martes, 30 de abril de 2013

18 minutos de mi tiempo


1. Dirty Three - The Restless Waves



 2. Josephine Foster - All I Wanted Was the Moon



3. Leonard Cohen - The Stranger Song 



4. The Beach Boys - Don't Worry Baby 

Tres semanas después de escribir esto



El miércoles a las 17.00 pasé en el 65 por la calle Elcano al 2700 y me bajé del colectivo para sacar una foto.
    Justo antes del túnel de Crámer (al Noreste), había una casa, rodeada de edificios. Tapando la casa había un cartel enorme (3m x 10m aprox.) de una empresa constructora anunciando la futura disponibilidad de departamentos de 1 y 2 ambientes en un edificio proyectado sobre ese terreno. En una franja vertical (1m x 3m), en el extremo izquierdo del cartel, hay una reproducción del plano digital del futuro edificio. El cartel tapaba la casa prácticamente en su totalidad, dejando ver sólo una parte del techo.
    La mitad del cartel no es fija sino que está colocada sobre una estructura con vías que permite correr una parte y acceder al terreno. Es el portón de la obra. En el momento en que pasé (el miércoles), el portón/cartel estaba abierto unos metros, dejando al descubierto la pared de entrada de la casa. La puerta era de hierro, pintada color verde, y junto a ella había un azulejo con la dirección, Elcano 2762, que hacía juego con otros azulejos que decoraban la entrada. El conjunto era pintoresco. Sobre el cartel de la constructora, en la parte izquierda, también está escrita la dirección, Elcano 2762, en un tamaño mucho mayor. Ese día, la franja con la imagen del futuro edificio estaba entre el texto y la puerta original de la casa, y también tiene escrita la dirección en la fachada (Elcano 2762), que será de hormigón. Abierto de esa manera, tapando una parte de la mitad fija del cartel, la palabra "ambientes" se cortaba en la "b" y decía, en vez, "1 y 2 am". Abajo dice "Jacuzzi", junto a otros beneficios.
   No pude sacar la foto porque me había quedado sin batería en la cámara. Esto lo sabía cuando me bajé del colectivo, pero me arriesgué a poder prenderla y sacar la foto rápidamente. La parada del colectivo estaba justo en frente y, mientras esperaba a que volviera a pasar, salieron dos trabajadores de la casa. Cerraron el portón, restableciendo las dos mitades del cartel, y se fueron.
   Hoy (lunes 8 de abril de 2013) volví a pasar en el 65 y el portón estaba abierto en su totalidad, y se veía el terreno, lleno de escombros, porque la casa ya está demolida. Había un Peugeot 505 estacionado adentro de la obra.
  Sobre las paredes de los edificios que rodeaban la casa, quedaron tatuados los distintos ambientes, con sus empapelados y azulejos. Estos edificios fueron construidos después de que la casa ya existiera.



jueves, 25 de abril de 2013

viernes, 5 de abril de 2013

El diluvio nos encontró navegando

El diluvio nos encontró navegando
y el fantasma que estaba atado al mástil bajó todo mojado
y nos tocó la ventanilla del camarote
para pedirnos una taza de café.

Le dimos leche caliente y un huevo de pascuas 

y lo cubrimos con una toalla que había que sostener con los muebles
para que no lo atravesara.

Había una gotera en el camarote

y el fantasma nos preguntó si eso era un problema
y nos habló de su muerte, que era triste.

Por suerte había dos de cada uno de nosotros,

No peligraba el universo, ni nada.
Al fantasma lo dejamos dormir en el pasillo,
eligió un lugar abajo de un crucifijo, y soñaba,
y se veían los sueños adentro de su cabeza.

Siguió lloviendo, las estrellas no volvieron a salir nunca más,

ni el sol, y el libro estaba mojado, y las goteras se multiplicaban.

Nuestro camarote, durante un tiempo,

fue muy deprimente, pero aprendiste a aburrirte, y se alejó.
A veces me subía a la cucheta de arriba y te miraba desde ahí,
y a veces me subía también al mástil, y decía que era
el Rey de los Judíos, y vos te aburrías.

Todavía pienso que tendríamos que habernos reproducido,

supongo que no tenía mucho sentido, como decías vos,
pero ver el tiempo pasar de esa manera, toda esa lluvia,
me hacía pensar en eso, no sé.

Un mar que no pueda dividirse en dos me parece aburrido.


Lo que quería en el fondo era amor, pero estaba todo mojado.

