jueves, 1 de septiembre de 2011

mark strand 4 a.m.


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Ficción (me encuentro traduciendo)



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Pienso en las vidas inocentes
De la gente de las novelas, que sabe que morirá
Pero no que la novela llegará a su fin. Son tan distintos
A nosotros. Acá la luna muda observa,
A través de nubes dispersas, la ciudad que duerme debajo,
Y el viento junta las hojas caídas
Y una persona a saber, yo profunda en su silla,
Hojea las páginas restantes, sabiendo que no hay
Mucho tiempo para el hombre y la mujer en la habitación alquilada,
Para la luz roja sobre la puerta, para el lirio
Arrojando su sombra a la pared; no hay mucho tiempo
Para los soldados bajo los árboles que bordean
El río, para los heridos siendo llevados
A las ciudades del interior, donde se quedarán;
La guerra que rabió por años llegará a su fin,
Como todo lo demás, excepto una presencia,
Que cuesta definir, una huella, como el olor de la hierba
Tras una noche lluviosa o los vestigios de una voz
Que avisa, aunque de forma velada:
No desesperen; si el final se acerca, también el final pasará.


Fiction (1990)

I think of the innocent lives

Of people in novels who know they’ll die

But not that the novel will end. How different they are

From us. Here, the moon stares dumbly down,

Through scattered clouds, onto the sleeping town,

And the wind rounds up the fallen leaves,

And somebody —namely me— deep in his chair,

Riffles the pages left, knowing there’s not

Much time for the man and the woman in the rented room,

For the red light over the door, for the iris

Tossing its shadow against the wall; not much time

For the soldiers under the trees that line

The river, for the wounded being hauled away

To the cities of the interior where they will stay;

The war that raged for years will come to a close,

And so will everything else, except for a presence

Hard to define, a trace, like the scent of grass

After a night of rain or the remains of a voice

That lets us know without spelling it out

Not to despair; if the end is come, it too will pass.

miércoles, 24 de agosto de 2011

E-mail

Hola a todos, adjunto el volante a la presentación de un librito. Son unos cuentos que estuve escribiendo estos años y que me gustaría compartir. No sólo porque muero por ver mi nombre en una de esas cosas, sino también porque siento que ustedes formaron parte de su elaboración, y que esta es una buena manera de agredecérselo.

La cosa está coedita por tres editoriales independientes, milena caserola, No Hay Vergüenza ediciones y )el asunto(.
El evento tiene todas las de ser divertido. Va a ser en una librería lindísima que deberían conocer, y una buena excusa para estar todos juntos, tomar un poco de vino, ingerir algún que otro alimento.

Espero que puedan venir, pero tampoco se maten, ya voy a encontrar mil situaciones para meterles ese libro por donde les quepa (se entiende que el bolsillo).

Contando los días,
Mikel




miércoles, 17 de agosto de 2011

La muerte en el aeropuerto

i.

Cuando llegó mi hora, vino la Muerte y me dijo: “Ha llegado tu hora.” No entendía mis chistes y me obligó a subir al taxi. Escuchamos la radio, pero el taxista cambiaba de emisora con una velocidad irritante. La Muerte miraba por la ventana y estuvo un rato hablando solo, murmurando entre dientes y suspirando. A veces tosía.

El tráfico en la autopista fue insoportable. La Muerte propuso cantar canciones, para pasar el rato, pero no había ninguna que supiésemos todos. Cada vez que fumaba, el cigarrillo le iluminaba la mandíbula, adentro de su capucha desteñida.


ii.

En el aeropuerto tomamos café. Era carísimo, y los granos de café molido se me quedaban atascados entre los dientes. Al tratar de sacarlos con la uña, sólo lograba meterlos más adentro.

Unos chicos ruidosos jugaban y gritaban muy cerca nuestro, hasta que la Muerte los calmó con la guadaña. Una mujer arrastró los cuerpos hacia un costado, donde había algunos muertos más. Después limpió la sangre, silbando la melodía de una publicidad de dentífricos.


iii.

