lunes, 19 de febrero de 2007

Algunas de nuestras peculiaridades

I. Trivialidades puntuales

i) Lo que sucede tipo 5:15 de la tarde en un día soleado con algunas nubes
Sucede que no nos compadecemos al notar ciertos comportamientos, bien propios de la humanidad o bien propios de nuestra humanidad, etc. Si por arte de magia nos encontramos en una habitación iluminada plenamente por un Sol sumamente digno, accedemos a notar que una sombra muy intrigante delata su travesura en una pared que osamos llamar nuestra. Y cómo explicar los procesos que son llevados a cabo dentro nuestro cuando abrimos las ventanas de vidrio, viendo las bisagras trabajar a su manera y entendiendo cómo funcionan, para ser raptados por un disparo en el volumen de la tarde. Hay una cómoda y sabemos que dentro de ella se encuentran, dobladas, nuestras prendas de vestir; pero nos reservamos un cajón para el destino azaroso de ciertos elementos, papeles, u otras trivialidades que, repetimos, osamos llamar nuestros.

Pasa una nube, cubre el sol por un minuto o dos. Mientras lo hace, observamos la gradual y constante decadencia de los lúmenes, y es como si nosotros fuéramos la cómoda de madera que se oscurece por el azar de los vapores y su trayecto natural en el cielo cósmico, las sombras de las que hemos hablado se mezclan entre sí, desaparecen en un gris mucho más total. Esta acción, y no su significado, es efímera y no tarde en acabarse. La iluminación vuelve cuando la nube se va, lejos. Ya nos habíamos olvidado de la omnipotencia que la luz demostraba dentro de nuestra habitación, en el piso y en las paredes y en los muebles de nuestra habitación.

La reincidencia de este ciclo no se hace esperar, prontamente volvemos a notar la misma transacción entre el estado de luz extravagante y sombras densas, y el estado de oscuridad plena, una manta de sombra sobre todos los muebles; y luego viceversa. Cabe en nuestros pensamientos la idea de personificar esa nube que se posa por un tiempo entre el sol y nosotros, darle un espíritu, o un diálogo; le damos sentimientos a la nube quizá para tratar de entender lo azaroso que es el comportamiento de esto que llamamos universo.

ii) A veces entran bichos por la ventana

Nos decimos entre nosotros que miremos esa especie de avispa que acaba de entrar a la habitación. Pensamos que a lo mejor piensa que sigue al aire libre, porque las paredes de nuestra habitación son celestes. Pero no es el mismo celeste que el cielo, es más oscuro, y en todo caso dudamos que la conciencia de la avispa funcione de esa manera.


II. Un ejemplo de nuestro diálogo

Lunes; 5:15 p.m.; día soleado con algunas nubes; nuestra habitación; mirando hacia dentro.
-Creemos que entendemos por qué era inevitable el invento de la fotografía -nos decimos.
-Pero si se entiende una inevitabilidad se entienden todas, será por eso que se cae abajo nuestro entendimiento -contestamos.

No podemos negar que hablamos poco y mal. Es que muchas veces estamos leyendo o durmiendo, y así no se puede hablar mucho y bien.


III. Lo que nos pasa con los zapatos

Algunas veces nos olvidamos para qué sirven los zapatos, pero el concepto siempre está, no nos olvidamos de la existencia de los zapatos; de hecho, generalmente hay algún zapato suelto en nuestra habitación. Pero sí que hay un extrañamiento en la función de aquellas prendas. A veces cuando aparece algún zapato en nuestra habitación decidimos probárnoslo. Nos resulta muy curioso olvidar que los zapatos vienen de a pares y que cada uno sirve para sólo uno de los pies, sea el derecho o el izquierdo. Será porque incluso esos conceptos resultan distantes. Inevitablemente el pie con el que probamos nuestra suerte no es el correcto y damos unos pasos en los que la incomodidad y tortura son de tal calibre que nos quitamos el zapato y lo dejamos donde lo encontramos. Y es al cabo de un rato que se nos ocurre probar con el otro pie pero para entonces el zapato está bien desaparecido. Las pocas veces que hemos tenido la idea antes de que desaparezca el zapato, habíamos olvidado con qué pie habíamos probado la primera vez; así se derrumban las situaciones en nuestra habitación.