Me subía a la cucheta del camarote y decía soy el rey del universo!
y no había nadie en el camarote, ni el barco, ni el mar.


domingo, 10 de marzo de 2013

Caja de muñecas


According as his skill prefer
It perish, or endure —
Content, soever, it ornament
His absent character. 

 Emily Dickinson


But He — could reproduce the Sun 

At period of going down 
The Lingering — and the Stain — I mean 



El día que Nora Helmer aprendió a bailar la tarantela fue el 15 de agosto de 1871, durante la fiesta de Ferragosto que el hotel Luna di Capri preparaba anualmente en la espaciosa terraza, donde, además de las mesas redondas en las cuales (durante toda la temporada de verano) se animaba a los invitados a tomar sus comidas nocturnas, habían montado también un escenario y una pista de baile, desde cuyo extremo derecho se apreciarían las mejores vistas de los fuegos artificiales que iluminarían con distintos colores las encantadoras rocas de Faraglioni y el golfo de Nápoles.
                 Esa mañana, ella y Torvald desayunaron, como era costumbre, junto a los Bergesen, otra pareja noruega cuya estancia en Capri era también larga y entre los cuales los Helmer se habían sentido a gusto de inmediato. Al igual que en el caso de Torvald, la salud de Hedda Bergesen los había obligado a pasar una temporada en el sur y, si bien llevaban más tiempo allí (la semana anterior se había cumplido un año desde su llegada a la isla) y su mejora no había sido tan rápida y evidente como la de Torvald, estaban convencidos, tal como aseguraba el médico, de haber viajado a tiempo y de que pronto podrían regresar a su hogar en Trondheim, regreso que por lo demás todavía no habían tenido ocasión de añorar. La vida en Capri era en exceso placentera, tomando los baños en las cálidas aguas bajo el sol mediterráneo, saboreando la deliciosa cocina local y paseando por las cautivadoras calles y terrazas de la ciudad, donde tomaban copas con los demás extranjeros y disfrutaban de algún espectáculo nocturno. Tobias Bergesen les estaba explicando que la fiesta de Ferragosto, que conmemoraba la Asunción de la Virgen María, era en realidad el derivado católico de una antigua festividad pagana, relacionada con el culto a la diosa Diana. Tobias era muy leído y durante su estancia en Italia se había interesado especialmente por los mitos clásicos. Los Helmer se habían acostumbrado a fingir un moderado interés por las anécdotas que Tobias les refería, y a menudo se reían imitándolo en privado. Pero ese día la historia cautivó la atención de Nora, que se emocionó al escuchar cómo Diana, la hija de Júpiter, había jurado mantener perpetua virginidad tras presenciar el doloroso parto de su madre Latona.
                 