“Me encanta esta canción,” dijo la Muerte, meciendo suavemente el cráneo, “es la de Kolynos.” El piso estaba muy pulido y reflejaba todo lo que había sobre él.

Seguimos tomando café. La Muerte eructaba muy seguido y sus eructos retumbaban en el galpón de vidrios altos. La luz eléctrica arropaba los cuerpos tirados alrededor nuestro con unos rayos blancos que hacían destellos brillantes en sus ojos, sus dientes y sus joyas.


iv.

Me quedé dormido leyendo y cuando desperté la Muerte no estaba. Pregunté por él y me dijeron que había entrado al baño. El baño estaba vacío y era evidente que había escapado por los tubos de aire. “Hijo de puta,” pensé, haciendo presión con los nudillos sobre el mármol y mirando mi expresión en el espejo.

Cuando volví a las mesas, me di cuenta de que la Muerte había dejado su reloj de arena. Era muy pequeño y de plástico, como los que se usan para jugar al Scattergories, o al Pictionary. La duración de los lapsos era dispar y azarosa, como si la gravedad actuara de forma distinta cada vez.


v.

Fui al Duty Free a comprar un montón de puchos. Haciendo cola para pagar, levanté unas pirámides de chocolate que estaban de promoción. La cajera pareció sorprenderse mucho ante ellas, como si nunca antes hubiera visto un volumen piramidal. Examinó cada bombón con cuidado, con desconfianza. Después, apuntando con un dedo a la pantalla, me indicó el total de la compra, que no era tanto.

Las paredes del local se estaban derritiendo y de vez en cuando uno de los tubos fluorescentes reventaba de golpe. Los ínfimos copos de vidrio caían muy despacio, y el más sutil movimiento del aire era capaz de arrastrarlos, de arremolinarlos y de hacerlos flotar.

Una mujer le estaba cortando las uñas a una niña, que no parecía su hija. La criatura se impacientaba, fingía dolor e intentaba soltarse. Cuando la mujer se desprendió de su mano izquierda, para pasarse a la derecha, ella aprovechó para liberarse. Salió corriendo, pero no en línea recta, sino haciendo un zigzag. Se dirigió a la sección de perfumes, donde un tubo fluorescente acababa de reventar. Ya se había formado un grupo de niños que jugaba con el vidrio. Hacían bolas para lanzarse, o pequeños muñecos que decoraban con chicles mascados y papelitos de color.

Enternecido por la escena infantil, quise participar en algo de su felicidad. Me acerqué y les regalé los bombones, excepto uno, que decidí usar de amuleto. Después tomé un asiento, cerca de los grandes ventanales. Me pareció ver a la Muerte, algo lejos, deslizándose entre unos aviones estacionados. Pero para entonces la temperatura ya era muy alta y pudo haber sido una fabulación delirante. La pirámide de chocolate se había derretido en mi bolsillo, y su tacto me recordaba al fango, a los pantanos, a las arenas movedizas.

La revistería entró en llamas de repente, y las personas que salían del local, también ellos en llamas, lo hacían tranquilamente, tirando de sus valijitas en llamas, ojeando una revista en llamas, o leyendo una contratapa en llamas, anticipándose a la historia que se desarrollaría entre página y página. Esto activó las regaderas automáticas, que comenzaron a rociar todo el salón. Los truenos venían antes que los relámpagos, y los niños, que se escondían bajo los asientos, se asomaban con miedo, lanzando alaridos que no lograban disimular su entusiasmo.

martes, 2 de agosto de 2011

es que no sé qué sentido tiene
remover ahora el fango
justo cuando el sedimento terminó de bajar
separándose por completo del agua.

ahora que puedo ver las dos cosas
el agua
y el barro del fondo
no voy a mezclarlo todo de vuelta.