IV. Sobre lo que no nos gusta hacer los domingos

Los domingos no nos gusta bailar. De repente, y sólo durante ese día de la semana, no le vemos sentido a la cuestión y si estamos aburridos e intentamos bailar igual, nos sentimos un tanto ridículos o, curiosamente, ausentes. Nos recostamos lentamente en el piso a escuchar esa música cuyo son no nos brinda atracción alguna por perseguir con nuestra locomoción la sincronía de aquel compás. La atracción es otra, muy distinta.


V. Los conflictos prácticos

i) La limpieza
Tras entender que al final la suciedad era un mito, dejamos de limpiar la habitación, nuestra ropa e incluso nuestros cuerpos. Quizá pasaron años desde que no se aparece una escoba por nuestra habitación y el mantenimiento corporal fue reducido a cero. El piso está tan reluciente como siempre; nuestros dientes y aliento son sublimes.

ii) La soledad

Por las noches tenemos problemas con la soledad. Odiamos estar solos al mirar un cielorraso de las dos de la mañana, mirar ese cielorraso que parece saber el idioma de la noche, y así quizá odiamos el cielorraso mismo, la metonimia -o hipálage, siempre las confundimos- de la vida. Así es que mientras la almohada se transforma en nuestro hogar, existe la preocupación de la soledad. Deseamos tan fuerte, y este es sin duda el momento más crítico del día, tener a alguien para compartir la reacción ante ese cielorraso de nuestra habitación, justo encima de nuestra cama, sobre el que está escrito el secreto nombre de la noche.

jueves, 8 de febrero de 2007

Gris eléctrico y asco

El perro salió a pasear al humano, no antes de comprobar que la correa se las bancaba todas. Era una correa azul verdoso, matiz aburrido, con cara de esclavo, y una manija cual picaporte. Obscuro pensamiento presintió el perro antes de salir, quizá ya lo había leído en algún lado:
Se encontró con el pájaro loco en la esquina en donde siempre estaba el alcohólico. La plaza del pájaro tenía gusto a güisqui barato, a vino rancio, a oporto regalado. El perro era medio raro en la cuestión caridad. Solía dejarle unas monedas al pájaro loco, teniendo bien en claro que lo gastaría en la sangrienta pelea contra su hígado, contra sí mismo, contra el mundo, incluso contra el perro. En cambio, en otra plaza se escondía bajo unos cartones húmedos un gallito ciego, manco y un tanto deforme que no tenía qué comer ni a quién amar; lo único que le dejó fue un preservativo usado y una patada en la nuca.
El pájaro con toda la mamúa se abalanzó sobre el perro y su mascota para cantar unos tangos como siempre lo hacía, tarareaba entre vómitos y promiscuos pensamientos de aquellos que caracterizan a los alcohólicos. El perro, sin una sonrisa, se sentó en un banco sucio y soltó al humano para que corra un rato y haga sus necesidades de esa manera asquerosa en que lo hacen los humanos. El perro llevaba bolsas de residuo para levantar los excrementos pero en vez de hacer eso lo solía agarrar a mano pelada y tirárselo a la gente en la calle. Momento glorioso era encontrar una ventana abierta para lanzarlo por ese abismo: mucho peor que la vida.
Se adjuntó a la situación Dios, que solía tomar un trago de vino con el pájaro loco antes de ver los dibujitos en la T.V. pública que se encontraba en la plaza Globo; el aparato lo había instalado Él mismo años atrás, y además del olor a putrefacción que manaba, todo seguía igual, intacto. Los tres estuvieron un rato contando chistes racistas, tomando unos tragos vomitivos de asquerosidad, haciendo pis en la canaletas y mirando hacia arriba.
Y ahora empezaba la situación que el pájaro loco y el perro odiaban, Dios los intentaba convencer de que vayan a la plaza Globo a mirar los Luny Tuns. Terminaron accediendo con la condición de que cuando terminaran Dios se cortara las venas.
Llegaron a la plaza Globo y encendieron la caja. Iba en blanco y negro pero para Dios era el mayor descubrimiento del universo. Todavía no había escuchado hablar del internet y el esquí acuático boca abajo. El pájaro loco sacó de su bolsillo sus drogas y los tres se drogaron un montón.
De un momento para otro todo fue un caos subversivo y subcutáneo. Escalofrío. El cazador ese pelado que trata de asesinar a Bogs Bonny se aburrió del guión y empezo a cortar árboles. Luego con la madera fabricó un puente para cruzar al otro lado del televisor. Los telespectadores no podían creérselo no podían lo. Al cabo de un rato el pelado estaba en la plaza Globo cometiendo errores gramaticales y drogándose un montón con los demás. Pero de repente se percató: los animales, el humano atado al semáforo con la correa azul verdoso, la droga, la plaza Globo, Dios cortándose las venas. Volvió a la tele, agarró su escopeta y con una maniobra hábil en demasía utilizó un dedo del pie para meterse un balazo en la cabeza y sentir la oscuridad abalanzarse sobre sí como una noche en la que la cama está mucho más cerca que el baño o la cocina. Sólo los demás pudieron ver que la sangre no era roja, no. Era gris.
-La sangre del pelado es gris- dijo Dios antes de desangrarse. La televisión en blanco y negro la había puesto Él en la plaza Globo y todo seguía igual, intacto.