Mientras bajaban a la costa a tomar el baño, por las calles decoradas con cintas y papeles, vieron a las mujeres locales ocupadas en los preparativos de las fiestas, mientras los hombres disfrutaban ya de la celebración con tentadores aperitivos y licores de color. Los Bergesen, que habían asistido a la festividad el año anterior, les anticiparon, en diversos puntos clave de la ciudad, las cosas más interesantes que sucederían a lo largo de la tarde: por qué calles pasaría la procesión, en qué piazza transcurriría la fiesta más animada, y desde dónde tirarían los fuegos artificiales. Llegando al mar, Nora se sorprendió al ver que los pescadores, incluso en este día, debían trabajar fatigosamente con sus redes y barcas, y se apiadó de ellos. Particularmente, le llamó la atención una muchacha que, rodeada de musculosos hombres con los torsos desnudos, tiraba de una red que habían echado al mar y que ahora recobraban llena de peces, moluscos y cangrejos. Su rostro extenuado, sus poderosos brazos morenos saliendo de un vestido ajado y sucio, su incuestionable sitio entre los hombres, le producían una mezcla de admiración y condolencia que nunca antes había sentido por una muchacha del servicio, por las cuales no había tenido más que un leve sentido de incomprensión. Otra mujer, echada en la arena remendando una red, mientras sus niños correteaban alrededor suyo y recibían a veces una cariñosa bofetada por interrumpir su labor, estaba cantando una canción dulce y melancólica que su expresión y mirada acompañaba dolorosamente, levemente distorsionada en ocasiones por un gesto de dificultad que su trabajo de a momentos reclamaba. Conmovida y pasajeramente avergonzada, Nora decidió no tomar el baño, quedándose por lo contrario junto al señor Bergesen, quien no solía entrar al agua si no fuera insistentemente reclamado por su mujer, y que prefería quedarse echado en la poltrona, leyendo de uno de los volúmenes pesados de historia o mitología que su criado llevaba a todas partes y que más de una vez habían utilizado los Helmer para ridiculizarlo en su ausencia. Nora lo observó con el libro y se preguntó si no estaría leyendo algo sobre aquella diosa Diana, cuya rebeldía le parecía inaudita, apenas comparable a la actitud de su amiga Christine Linde, la única mujer a la que había escuchado resentir seriamente su condición, pero que se había casado de todos modos y que ya tenía dos hijos. Al cabo de un rato de mirarlo leer, se atrevió a preguntarle si efectivamente era sobre Diana el texto que lo tenía tan entretenido pero, tras la negativa de Tobias, hubo de soportar otro largo silencio en el que él se volvió a sumergir en la lectura, hasta que nuevamente juntó coraje para pedirle que le contara algo más sobre la diosa que ese día celebraban.
                  Lo curioso de Diana, —le dijo entonces Tobias, —es que, si bien se festeja su virginidad y su celibato, es también la Diosa de la maternidad y el nacimiento, y de los ciclos y de la vida en general, estando muy relacionada con el culto a la luna y la caza. Pero me parece contradictorio que todo eso se halle en una figura que se opone con tal insubordinación a asumir su rol vivificante y productivo en la sociedad.
                  A Nora este comentario le llamó la atención. Si bien entendía la aparente paradoja que su muy inteligente amigo Tobias apuntaba, sentía en el fondo, casi instintivamente, que había algo fundamentalmente errado en la observación, aunque no podía razonar el motivo.
                  —¿Qué le sucede a mi pequeña alondra, que no se quiere mojar? —exclamó Torvald mientras se aproximaba desde la orilla. Nora no contestó, pero se levantó para agarrar la bata de Tobias y extenderla sobre sus hombros. —Esa es mi ardillita, siempre tan atenta, —le dijo, entre besos. 
                     Hedda Bergesen salió del mar anunciando que tenía hambre, y le indicó a su criado que trajera la comida. El criado de los Helmer se retiró también y volvieron al cabo de un rato con los bocadillos de calamares y el vino rosado. Nora no atendió a la conversación de la comida, efectuada en su mayor parte por Torvald y Tobias, y a la que Hedda de tanto en tanto aportaba unas breves palabras, secundando por lo general alguna sentencia u opinión de su marido. De vez en cuando Tobias decía algo gracioso y Nora participaba de la risa automáticamente, sin preocuparse por el sentido pero sin fingir o premeditarlo. Abstraída, mirando ora el mar, ora los pescadores, le sucedían unos pensamientos que, si bien no eran secuencias racionales de reflexión, tampoco la tenían enajenada o ausente por completo. Lo más parecido a un silogismo consciente que tuvo fue una vaga intuición (más inmediata que consecutiva) de que, así como ella podía reírse involuntariamente, sin saber lo que fue dicho, tampoco se había preocupado por el sentido de la mayoría de las decisiones de su vida, que éstas apenas podían llamarse "decisiones" en realidad, que sólo porque el mar da vida a los animales que los pescadores luego extraen de su seno, no significa que el mar decida dar vida a los animales, que éstos decidan vivir en él, o que los pescadores decidan hacer redes para juntarlos. Pensó en las cajitas musicales con la bailarina mecanizada que su padre solía traerle de regalo a la vuelta de sus viajes de negocios y, en el instante más consciente de su reflexión, vio un mundo conformado enteramente de autómatas, diseñados y operados por una fuerza oscura que se parecía más al mar que a los pescadores.

