, amistad y deseo.
(Aunque en los detalles vislumbro también todas nuestras peleas,
los lazos y las separaciones, las faltas de comunicación fingidas
y las genuinas, los triángulos, los círculos, las líneas,
las huellas, los miedos, las recaídas)
El viento estaba muy presente, nos envolvía,
un canto suave, ondulado y abrasivo,
y si vimos una nube en algún momento, no lo recuerdo.
Caminamos durante horas, tomando vino,
contando historias, cambiando de lugar y de pareja,
sintiendo todo eso, tan presente, la montaña.
Teníamos linternas, pero no las usamos,
no hacía falta, los gestos y expresiones más sutiles
se distinguían claramente ahí afuera.
Y nos perdimos, y nos desesperamos,
y caminamos en círculos, pero incluso eso
lo abrazamos como algo que debía suceder,
un momento clave de nuestra existencia, al cual
había que acercarse indirectamente para que aconteciera.
Y después empezó a clarear
y parecía un fantasma lo que se veía en el oriente,
dándole un nuevo sentido, para nosotros,
al silbido inquieto que nos había acompañado esa noche.
El sol no alteró mucho la situación,
ni siquiera nos aseguraba que no fuera un sueño.
El paisaje que se extendía ante nosotros
fue entonces la definición de misterio,
y el coraje que nos inspiraba
tenía mucho que ver con el miedo y la muerte.
Y sin embargo, dejando atrás una línea de árboles,
divisamos, en la distancia, una construcción humana.
Durante un rato no parecía que se acercara a nuestro paso,
de repente triplicó su tamaño, como en una animación torpe.
Seguía muy lejana, pero la comprendimos grande, quizá inmensa,
probablemente de madera, y separada de cualquier camino.
El silbido fue aumentando en volumen,
provenía de ahí adentro. Parecía una catedral, y lo era,
hecha totalmente de ramas y troncos.
Entramos, la gente cantaba en un idioma extraño.
Alguno de nosotros, no me acuerdo quién,
dijo que era galés, y nos habló sobre la colonia.
Yo no tenía idea, no sabía si debía creerle.
La melodía era de otro mundo, los instrumentos
la recreaban para adentro, como envolviendo una esfera,
agrandándola a cada compás.
Las voces parecían alejarse y regresar, o más bien
estaban todo el tiempo regresando. Había muchísima gente,
parecían variaciones de una sola persona, todos
tenían un instrumento en las manos, y el aire musical
brotaba del centro como en una fuente europea.
Allí, en el círculo interior, vibraban los vientos,
un núcleo de trompetas, de tubas y de fagots,
de clarinetes, oboes, cornetas y de trombones,
de flautas, gaitas y saxofones, que repetía un suspiro
una y otra vez, con múltiplos y variaciones,
como si hubieran comprobado que así y sólo así
era la existencia posible, un mantra expansivo
que podía englobar el universo, pero no lo hacía.
Soplaban con una veneración tremenda, era casi insoportable
ver cómo los instrumentos, más que medios para la devoción,
eran la causa y el origen de todo lo que estaban adorando.
Por alguna razón lo vimos muy claro, o quizá sea el recuerdo
el que lo aclara, ahí adentro, en ese círculo religioso,
los instrumentos eran primero, los músicos después.
Toda esa gente, la catedral, el cosmos,
eran meras articulaciones de un lenguaje superior,
no rodeaban al instrumento, era el instrumento el que los emitía.
Fue imposible interferir en la escena, siquiera sostenerla,
con el tiempo nos vimos alejados, volvimos
al medio de la nada, el paisaje montañoso nos reabsorbió,
rápidamente llegamos a una ruta.
En el hotel nadie supo que nos habíamos ido,
la normalidad fue al principio exasperante,
de golpe estábamos volviendo a Buenos Aires.
No tengo una explicación para todo esto,
siento que la aceptación no es una parte sino el conjunto,
y que todo lo que me pasó desde entonces
es una variación de esa experiencia.
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martes, 17 de septiembre de 2013
No me disculpen
confundí estas chapas con la bóveda celeste
hay que ser idiota
Se me rompió la balanza
todavía está cayendo
y del puente no quedó nada
a esto llamo vida
Mi isla tiene dos lados
con una duna en el medio
ahí construí mi casa, pero yo nunca lo pedí
La señal fue siempre muy pobre
hay que ir al cementerio
ya me hice la cama
sobra espacio como para un animal fino y largo
Creo que es por acá
pero nunca lo encuentro
duermo en el piso
con alguna lápida improvisada
Lo más parecido a la muerte es ese pájaro
trae las noticias del mundo exterior
las regurgita en la arena para mí
Ya me di cuenta de lo diminuto que soy
confundí un grano con la isla
no hace falta un gran viento para moverme
sino cualquier brisa ligera
su soplido me desplaza y me desplaza
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domingo, 7 de julio de 2013
Acá estamos
No había casi motivos
para pensar que todo esto sucedería
y sucedió. Vos
que conocías tan bien el escenario
no te supiste bajar a tiempo
y lo viste desde ahí.