y es raro ver esas cosas
y tratar de buscar alguna cosa en común
(la palabra nostalgia
es demasiado arrojadiza)
pero no se me ocurre
no encuentro
algún vínculo entre todo eso

cuando me lavo la cara
a veces viene todo junto
y hay cosas
que no tienen nada que ver con vos


jueves, 14 de julio de 2011

miércoles, 15 de junio de 2011

Homenaje

¿Qué estás leyendo?Al falo, de Virginia Woolf.Jaja, buenísimo, se debería llamar así la novela.
—¿Qué?
—Nada, eso, que es gracioso decir "Al falo" en vez de "Al faro".
—Jaja, sí, nunca lo había pensado, está bueno.
—¿Qué?
—Nada, eso, que está bueno "Al falo", nunca se me había ocurrido. En inglés no se puede.
—Pero vos lo dijiste primero.
—¿Qué?
—Que dijiste "Al falo" antes que yo.
—¿Qué? No.
—Sí, cuando yo te pregunté qué estabas leyendo, me dijiste "Al falo" de Virginia Woolf.
—Jaja, así es más gracioso todavía, "Al falo de Virginia Woolf".
—Sí, está bueno. ¿Pero en serio no te diste cuenta que lo dijiste?
—¿Qué? No, yo no dije eso, lo dijiste vos. Yo dije "Al faro".
—No, yo no lo dije. O sea, lo dije, pero después de escucharte a vos decirlo.
—Habrás escuchado mal, no sé, a mí nunca se me ocurren esas cosas. Como cuando me dijiste que había que empezar a escribir Folkner con o.
—Ah sí, esa se la dije a Mario y ¿sabés lo que hizo? Lo puso en un cuento.
—Qué ladri.
—Después viene y me dice, te hice un homenaje en mi último cuento. Qué homenaje ni homenaje, si yo no salgo por ningún lado. Homenaje es lo que hacen los hombres cuando te culean.
—Jaja.
—Sí, me está empezando a caer bastante mal el chabón. ¿Viste la antología que está preparando, de escritores jóvenes? Es tan soberbio el flaco, que NO se va a incluir a sí mismo.
—Jaja.
—No, pero en serio eh, el otro día me mostró un borrador del prólogo... Qué careta... Como si él no fuera un escritor joven. Habla como si el mundo fuera su pija el chabón. Escribe así también. Es bueno, pero cada oración se levanta a la mañana y con un buen desayuno que no sabe cómo mierda fue cocinado, sale a dominar el mundo, a esclavizarlo y regularlo y comprenderlo de forma unívoca. Atrás de cada frase hay una casita perfectamente cuidada y decorada que le sonríe y le pide que vuelva, que no se lastime.
—Jaja, es verdad eh. Yo lo re veo en sus ensayos. Agarra el significado de las cosas y no lo deja escapar, como si el mismo hecho de que quieran escapar no significara que hay otros significados. Ni se da cuenta que si no quiere que escapen es porque hay algo que siente la necesidad de defender, unos valores que quiere mantener erectos y que ve amenazados. ¿Vos qué texto le mandaste?
—Los siete poemas esos.
—Ah, buenísimo, no sabía que podíamos mandar poesía también.
—Sí, creo que va a ser más que nada poesía el libro eh.
—Ah, mirá.
—¿Vos qué le mandaste?
—No me decidí todavía. En el fondo me jode un poco que me haya incluido, porque él sabe que yo en realidad no estoy para publicar todavía. No sé si lo hizo por obligación o para humillarme.
—No, ¿qué obligación? Mario Tilano jamás incluiría "por obligación" un texto que no le gusta en un libro con su apellido. Un flaco se puede sentir obligado a ponerse el forro, pero nunca a adoptar al pibe.
—Bueno, para humillarme entonces.
—Jaja, no, te está "homenajeando".