Volvieron al hotel a descansar un rato, y las calles ya estaban mucho más animadas. Había orquestas tocando sobre diversos escenarios, frente a los cuales se reservaba un espacio para la pista a la que ya acudían muchas parejas de bailarines. En las veredas había mesas llenas de bandejas y de botellas, concurridas tanto por locales como turistas. Torvald y Tobias se detuvieron en una de las mesas para tomar una copa, y Tobias, que manejaba un italiano bastante fluido, entabló una conversación con unos hombres locales agrupados junto a la mesa. Estaban todos muy excitados y el diálogo se efectuaba a los gritos, lleno de carcajadas de diversas intensidades y complementado por los italianos con los gestos manuales más inauditos. Luego de beber varias copas con estos hombres, fueron invitados a otra plaza donde tocaba una orquesta distinta y cuya pista de baile estaba atiborrada de gente. Para cuando se despidieron, Torvald había bebido más de la cuenta y al llegar al hotel cayó borracho a la cama. Lanzó una críptica diatriba sobre cómo Nora debía aprender algo de las muchachas del sur, y casi instantáneamente comenzó a roncar.
                  Tras lavarse, y habiéndose puesto el vestido que había planeado usar ese día, Nora hizo un leve intento de despertar a Helmer y, dándose por rendida, salió sola al vestíbulo del hotel, donde habían organizado con los Bergesen el punto de encuentro para ir a ver la procesión. Allí se encontró únicamente con Tobias, quien le explicó que Hedda debía descansar un poco si pretendía llegar sana y salva al final de la fiesta o, mejor dicho, al final de su estancia sanadora en Capri.
                 —No hay que olvidar lo que dijo el doctor acerca de los esfuerzos excesivos, —continuó Tobias, —es verdad que Hedda ya está prácticamente curada, pero a estas alturas un pequeño descuido nos podría costar muy caro. No se puede estar demasiado seguros. Por eso decidí que se quedara, un poco de reposo ahora mismo es exactamente lo que necesita mi querida Hedda. Hube de hacer caso omiso a sus súplicas y reclamos, pero ella sabe que lo hago por su bien. Lo único que me interesa es su salud. Me alegra comprobar que Torvald ha tomado también la decisión más responsable. Al fin y al cabo, la razón por la cual estamos aquí en Italia es su recuperación, no hay que olvidarlo. 
                  Nora asintió continuamente mientras salían del hotel y se dirigían a la esquina que Tobias ya había asignado como el mejor lugar para ver pasar la procesión. 
                   —Por  cierto, Nora, —le comentó durante el caminoespero que no sea demasiado licencioso decirte que estás bellísima esta tarde. Claro que siempre estás muy bella, pero ese vestido realmente resalta tus facciones, sin perder por supuesto el tono decoroso de un día sagrado como éste.
                   Nora agradeció sus palabras rápidamente mientras llegaban al sitio. A pesar de la gran multitud, encontraron, como había augurado Tobias, un buen lugar entre las personas, donde podrían no sólo ver la procesión de cerca, y desde una leve pero privilegiada altura, sino también apreciar con agrado su emocionante recepción por parte de la población local, para quienes sin duda se trataba de un acto infinitamente sagrado y purgativo.
                  —Te aseguro que esta fiesta no habría sido muy distinta antes del cristianismo, —le dijo Tobias a Nora mientras esperaban entre el tumulto, —y no hablo sólo del tono general. Todos los elementos clave se repiten. Diana es claramente una prefiguración de la Virgen, lo que por una parte es evidencia del modo en que la religión cristiana tomó su forma en el sincretismo y la confluencia de tradiciones, pero que también demuestra lo eterno de ciertos motivos religiosos, ciertas necesidades espirituales que se mantienen perennes a lo largo de la historia humana. Esto para mí es lo más emocionante de todo.
                  Nora nunca había pensado en la religión de ese modo y, cuando comenzaron a percibir la llegada de la procesión, no visualmente sino por una energía inquieta que se desprendía de la multitud, una intensa emoción comenzó a circular por su cuerpo. Pero fueron varios minutos hasta que finalmente vio, a lo lejos, los primeros estandartes que la vanguardia de la procesión llevaba en unos mástiles de madera muy trabajados, y otro lapso considerable hasta que todo el elenco, con sus delicados trajes, comenzaba a transitar el punto del camino en el que se encontraban Nora, Tobias y sus criados. La estatua de la Virgen, una impotente pieza de madera pintada, vestida con tejidos delicadísimos y decorada con perlas, diamantes y metales preciosos, concentraba sin embargo toda su fuerza en una expresión tan sutilmente trabajada que parecía contener todo lo celestial y sublime conocido por los mortales, tanto en su gloria como en su penuria. Pero el ánimo de la multitud de fieles era sin duda lo que más conmoción producía, especialmente la conducta de las mujeres. Entre llantos, al borde de la desesperación, se abrazaban unas a otras y se santiguaban, con la mirada fija en el emotivo rostro de la Virgen. Algunas, para quienes mirarla a los ojos habría sido acaso insoportable, se doblegaban con reverencia, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo, al cual caían de rodillas, repitiendo entre sollozos los mismos rezos, una y otra vez, en un trance. Nora comprendió de golpe que ella también lloraba. Pensó en su pequeño Ivar, que había nacido apenas un mes antes de marcharse a Italia y que había debido dejar con una madre lactante en el hogar familiar. Si se cumplía la predicción del médico y lograban volver a Noruega antes de finales de abril, Ivar ya tendría más de un año, lo cual la asustaba en gran medida. Se sintió culpable de haberse marchado sin él, consciente en el fondo de que podría haberlo traído y de que, con la excusa del dinero, se había desecho de un niño con quien la relación lactante no había comenzado bien y a quien (aunque era incapaz de admitirlo, siquiera a sí misma,) culpaba por la enfermedad de Tobias y, de forma más irracional aún, por la muerte de su padre.