jueves, 18 de enero de 2007

El mundo de Agua,

me vuelve loco.

Recomiendo, por no decir casi todos:
  • Una chica que vamos a llamar Inés (abril 2006) Una tiernísima crónica, profundamente femenina, con un uso impecable del humor inoportuno. Sin recurrir a los lugares comunes de la literatura mujeril, se vale más de la casualidad de ser mujer que de la manifestación de aquello. Introduce sus preocupaciones básicas, fundamentales y recurrentes a lo largo de su obra, como lo son el amor no recíproco, el concepto del tiempo y la inaccesibilidad a un entendimiento teórico-práctico del funcionamiento del mundo.

  • No sé el título, pero me sucede que la sola existencia de los monos me resulta hilarante (junio 2006) Pertenece a la sección "Humor, humor, humor". Aquí viajamos a una fantasmagórica India endonde un guía turístico que NO se llama Maricarlos tiene un curioso complot con unos pícaros simios. Artimaña que, ya verán, causa unos inesperados efectos sicológicos en la protagonista; no reirse presenta aquí un gran reto. Brillante uso de palabras como "mico" y "autóctono". Otros escritos puramente cómicos: LA PALOMITA Chronicles (septiembre 2006) y Lás fálicas aventuras de la Sra. Caniche M. M. Toy (junio 2006)

  • Últimamente sueño Fernandez (texte sans terminer, ni nadá) (agosto 2006) con un encantador dibujo en Paint y, por supuesto, su anunciada continuación intitulada El terrible caso del atransparentamiento gastadito en el bólido de acero que es masomenos así (diciembre 2006) Se trata de una interesantísima relación entre dos personajes, Fernandez y Rosamontes. Insiste, lejos de ser pedante, en los arriba enumerados temas, y exhibe uno, también intrínseco en su obra: los sueños. Fernandez (y aquí me tomo el lujo de ser subjetivo), cruel y ególatra, se rehusa tanto a corresponder el amor de Rosamontes como a rechazarlo por completo. Con un admirable uso de niveles intradiegéticos y, me animo a afirmarlo, metadiegéticos, se jacta de soportes visuales tales como zapatos pintados, tartas de verduras, proyecciones fílmicas y prendas de ropa. Imperdible. Textos relacionados: Crónicas Neptunianas (julio 2006), 1 (junio 2006), y los desparramados extractos de la obra, sin terminar, The dark life of Chio and Polain (La oscura vida de Chio y Polain/ La vie foncée du Chio et Polain/ Het donkere leven van Chio en Polain)