—Creo que prefiero que me humillen. No me molesta que me digan que soy de tierra, que me humilden. Esa vergüenza es de chabón. Les recordás de dónde vienen y te cagan a piñas. A mí la tierra me gusta. Y si la humanidad está jodida, no me parece que sea por venir de la tierra. Es re masculino ese rencor a la tierra, a la "puta madre". Prefiero reconciliarme con la tierra a seguir pensando que es una puta y la fuente de todos los problemas "del hombre". Con la tierra no tengo problemas, o al menos prefiero estar tirada en el barro ante que meterme en la ducha toda wasqueada y con tremendo dolor de orto.
—Jaja. Parece que nunca te homenajearon bien homenajeada. Igual, es mentira que no estés para publicar eh.
—No sé, Lara, no sé.
—Podrías escribir un diálogo como el que estamos teniendo ahora. Le cambiamos el nombre a Mario y yastá.
—Jaja, sí, tremendo homenaje. "Tilano, el otro día me puse un strap-on y escribí este texto. Te lo mando para tu antología, puto."
—Jaja. ¿Cómo lo escribirías, con "l" o con "r"?
—¿Qué cosa? ¿Tilano?
—Ja, no... jaja. Al faro, o Al falo. Al principio del diálogo.
—Ah, claro. No sé. Para mí que dije faro, pero si es para escribirlo como cuento, habría que poner falo ¿no?
—Sí, además dijiste eso. ¿En serio que no fue a propósito?
—Ni me di cuenta, de hecho sigo pensando que dije faro.
—Habrá sido un lapso.
—Jaja, lapsus, mongui... tuviste un lapsus.
—¿Dije lapso no?
—Sí.
—Qué tarada. Bueno, pero lo reconozco. Reconocé que dijiste falo.
—No, cuando tenés un lapsus te das cuenta después, yo dije faro, esto segura... Pero es un buen lapsus igual, ¿qué diría Freud?
—Que sos una chupapijas.
—Jaja, qué boluda.
—Boluda vos, pelotuda.
—Jaja, qué pene.
—Bueno, no me rompas más las bolas.
—Jaja, si no tenés bolas vos, las bolas son de mi strap-on y me los estoy estrellando contra tu culo. Es un homenaje. Lo que sí tenemos son huevos. ¡Y los chabones no tienen! Se monopolizan todas las metáforas.
—Jaja. De última si no nos decidimos, le preguntamos a Mario, que siempre sabe el significado unívoco de las cosas.
—Jaja. "Acá te mando el texto para la antología. Lo que no sé es si al principio dice Al faro o Al falo. Vos que sabés de estas cosas, ¿qué pensás que dice? ¿Cuál de los dos no amenazaría tu patriarcado y tu unidad de significado? Decidí vos, ya que estás tan convencido de que es imposible que diga las dos cosas. Ademas, el libro es tuyo, papi, hacete cargo."
—O sino hacemos que los personajes sean ponjas, y pensamos mil ambigüedades más.
—Eso es verdad ¿viste? vos le decís a un ponja "falo" y "faro", "roca" y "loca", y le suena exactamente igual. Y todo lo pronuncian con una "r" medio rara que casi suena a "l". Mi profesora de japonés me decía "Rara".
—Jaja, está bueno Rara.
—Callate que vos serías "Pirar".
—No me jode. Che me voy a comer algo.
—¿Qué?
—Nada que tengo hambre. Además me cansé de estar en la compu.
—¿Qué compu? ¿De qué hablás?
—¿Qué? Nada, llevo toda la mañana chateando y mirando cosas, me voy a cocinar algo y seguir leyendo a Woolf.
—No entiendo.
—¿Qué no entendés?
—El chiste de la compu, no entiendo.
—¿Qué chiste? Te hablo en serio, me voy a comer algo.
—Pero no venden comida acá.
—¿Acá dónde? ¿De qué hablás?!
—No sé, vos empezaste.
—¿Qué cosa empecé yo?
—No sé, el chiste ese de la compu.
—Pero no es ningún chiste.
—Bué... ya fue entonces.
—Sí, no te entiendo... en fin... no importa. Pero ahora sí, me voy a comer algo.