Torvald ya estaba despierto a su regreso, sentado en una de las mesas del jardín con otros invitados del hotel que en mayor o menor medida conocían.
         —¡Conque ahí viene mi ardillita! —le dijo a Nora al verla salir al jardín, —¿por dónde se ha escapado mi criatura, mi alondra, sin siquiera pedir permiso?
             —Intenté despertarte, Torvald, llegábamos tarde a nuestra cita con los Bergesen para ir a ver la procesión.
            —Eso es muy aburrido. Prefiero estar aquí brindando. A Peter se le ocurren los brindis más descabellados, ¿verdad, Peter? —exclamó, dirigiéndose al hombre sentado a su izquierda, dándole un amistoso codazo en el costado antes de echar tres fuertes carcajadas.
                  La orquesta ya había comenzado a tocar, aunque la mayoría de las personas estaban sentadas a las mesas, tomando un aperitivo y esperando a que sirvan la cena, y la pista de baile prácticamente no se utilizó hasta habiéndose acabado ésta. Sirvieron un champagne muy delicado del cual Nora bebió varias copas, crecientemente incómoda por las miradas lascivas que Torvald le dirigía. Siempre pasaba esto en las fiestas, cuando Torvald bebía mucho, y Nora aún no había aprendido a lidiar con la situación. Si bien disfrutaba de los encuentros pasionales que en su habitación sucedían a estos casos, vivía el proceso con una dosis alta de sufrimiento y tensión, sin mencionar el sentimiento desagradable que se acomodaba en ella una vez acabado.

El primer plato era un revuelto delicioso de mariscos que servían en frío, junto a la ensalada típica, con queso caciotta. De segundo, cada uno elegía entre los ravioli y la pezzogna. Como siempre, Torvald pidió el plato más fuerte y convenció a Nora de pedir el otro, para luego poder sacarle unos bocados y probar los dos platos. Mientras comían, el gerente del hotel subió al escenario y dio un breve discurso sobre la historia del Ferragosto, tras el cual presentó a la orquesta, indicando qué tipo de canciones estarían tocando y qué lugar tenían esas melodías en el folclore de la isla. Durante el concierto, varias parejas de bailarines, con los vestidos típicos, subieron al escenario para mostrar los bailes tradicionales, lo cual fue muy bien recibido por los invitados, que disfrutaban del espectáculo desde las mesas y aplaudían enfáticamente al cabo de cada canción.
                  Cuando ya estaban degustando los postres, la música fue cobrando un tono cada vez más extático, y el gerente volvió a subir al escenario para animar a los invitados a que pasaran a la pista de baile, donde se habían colocado los bailarines contratados que estarían enseñando a los turistas los pasos básicos de cada baile. En vano intentó Nora convencer a Torvald de ir a aprender una danza. En lugar de rendirse, se propuso insistir obstinadamente hasta que cediera, segura en el fondo de que era capaz de convencerlo y de que Torvald le acabaría dando el gusto, aunque sólo fuera unos minutos, para dejar de ser molestado. Pero, para su sorpresa, al agotársele a Torvald la paciencia, la mandó a bailar sola con uno de los instructores. Cuando se levantó de la mesa, algo desconcertada, el gerente estaba anunciando que tendrían un baile más antes de los fuegos artificiales, un baile que, si bien no era propiamente caprese, pertenecía al patrimonio cultural de todo el sur de Italia.
                  —Esta danza lleva su nombre de una araña venenosa, la tarántula, que se encuentra precisamente en Taranto, en la región de Apulia. Allí, hace mucho tiempo, se creía que la picadura de la tarántula producía un estado de locura que podía ser letal, y que la única manera de evitar la muerte era mediante este baile impetuoso. Entre las mujeres, se desarrolló el baile como una actividad curativa de purgación, y podían llegar a estar horas, dicen que incluso días, sumidas en la euforia del baile. Así se explica lo desaforado del mismo, que espero no encuentren demasiado licencioso, y que sepan apreciarlo como una curiosidad de nuestra cultura local.
                  —Sí claro, —le susurró Tobias a Torvald por lo bajo, mientras los dos seguían a Nora con la mirada, —yo he leído sobre la tarantela, y es puro paganismo. Era un baile de las orgías dionisíacas.
                  Nora ya se había acercado a la pista de baile, y rápidamente fue tomada de la mano por uno de los bailarines.