  • Santa María (enero 2007) Aquí el hilo narrativo, subconsciente en demasía, es tenebroso, escurridiso. Las imágenes sensoriales, impecables, parecen existir por sí solas. Como si cada una fuese un mundo, con el texto como vínculo entre todos ellos, y a la vez entre ellos y nosotros. Un texto fácil de leer pero difícil de comprender, de examinar; personalmente, me vuelve loco. Quizá sea ese el propósito, una búsqueda hedonista, aunque profundamente sentimental y melancólica, de las palabras y su utilidad. Como si las palabras y las imágenes fueran objetos físicos que, por tener esta cualidad inocua, despliegan sombras; esconden cosas. Una búsqueda similar se encuentra, a mi entender, en Imaginé árboles gigantes y el espacio alterado (octubre 2006)

nota: además de poder acceder a la página como unidad haciendo clic en todos los lugares endonde dice me vuelve loco, podés entrar haciendo clic acá, acá, acá y ahí al lado adonde dice algo que empieza con precipitada. también podés entrar en cada texto en particular haciendo clic en la palabra, elegida al azar, que esté violeta y subrayada.

martes, 9 de enero de 2007

capito 2, lectura fluida.

La incompleta ofensiva militar del Final Del Cuento, de quien se decía que lamía el pegamento de las cartas, sin coste alguno, de toda la gente de su barrio.
(Según lo cuenta la Demagogia en su Tratado de la nueva civilización, manuscrito encontrado, por un mago, detrás de mi oreja. Con fecha cuatro mil novecientos verde musgo*.)


* Una tal comitiva había cambiado el sistema numeral, remplazando las decenas por colores y las unidades por sombras de ese color. El Final Del Cuento había logrado su renombre a mediados de los años azules. Aquella fue una década para algunos inolvidable. Quizá los acontecimientos más importantes fueron la ejecución por horca de la Sobremesa, fatal y trágico dictador, en el año azul turquesa, o el invento del posavasos, solución a una serie de problemas catastróficos, en el azul marino. Empezó su carrera en el barrio de Corazones, cerca de la estación Jardín Templado, de la línea F. Ayudaba a las víctimas de la injusticia, acogía a los desdichados, arreglaba picaportes, jugaba con los niños, chupaba todos los sobres.

“Robaba de los ricos para darle a los pobres.” Declaraban el Tópico y la Rima, casi al unísono.

Pero, como todos saben, los conceptos son altamente impredecibles y el Final Del Cuento no tardó en mostrarles una lección a todos. De un momento a otro empezó a levantar paredes de ladrillo en todos lados. Estaba almorzando con el Clima cuando de repente se levantó, dejando comida en el plato. Dejar comida en el plato había sido ilegalizado en los tiempos del Vidrio Empañado, con la pena de desmiembro total. Sería por esto que el Clima quedó en estado de shock, vomitó espuma por un rato y luego fue derecho a la comisaría, el muy botón. Botón en demasía era el Clima, tanto era así que el cuerpo policial con dificultad lo toleraba y aquel día decidieron ignorarlo. El Final Del Cuento salió disparado a una espontánea ferretería que se encontraba junto a los desechos tóxicos. Empezó a comprar ladrillos y cemento y se pasó años levantando paredes en todos lados. Bloqueaba los túneles, bloqueaba las entradas de las casas y escuelas. Lejos de estar prohibido, levantar paredes había sido altamente incentivado por el aborto de el Vidrio Empañado (el término “gobierno” había sido remplazado por “aborto” en tiempos del Canibalismo); en ese baldío incierto recaía el amparo legal del Final Del Cuento a la hora de levantar libremente paredes de ladrillo por todos lados. Con el tiempo fue perfeccionando la técnica y levantar una pared no le tardaba más de diez o quince minutos. Comenzó a tomar las casas de las personas, levantando paredes para tapar las puertas e incluso empleando la misma técnica para recubrir las ventanas. Trabajaba muy metódicamente, de manzana en manzana, cada habitación de cada casa quedaba sellada, inaccesible. Las personas, absolutamente indefensas, no tenían otro remedio que huir, incluso algunos resignados se dejaban encerrar en sus piezas con poco más que su cepillo de dientes. Procuró encargarse de esfumar al Clima primero, para eliminar los testigos de su comida incompleta. El Final Del Cuento, a pesar de ser muy liberal, siempre llevó la culpa de ese incidente como una pesada y pinchuda cruz. La comitiva del Vidrio Empañado, lejos de encontrar pistas de ese terrible crimen, solo podía fruncir el seño a la libre actividad que disfrutaba el Final Del Cuento a la hora de arruinarle la vida a sus vecinos.