—¿De vuelta con eso? ¿Qué vas a comer acá en el bondi?
—¿Qué bondi? ¿Qué te pasa Lara?
—No sé, ¿a vos qué te pasa? Estamos acá viajando en el colectivo y me empezás a delirar.
—Yo no estoy en ningún colectivo, estoy en mi casa, hablando con vos por chat.
—Me estás delirando.
—Vos.
—Yo lo único que sé es que estamos sentadas en un bondi, yendo a la presentación del libro de Mario.
—¿Eh? Estás loca.
—No sé, ¿vos pretendés que no estamos acá? ¿que estamos hablando por chat, que yo estoy en mi casa hablando por chat?
—En tu casa o en donde sea que estés, yo que sé. Además, ¿decís que estamos yendo a la presentación del libro de Mario?
—Sí.
—¿La antología?
—Sí.
—Es imposible, si todavía ni está lista.
—¿Cómo?
—No está terminada la antología esa, hace quince minutos estuvimos hablando sobre qué textos mandar o no mandar.
—¿Qué?
—¿Decís que no te acordás?
—No sé de qué me estás hablando.
—Si lo tengo todo escrito en la ventanita del chat, mirá:
"Lara says: ¿Vos qué le mandaste?
Pilar says: No sé, no me decidí todavía."
—No entiendo nada. Yo te juro que estoy sentada en el colectivo, te estoy viendo la cara mientras me hablás, que cada vez tiene una expresión más desconcertada. Mirá... te estoy tocando.
—Me estás delirando.
—No, vos sos la que no para con la joda, Pilar. Estás pirada.
—La rara sos vos, Lara, dejá de limarme.
—A ver, si es un chat, ¿cómo vamos a haber tenido la confusión de "Al faro" o "Al falo"?
—No lo había pensado. Buena pregunta. A ver, lo voy a mirar.
"Pilar says: Al falo, de Virginia Woolf."
—Te dije.
—Sí, tenías razón. No sé cómo no lo pensamos antes. Pero ¿ves que es un chat?
—Eso no prueba nada, te podés inventar todas las citas que quieras. A Borges no le dijeron nada.
—Eso de Borges... todo el mundo dice que se inventa las citas y eso, pero no sé si hay tantos ejemplos.
—¿Qué importa Borges Pilar?
—Qué se yó, vos lo nombraste.
—Sí, pero era para demostrar algo, no para irme por las ramas hablando de literatura. Hasta que no me admitas que me estás limando, todo lo demás me parece irrelevante.
—Admitilo vos.
—No tengo nada que admitir... Uy es acá. Apretá el timbre, dale.
—Qué boba.
—No en serio tocá que no llego. Dale que nos pasamos.
—No me limes más! Me voy a comer.
—Nos re pasamos. Tocá en esta que va a cruzar la 25 de Mayo.
—Lo único que voy a apretar yo es es la tecla que apaga la computadora.
—Ayy. Bueno, entonces correte y dejame tocar. No quiero llegar tarde a la presentación, me dijo Mario que yo leía mi cuento primero.
—¿Qué cuento? ¿No ibas a mandar poemas?
—Al final lo cambié, ¿no te dije? Uy, ojo con el escalón que está como más bajo que lo normal. A último minuto le mandé el diálogo ese que colgué en el blog, el de las ambigüedades y el falogocentrismo y todo eso. No sé si hice mal, pero la verdad que la antología esta no me importa tanto.
—¿Qué diálogo? Hace tiempo que no entro a tu blog, a ver, lo voy a leer ahora.
—¿Ahora? No, dale que estamos a una cuadra de la Libre. Cuando lleguemos me vas a escuchar a mí leerlo.
—¿Vas a leer un diálogo, vos sola? ¿No va a ser medio confuso?
—Uy, sí, tenés razón, no lo había pensado. Bueno ¿me hacés el favor? ¿Yo hago una voz y vos hacés la otra?
—Bueno, pero dejame comer algo primero. Ahora vuelvo.
—No, dale.
—Es un toque. 15 minutos. Beso.
—Bueno, parece que no llegó mucha gente todavía. Pero apurate. Creo que arriba hay choris.