Hoy me desperté tardísimo
y me puse a cocinar lentejas
en la olla gigante que nos regalaron los chicos
(tiene un agujero la olla, en un costado
pero con el guiso se tapa al toque
sólo al limpiarla pierde)
Y pensé en el guiso
en la transformación de los ingredientes
la toma de sabores entre cada uno y los demás
lo indescifrable de la unidad
y el poco tiempo que hace falta
(sólo una serie de bocas)
para convertir este guiso en la nada
Amigos
si piensan que todo esto
quedará guardado en algún sitio
(yo lo pienso a veces)
se equivocan
Las cosas sólo se guardan en sí mismas,
es realmente misterioso
¡miren lo que es esta cocina! esas filas de estantes! infinitas unidades!
agarren algo, anímense, formen parte, y no lamenten
el impacto del tiempo, el amor, los elementos
no hay nada que lamentar
Pero ojo,
cuando los miro a ustedes
y saco estas palabras del estante
no es vulnerabilidad de lo que hablo
sino expansión
Y todo lo que pasa adentro
no digo que no duela, aflige
pero es inseparable, la realidad es todo esto (por ejemplo)
El amor es lo que menos existe
y lo que más arrasa
casi todo lo que había en la cocina fue a parar al guiso
lo corté en pedacitos para ustedes y para mí
(creo que la aceptación tiene algo que ver con todo esto)
Cometimos tantos errores
no me parece injusto
la melodía es esa
y éste el cuchillo
Y cada vez que ustedes suben el volumen
yo pienso en ustedes, no en la melodía
(o, a lo sumo, en las dos cosas)
Lo de ayer
si bien fue exagerado
fue una interpretación
acá estamos
no es miedo lo que tengo
¿Es un milagro que el agua hierva? No
mirá esta quemadura (es linda)
tomemos una taza de té
¿Es posible que te diga estas cosas, u otras,
soplar las palabras sobre el borde de la taza
y que se muevan con el vapor hacia vos? Sí
y eso también es un milagro
Vos revolvés tu taza con un cuchillo
y decís que no hay nada como el té en invierno
Tomemos este té en la calle (decís)
incluyamos al mundo exterior
envolvámoslo en todo esto
¿qué hace acá esta puerta?
dejemos que las cosas se vayan
dejemos que las cosas se las lleven
la música, toda esta tensión, los chistes,
todo lo que forma parte de nosotros
de lo que nosotros formamos parte
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domingo, 16 de junio de 2013
Recuerdo siempre el mismo
Un paseo por semana durante diez años
son muchos paseos
y sin embargo
recuerdo siempre el mismo
Habíamos cortado bastante antes
por lo menos un año
(seguir paseando los domingos
nos había parecido lo más natural, y lo fue)
El perro no estaba inquieto
No había una brisa extraña o sugerente
No nos cruzamos con nadie en particular
Pero vos
te sacaste un guante para darme la mano
(creo que ya me habías admitido que te hacía mal
darme la mano y no podías evitarlo)
y me hablaste sobre unos planes que tenías
de cambiar los muebles de tu casa
Dimos dos vueltas al barrio
Hoy
que está todo tan lejos
pienso que no hay
una conclusión a sacar de todo esto,
que hicimos lo que pudimos,
y que de todo este simulacro
lo único verdadero que hicimos
(o por lo menos lo más bello)
fueron esos paseos
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domingo, 5 de mayo de 2013
La boa constrictor
Las hojas se aferran a la rama durante un año
pero sobre todo existen las tormentas.
La boa constrictor
su fruición al calor de mi orilla
es engañosa, se deja leer
bajo la luz de la linterna
(regalo de mis padres).
Sus ojos celestes y lechosos indican la muda
de su piel escamosa, el fantasma se está creando.
Rodea mi isla.
Estoy quieto, pero las nubes
cambian continuamente su formación,
juntan agua, la transportan y depositan, alteran
la superficie de un cuerpo en movimiento.
Tarde o temprano, todo es oscuro.
Tres noches continuas nos enfrentamos,
nada sucede,
su comportamiento fingió ser impredecible,
lo cual no me esperaba.
Mi linterna aporta al calor que exige
la boa constrictor, pero la boa constrictor
está en sí misma, es otro centro.
Dibuja un ocho en mis orillas, me tiraniza,
y si mis huesos han de ceder bajo sus anillos dorados
habrá sido así todo el tiempo.
Ahora mismo, en esta orilla, bajo esta semiluna
la boa constrictor me seduce y no al revés,
su signo fluye en una sola dirección.
Temo y admiro.
Si temo, miro a occidente,
lo que queda del atardecer,
una gran columna de lluvia que conecta cielo y tierra
parece ascender (asciende) y cae.
Ahí todo es un punto, mi fuerza,
y la serpiente me repulsa, me recuerda,
que no hay tal isla, tales límites, tal contención,
que todo lo mío murió todo el tiempo en mis manos.