lunes, 27 de noviembre de 2006

la Dicotomía vs. el Final Del Cuento

En el parque la arena se dividía políticamente, en los charcos se veían los reflejos de un pasado, se salpicaba al cruzar, por más que no estuviera mojado, se salpicaba del reflejo de la urbe que se había dividido políticamente. ¡Hasta los pájaros se habían dividido políticamente! Un hombre de pelo oscuro cruzaba un charco y se salpicaba, miraba con desagrado la mancha del pasado y apretaba los dientes, sus recuerdos le dirían que no existía tal charco, que nunca lo habría cruzado. Se olía en el aire una división política que apestaba hasta en las tiendas de perfume. Los rosedales eran de un marrón caca que elevaba los vahos a círculos mayores, al escuchar la campana de los barcos que no hacían más que naufragar y escaparse. Cuando mi casa se dividió políticamente había una línea de tiza en el piso y las paredes e incluso sobre los cuadros, reflejo de mi seno familiar, tan pueril como los discursos de cualquier dirigente de cualquier organización sin importar su tamaño o tendencia cultural. Había como un zumbido general, la gente caminaba con al menos un ojo cerrado. Los perros al ladrar predicaban, bautizaban la ciudad y oraban la misa del domingo y, por extensión, la de todos los días. Casi todas las torres y las cúpulas ya hacía mucho habían sido derrumbadas. Habían visto su reflejo en el charco y con una unanimidad que asustaba se lanzaron al abismo, como si fueran lágrimas de un llanto; tan profundo como los túneles de los trenes subterráneos. La Dicotomía que, como todos los demás conceptos, aprovechaba la clausura, esta vez definitiva, de la circulación de metros, solía hacer los paseos del domingo y, por extensión, los de todos los días, por estos túneles. En la línea B, hace muy poco, se encontró con la Existencia, drogada como siempre y trescientos metros más adelante con la Pos-modernidad que estaba desarrollando una ceguera importante. La Dicotomía hacía trueques de víveres en la estación Liberaciones de la línea C. Hizo las escalas correspondientes, empujando su carrito, y llegó al mercado clandestino. Este concepto, sin duda, había perdido sentido, o al menos cobrado uno nuevo, y por más que la Clandestinidad haya cambiado de nombre, seguía siendo el mismo y creo que los demás le habían cogido cariño. En el mercado de la estación de Liberaciones, cuyo dirigente era la Canasta Básica Total, cambió unas zanahorias de su propia cosecha por un bidón de leche y unas latas de Corned Beef. No prestó atención a la fecha de vencimiento de las latas ya que indudablemente estarían caducadas. Sin embargo, esto no importaba. Las latas de Corned Beef se usaban como moneda y sólo un estúpido sería capaz de abrir una. Como perdido en un sueño que le sublevó totalmente, la Dicotomía soltó su carrito, que había hecho a medida para las vías del subterráneo. Más bien le dio un empujoncito, empujó su carrito con discreta fuerza y lo vio irse. Sus zanahorias, algún que otro ropaje, el libro que le había regalado la Religión (que nunca había llegado a terminar), las latas de Corned Beef (bien escondidas, claro), el bidón de leche, una fotografía; en fin, todo lo que le pertenecía a la Dicotomía se resbalaba por las vías de tren, y realmente parecía un tren. La autopropulsión que emanaba, la muy conveniente inclinación del túnel, un ruido como de piel de gallina, y se alejaba, adentrándose cada vez más a la oscuridad que se precipitaba en la lejanía como una puerta o un fin.Y luego de eso se marchó. Caminó por la línea F, llegando hasta su límite, la periferia de la ciudad. Allí en donde empiezan los túneles póstumos. Son túneles cavados por otros conceptos. En la zona del Real Sinfónico, en donde habitaba la Dicotomía, apenas se escuchaban rumores macabros sobre los póstumos. En la terminal de la línea F, la estación de Leyes y Oficios, se abría, claramente obrado a mano, un hueco; que igual da decir mil huecos. Porque indubitablemente ese hueco abriría otros, y estos varios más, y aquellos aún mas. Adentrándose, no pudo evitar notar cómo la luz disminuía trágicamente, inversamente proporcional al número de ratas, tanto muertas como vivas. La Dicotomía avanzó con pasos de vaquero, como enfundando o desenfundando algo. Entró en una taberna, todavía sin miedo, y concertó una partida de naipes con el Final Del Cuento.