martes, 14 de junio de 2011

lunes, 6 de junio de 2011

Sócrates tocando la guitarra

En el subte que me tomo para ir a la facultad, está Sócrates tocando la guitarra. No siempre me lo encuentro, pero no verlo en mi vagón no implica que no esté tocando en algún otro. Todo lo contrario: la única manera de saber que está en otro vagón es echándolo de menos. Su canción es muy triste, es dulce dolor y sabio remordimiento. Como el sol, está siempre mirando para abajo, excepto cuando llega al final del recorrido, donde alza la vista y con la guitarra inquiere: “¿No ven que había un límite?” Supongo que hay algo en el movimiento de ida y vuelta del tren, de la alternancia infinita entre periferias, que le gusta o que encuentra adecuado para su canción. Después a la facultad me llevo una parte mutilada de su desafío o su resolución, pero sólo me sirve para desconcentrarme (estas líneas las escribo en clase). A veces pienso que si es un mártir, se lo merece, como el sol se despide llorando y uno piensa: “no hubieras sido el sol”. También Sócrates se lamenta de no alcanzar, y llena el subte de su suspiro. La canción alude mucho a la luna, y yo me pregunto hace cuánto que no la ve, y si la primera vez que la vio no fue para escribir la canción. Y así como es el sol quien se pronuncia a través de la luna, también la canción de Sócrates, casi traicionando su idioma musical, obliga al tren a hablar: “Soy una herramienta de mediación, mis destinos, siendo dos, son infinitos y son ninguno. Soy muy útil, pero sólo hasta llegar a los límites de mi alcance y los que se bajen antes pueden fingir que esto no lo saben. Pero no los culpo. La oscuridad que recorro sólo existe porque lo hago.” Pero además está aquello que ni el subte puede decir, puesto que surge de una articulación mucho más vasta, es el resultado de las infinitas veces que el subte se pronuncia como tal. Sócrates lo dice tocando la guitarra. No sé si sería como decir que sí después inmediatamente que no y después que sí, infinitas veces. Pero esa sentencia o tortura dialéctica no sería nada bella (¿quién mira al sol directamente?) Lo de Sócrates, en cambio, me pone los pelos de punta., me hace llorar. A la noche cuando salgo de la estación veo la luna y todo se me repite, pero en ella es pura dignidad. Al igual que el tren, aunque por razones totalmente opuestas, la luna rechaza cualquier tipo de simpatía, no le sirve. Con el sol eso no me pasa, y con Sócrates tampoco. Con ellos es pura conmiseración trágica, no puedo evitarlo.

jueves, 2 de junio de 2011

llevo bastantes años viviendo en esta casa
y lo que más me cuesta saber
es cuándo está cerrada una puerta
y cuándo abierta

lo único que sé es que no basta con ver el otro lado

lo que hago siempre es tratar de pasar
es un buen método
aunque doloroso
porque si está cerrada
no me doy cuenta hasta el último momento
y todo el dolor me viene de golpe

cuando parece que está cerrada
pero en realidad está abierta
todavía no me pasó
pero es como si el mundo se detuviera por un segundo
para dejarte verlo entero tal cual es

cuando parece que está abierta
pero en realidad está cerrada
llego justo hasta el umbral
y del impacto me caigo al piso
donde me espera el charco de sangre

el mejor de los casos
es pensar que está cerrada
y comprobarlo
no por tener razón
sino porque me lo merezco

que parezca que está abierta
y de verdad lo esté
hasta ahora nunca me pasó
y eso que llevo siglos en este cuarto

donde el tiempo se alarga
y el espacio se achica