viernes, 8 de marzo de 2013

Hace mil años



Ese día dormimos en altamar
y tomamos whisky
y hablamos de amor libre.

Ustedes dos todavía estaban juntos
Pero todo se veía venir, y se notaba
lo que pensaba cada uno, lo que cada uno quería
que pasara y no iba a pasar.

Un barco sólo vimos esa noche, era un crucero
que dejaba una estela masiva
que sentimos agitar nuestro barco
en un tintineo de los hielos bastante tiempo después.

Sobre la mesa habían quedado las cartas
de un juego que no habíamos llegado a jugar
porque no todos sabíamos las reglas y se fue desvaneciendo
en la explicación y las rondas de prueba.

Casi toda la noche no fumamos hasta que encontramos
un paquete viejísimo de esos habanos finitos
y tomamos whisky y fumamos habanos viejos.

Y cuando alguien habló de no sé qué constelación 
salimos a la cubierta, y yo
dejé apoyado en el cenicero un habano
que se cayó, y ahí fue que se hizo
esa quemadura.

Fue hace mil años.

En el medio de la noche cuando dormíamos, me acuerdo
vos te despertaste gritando  Sueño !
y después me jurabas que habías gritado  Fuego !
que se quemaba tu casa y que gritabas  Fuego !
pero yo no estaba durmiendo
 y te escuché claramente gritando  Sueño !
y vos no me creías.