jueves, 16 de noviembre de 2006

­­¿Cómo se miden las distancias? ¿En metros? ¿En yardas? ¿En pies? Pies descalzos con pintura en la planta de los pies. Los pies amargos, esos que caminan y con la pintura en la planta de los pies dejan su rastro descalzo, coloreado, dejan su pintura fresca y caminan sobre el mundo y miden las distancias en ese lienzo grande y geoide. Y por todos lados están estas marcas descalzas, estas huellas digitales descalzas y sin calzar, y todos los suelos son escenas de crímenes; esos crímenes descalzos que miden distancias y ponen su nombre criminal sobre los suelos, sobre los cielos. Quizás estas palabras buscaban llegar a los cielos. Quizás de eso se tratan estas prematuras palabras deseosas de levantarse a la mañana en esta noche descalza. Deseosas de destaparse porque de pronto ya no hace tanto frío, ni hace tanto sueño, ni hace tanta oscuridad. Mi noche se transforma en la mañana de mis palabras, las que toman café matutino en esta penumbra, las que hacen su desayuno con el amanecer chorreando por la ventana, y miran por la ventana y toman café y además desayunan. Claro que desayunan si son palabras. Mis palabras desayunan mirando el amanecer que miran por la ventana en mi hoja, en mi hoja nocturna. Esta hoja. Y volviendo a los cielos, volviendo atrás, muy atrás. Al paraíso perdido, al jardín eterno que al final no fue tan eterno. Al hombre y la mujer. Adán y Eva. Que en realidad no se llamaban así, se llamaban hombre y mujer y punto, eso es confuso porque nisiquiera se llamaban hombre y mujer, osea no se llamaban, ni por telefono ni por ningún lado porque eran solamente ellos dos y me imagino que andarían siempre juntos porque sino necesitarían nombres para llamarse. Los nombres y los apellidos no existían todavía porque estaban diseñados para que uno solamente le pueda hablar al otro, entonces no necesitaba ese rótulo amargo, ese clavo sobre la cabeza con un banderín que dice Adán o Eva. Eso de nombres era cosa de los animales. Adán y Eva no tenían nombre porque eran el único hombre y la única mujer. Pero estaban mal diseñados porque Eva solía hablarse a ella misma, sola, en voz alta pero sola, hablar sola, y como no tenían nombres no podía especificar que se dirigía a ella y a ella sola, que estaba hablando sola, en solitario, redundantemente solitario. Hubieron muchas confusiones pero la más trascendente fue cuando ella, Eva, Ella, tenía ganas de comer una manzana que tenía toda la pinta y entonces dijo, en voz alta, para afuera, pero en realidad era para adentro, era un mensaje de ida y vuelta. A Ella le gustaba soltar la información a través de palabras y dejar las palabras en el aire, para después agarrarlas de vuelta y metérselas en el cuerpo, para saborearlas enteras y entenderlas. Y este mensaje específico era qué pinta que tiene esa manzana, cométela. Si hubieran estado diseñados mejor, no sé si mejor, pero de otra manera, si hubieran estado diseñados de otra manera, quizás hubieran existido los nombres, entonces hubiera dicho qué pinta que tiene esa manzana, cométela, Eva. O algo así. Pero como no existían los nombres dijo qué pinta que tiene esa manzana, cométela. Y entonces el otro se comió la manzana. Y ellos iban descalzos, pero descalzos en serio. Iban descalzos por todo el cuerpo. Y nosotros no. Nosotros llevamos diseño y publicidad, llevamos hojas de las caídas, de las otoñales y caídas, llevamos hojas que nos tapan los órganos sexuales y arriba de eso un montón más de hojas. Y las hojas