Si admiro, veo el oriente,
bajo la luz del amanecer que nunca llega
la serpiente es una transición generosa,
refleja los brillos lejanos del sol naciente,
los deja al alcance de mi mano, me convierte,
y eso también está siempre pasando.
La boa constrictor quizá sea el amor,
pero no deja que el amor pase, las otras islas
llegan hasta ahí de forma irreparable,
se conectan sólo por abajo, donde el tiempo no llega.
Procuremos no lamentar
el paso de la tormenta
es como cualquier cosa.
Hojas caídas en un lecho de hojas caídas.
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viernes, 5 de abril de 2013
El diluvio nos encontró navegando
El diluvio nos encontró navegando
y el fantasma que estaba atado al mástil bajó todo mojado
y nos tocó la ventanilla del camarote
para pedirnos una taza de café.
Le dimos leche caliente y un huevo de pascuas
y lo cubrimos con una toalla que había que sostener con los muebles
para que no lo atravesara.
Había una gotera en el camarote
y el fantasma nos preguntó si eso era un problema
y nos habló de su muerte, que era triste.
Por suerte había dos de cada uno de nosotros,
No peligraba el universo, ni nada.
Al fantasma lo dejamos dormir en el pasillo,
eligió un lugar abajo de un crucifijo, y soñaba,
y se veían los sueños adentro de su cabeza.
Siguió lloviendo, las estrellas no volvieron a salir nunca más,
ni el sol, y el libro estaba mojado, y las goteras se multiplicaban.
Nuestro camarote, durante un tiempo,
fue muy deprimente, pero aprendiste a aburrirte, y se alejó.
A veces me subía a la cucheta de arriba y te miraba desde ahí,
y a veces me subía también al mástil, y decía que era
el Rey de los Judíos, y vos te aburrías.
Todavía pienso que tendríamos que habernos reproducido,
supongo que no tenía mucho sentido, como decías vos,
pero ver el tiempo pasar de esa manera, toda esa lluvia,
me hacía pensar en eso, no sé.
Un mar que no pueda dividirse en dos me parece aburrido.
Lo que quería en el fondo era amor, pero estaba todo mojado.
Me subía a la cucheta del camarote y decía soy el rey del universo!
y no había nadie en el camarote, ni el barco, ni el mar.
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viernes, 8 de marzo de 2013
Hace mil años
Ese día dormimos en altamar
y tomamos whisky
y hablamos de amor libre.
Ustedes dos todavía estaban juntos
Pero todo se veía venir, y se notaba
lo que pensaba cada uno, lo que cada uno
quería
que pasara y no iba a pasar.
Un barco sólo vimos esa noche, era un
crucero
que dejaba una estela masiva
que sentimos
agitar nuestro barco
en un tintineo de los hielos bastante
tiempo después.
Sobre la mesa habían quedado las cartas
de un juego que no habíamos llegado a
jugar
porque no todos sabíamos las reglas y se
fue desvaneciendo
en la explicación y las rondas de prueba.
Casi toda la noche no fumamos hasta que
encontramos
un paquete viejísimo de esos habanos
finitos
y tomamos whisky y fumamos habanos
viejos.
Y cuando alguien habló de no sé qué
constelación
salimos a la cubierta, y yo
dejé apoyado en el cenicero un
habano
que se cayó, y ahí fue que se hizo
esa quemadura.
Fue hace mil años.
En el medio de la noche cuando dormíamos,
me acuerdo
vos te despertaste gritando Sueño !
y después me jurabas que habías
gritado Fuego !
que se quemaba tu casa y que
gritabas Fuego !
pero yo no estaba durmiendo
y te escuché claramente
gritando Sueño !
y vos no me creías.
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viernes, 30 de noviembre de 2012
En 2012 subimos un armario por el balcón
En 2012 subimos un armario por el balcón,
y vos ¡oh! ataste tan bien la cuerda
(me emociono)
era tan lindo
era como un regalo
envuelto con aire perfecto
el nudo no parecía real
Yo subí al balcón
y empecé a tirar
mientras vos abajo te ocupabas
de que no tocara la pared
Y te vi desde arriba
y no parecía real
Después, a medio camino
entraste corriendo al edificio, para
subir a ayudar
(el armario raspó un par de veces)
y pasó un auto por la calle
lentamente
En el asiento de atrás estabas vos
con la ventana abierta
y me miraste, y miraste el armario
que colgaba a tres metros de la vereda
Vos estabas subiendo las escaleras
y escuché tus pasos por el departamento
Qué linda imagen
El chico ese en el balcón
subiendo un armario
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viernes, 9 de noviembre de 2012
Corrientes de resaca
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miércoles, 7 de noviembre de 2012
Un millón de epílogos
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jueves, 18 de octubre de 2012
La ilusión de la pausa
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domingo, 23 de septiembre de 2012
Cuando ustedes me dijeron que apague la luz
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martes, 12 de junio de 2012
Entre dedo y dedo
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jueves, 24 de mayo de 2012
Sucesión de sucesiones
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