miércoles, 27 de febrero de 2013

sábado, 16 de febrero de 2013

viernes, 15 de febrero de 2013

miércoles, 13 de febrero de 2013

Annan Thai


Para Irene Solà




--Todo el norte de España es increíble, es todo verde, no se puede creer el cambio viniendo d... --las palabras de Stuart se perdieron en su camino a la cocina, de donde volvió con el teléfono inalámbrico y el menú del restaurant tailandés. Estaban en el balcón del departamento de Stuart, cerca del centro de la ciudad, en un día particularmente cálido para esa zona.  La resolución de pedir comida había coincidido con el fin de la cerveza y ahora, en cuatro sillas bastante pegadas, cada uno vaciaba a su ritmo el último vaso. Era domingo, y a Kayleigh le pareció que la única diferencia entre esa experiencia y el concepto abstracto "domingo" era el detalle insignificante de que ellos estaban viviendo físicamente ese día mientras que el concepto abstracto era inaccesible. Ya totalmente instalada en una somnolencia alcohólica que las siluetas de los edificios y los ruidos del tráfico acompañaban con cierta aprobación panteísta, se giró hacia el lado de Stuart cuando éste volvió a su asiento. Estaba a su izquierda, en la silla que tenía sólo las patas delanteras en el balcón, mientras que las dos traseras estaban adentro.
                  --¿Habrá restaurantes tailandeses ahí abajo? --preguntó Kayleigh.
                  --No digas "ahí abajo", el sur no está más abajo.
                  --Bueno, lo que sea, en España. ¿Habrá? --su voz fluctuó sutilmente, y levantó la vista para mirarlo. Stuart dejó el teléfono sobre su regazo para acariciarla.
                  --Debe ser el tipo de cosas que de repente extrañás un montón, --continuó Kayleigh, volviendo a fijar la mirada en las vías de las puertas corredizas, que pasaban por abajo de la silla de Stuart, --que de repente, después de aguantarte la tristeza y la soledad semanas y semanas, de repente querés pedir comida tailandesa un domingo y no hay y te largás a llorar desconsoladamente y te querés morir de la soledad y la distancia, --mientras decía esto, la mano de Stuart le pasaba por toda la cara, con un poco de fuerza.
                  --¿Pedimos varias cosas y compartimos? --dijo Stuart al fin. --¿Dos pad thai, un curry verde, y un arroz salteado? --no recibió una respuesta oficial, pero tampoco la esperó. Ya estaba marcando el número. El restaurant estaba justo en frente y se veía desde el balcón.
                  --¡Ay, se escucha el teléfono del restaurant sonando! --exclamó Sabrina, inclinándose sobre las rejas del balcón para mirar el restaurant. Sabrina estaba a la izquierda de Stuart, en una pequeña reposera de acero y tela, más cerca del piso que los otros tres.
                  Kayleigh ya conocía el fenómeno del timbre del teléfono de Annan, y también se había emocionado la primera vez. Miró el restaurant. Era un lugar chico, casi en la esquina, con una marquesina iluminada en rojo que decía "Annan Thai", y de cuyo interior salía una luz casi amarilla que se reflejaba en la delgada corriente de agua que muy lentamente fluía por la calle hacia una cloaca cercana.
                  --Hola, ¿Annan? Hola, cómo estás, es Stuart, sí. Jaja, todos los domingos, sí. ¿Te pido algo? Dos pad thai, ¿qué? Sí, con Kayleigh y dos amigos más. Sí. Tengo más amigos, Annan. Jaja, sí. A Sabrina la conocés. Sí. No, jaja. Ehm, hacé uno picante y el otro no. Sí. Un curry verde, sí, y un arroz salteado, ese que me gusta a mí, ¿cómo era? Sí, ese. Impronunciable, Annan, ¡impronunciable! Bueno, y unas cervezas, grandes. Dos. Sí. Dale. Media hora, OK. ¿Te asomás a la calle cuando esté listo? Estamos en el balcón, sí. Sí, hoy está lindo, se puede estar en el balcón tranquilamente. Bueno. Genial. OK. Chau Annan, chau. Gracias. Ehm, kob kun krab, eso, sí.
                  A Stuart todavía le quedaba cerveza y Kayleigh le sacó el vaso de las manos.
                  --Fumemos cigarrillos, --dijo después de tomar, y sacó cuatro del paquete que estaba apoyado en el piso.
                  --¿Qué es eso que le dijiste? --preguntó Kelly, desde la esquina más oscura del balcón. Habían estado ahí desde antes del atardecer, y Kayleigh no se había dado cuenta de lo oscuro que estaba hasta ahora.
--Wow, Kelly, no te veo nada, --dijo ella. --Tomá un cigarrillo. Kob kun krab, significa muchas gracias, pero sólo si lo dice un varón. Si lo dice una mujer es kob kun kaa, el krab cambia por kaa. Pero esas dos palabras son de cortesía solamente, cada sexo tiene una. Si decís kob kun solamente, ya significa "gracias", pero sos un maleducado.
                  --Ah, rarísimo, --contestó él, --¿y cómo saben eso?
                  --Annan.
                  --¿Piden mucho?
                  --Stuart pide todos los domingos. Es un personaje, Annan. Y tiene unos hijos también muy divertidos. Y Mae, la esposa, es una divina, tiene todo el amor.
                  --Yo quiero bajar a buscar la comida, así los conozco, --dijo entonces Kelly.
                  --Yo también pensaba bajar, vamos vos y yo, --contestó Kayleigh.
                  Stuart se levantó y Kayleigh lo vio acercarse al equipo de música. Pero después se movió al piano eléctrico y, sin sentarse, empezó a tocar casualmente, de espaldas al balcón. Kayleigh sabía lo que tocaba y cerró los ojos. Tuvo miedo de empezar a llorar. Tan vagamente como se había ido acercando Stuart a la melodía, ésta se dejó desarmar y desaparecer. Stuart ya estaba poniendo un disco.

Sabrina fue la primera en notarlo a Annan en la vereda, haciéndoles señas. Su exclamación rompió un silencio y restituyó a los amigos de sus respectivas ausencias.
                  --¡Ahí baja Kayleigh, Annan, gracias! --gritó Stuart --¡Kob kun krab!
                  Kayleigh juntó la plata y agarró las llaves y bajaron. Sabrina y Stuart se miraron. Stuart se hundió en la silla y suspiró. Había prendido un cigarrillo un poco antes de que Annan saliera a la calle. Se levantó para apagarlo y se sentó en la silla que había estado ocupando Kayleigh. Se apoyó en la barandilla y miró cómo salían Kayleigh y Kelly del edificio, cruzaban la calle, entraban al restaurant. Kayleigh esperó hasta el último momento para girarse, sabiendo que él estaría mirando. Apenas lo percibía entre las sombras, pero sabía perfectamente que él la veía bien iluminada, justo donde se mezclaba el rojo de la marquesina con el amarillo del restaurant, sin moverse, mirando para arriba, pensando estas cosas, pensando en él.
                  Sabrina también la estaba mirando. Después se cambió de asiento, acercándose a Stuart.
                  --Qué linda es. ¿La vas a extrañar?
                  --Obvio que la voy a extrañar, me voy a morir sin ella, --Sabrina lo estaba acariciando.
                  --Ya sé que no te conozco tanto como ella, Stuart, --el disco que había puesto Stuart dejó de sonar --pero ojalá con el tiempo puedas compartir conmigo tanto como con ella. Ya sé la conexión que tienen, pero yo también te quiero mucho.
                  --Sí, no, obvio. Yo también te quiero Sabrina, --se acercó y se besaron un rato. Cuando pararon, Stuart agarró el teléfono y marcó un número. Sonó el teléfono del restaurant.
                  --Annan, ey, hola. ¿Estás ahí con Kayleigh? --Por la mirada de Annan, Kayleigh supo que era Stuart.
                  --Hola Stuart, --dijo Kayleigh al teléfono.
                  --Kayleigh. ¿Salís a la calle?
                  --No puedo, es fijo el teléfono.
                  --Tiene uno inalámbrico también. Pedíselo.
                  --Ay no le voy a pedir eso, Stuart.
                  --Pasámelo, yo se lo pido, --y un segundo después --¿Annan, tenés el inalámbrico que te regalé? ¿Está enchufado? Genial, ¿se lo cambiás a Kayleigh? Quiero que salga a la calle. Gracias.
                  Kayleigh se dio cuenta de que el inalámbrico de Annan era el mismo que tenía Stuart.
                  --Kayleigh, --dijo Stuart cuando salió a la calle, pero ella no contestó, otra vez tenía miedo de llorar, --Kayleigh, ¿me ves vos?
                  --La silueta solamente.
                  --Yo te veo tan linda de acá arriba... Te voy a extrañar tanto. --Stuart estaba inclinado sobre la barandilla, con la barba hincada en la pequeña cavidad que se formaba entre los dedos índice y pulgar al apoyar el puño cerrado. Con la otra mano sostenía el teléfono.
                  --¿Podés verla a Mae desde ahí?
                  --No, ¿está adentro?
                  --Sí, está ahí parada, sin hacer nada, mirando. Pero tiene todo el amor, esa mujer tiene todo el amor del mundo. ¡Y no sonríe! Me encanta que la persona que tiene todo el amor del mundo no sonría.
                  --No te hagas la sentimental, Kay, me tocaba a mí. Te estaba diciendo que te iba a extrañar y todo eso. Incluso, mirá lo que te digo, quizá te pedía perdón por alguna cosa u otra.
                  --¿Está Sabrina ahí? --dijo Kayleigh, tratando de distinguirla entre las sombras.
                  --Sí, ¿por?
                  --No, nada, porque no la veo, está en la parte oscura.
                  --No, --Stuart se irguió en la silla, --está acá al lado mío. Levantá la mano, Sabrina.
                  --Ah, sí.
                  Por un tiempo no hablaron, Kayleigh miró el balcón de Stuart y se lo imaginó como un mínimo compartimento dentro de un compartimento mayor que a su vez era una subdivisión de otros compartimentos más grandes y que todos estos compartimentos estaban en perpetuo movimiento.
                  --¿Stuart, me tocás esa canción?
                  --Bueno, dale. --Kayleigh reconoció su manera de levantarse y vio cómo se iluminaba entrando al departamento y después desaparecía, Stuart. Miró el agua junto a la alcantarilla y se preguntó con cierto éxtasis de dónde habría venido esa agua. Stuart empezó a tocar. Al cabo de unos compases, Kayleigh se dio cuenta de que se escuchaba la música por el balcón.
                  --Cortó el teléfono, --dijo Sabrina sin dejar de mirarla, --se lo guardó en el bolsillo del abrigo.
                  Stuart subió el volumen de la música.
                  --¿Está bailando? --preguntó Stuart, casi gritando.
                  --Sí, --contestó, sin alzar tanto la voz como él. Se agachó a buscar su cartera en el piso, de la cual sacó una cámara de fotos. Pero no la usó, ni llegó a prenderla. La guardó de nuevo en la cartera y se metió adentro del departamento.