por lo general son espacios a rellenar, son lienzos con diferentes tipos de huella digital. Y estos espacios que nos tapan, estos lienzos llevan publicidad y logotipos y nombres de cosas y estilos propios y hay que pagar por estos espacios rellenados por otra gente, gente que quiere dinero y para tener dinero ponen sus nombres con formatos variados en diferentes envoltorios humanos y cuando tienen eso lo venden y así tienen dinero. Y nosotros los compramos porque sin ellos nos sentimos vacíos y desnudos, des nudos y des calzos por todo el cuerpo y la gente nos mira mal porque no fuimos capaces de pagarle a alguien para que nos envuelva con su nombre y a veces hasta con su apellido. Entonces tenemos nuestro nombre y nuestro apellido y además el nombre y el apellido de otra persona a la que le pagamos para que nos envuelva. Y a nosotros también nos gusta el dinero porque con ello podemos comprar los envoltorios y así sentirnos mas completos y mas calzados. Por eso en vez de mostrar nuestro cuerpito y nuestro culito que es el mismo que tenemos desde que nuestra madre nos parió, en vez de eso nos dejamos dibujar y pintar y escribir. Dejamos que nuestro cuerpo sea un cuaderno en donde otros puedan dejar su rastro y su huella digital como se hace con el suelo y con los crímenes. Y entonces hay crímenes y pintura fresca por nuestros cuerpos además de por el piso. El piso que pisamos, con nuestros pies y con nuestros cuerpos. Aquí están los cuadros, el arte, el harte, con hache, hartarte del arte, ¿cómo se harta uno del arte? ¡Me harté! Enamorarte, Reciclarte, ¡que juegos de palabras más interesantes! Les brota originalidad por los poros y seguro que con eso vendemos de todo, a la gente le gustan los juegos de palabras y más aún cuando tienen la palabra arte por ahí metida. Pero no estoy harto de verdad, mis palabras hoy parecen haberse despertado de mal humor pero permítame intervenir. Si puedo. No veo cómo mis palabras me lo van a permitir porque dan patadas en la hoja, miran por la ventana en mi hoja y dan patadas en la hoja al amanecer. Dan patadas y hacen muecas y gestos de incendio. Pero yo estoy calmado. Yo trato de tranquilizarlas. Ellas que quieren hartarse, que quieren dejarlo todo, que quieren pero no pueden. Que en realidad no quieren porque yo las conozco y en realidad no quieren, ni pueden. Por ahí sí pueden pero no quieren. Así que no pueden. Y no lo harán. Pero qué molestas que están. El desayuno no les sienta bien porque lo único que quieren es emborracharse. Quieren que llegue la noche pero apenas es la mañana, o sea el final de la noche, el otro lado de la noche, el otro lado de la luna, el otro lado del lado oscuro de la luna. Y me miran de este lado de la hoja y saben que acá por lo del cambio de hora es de noche y tratan de no mirar y alejan la mirada, sacan los ojos por la ventana en donde está el amanecer. Pero mis palabras tienen ojos atrás de sus amorfas cabezas y me miran igual. Y con estas ganas de hartarse me escupen estas tonterías en donde somos adefesios envueltos en mierda y hay etiquetas que dicen arte por todos lados. “Arte por todos lados”. Y son huellas digitales de nosotros o sea son nosotros, estos mierdas somos nosotros pero yo no me la creo. Y mis palabras tampoco se la creen pero ¡qué enojadas parecen estar! Y siguen así tomando café cuando quieren cerveza, o whisky o vino o cualquier cosa con alcohol. Champagne, vino groseramente espumeante, pordió. Desayunando y mirando el marco de la ventana o un rincón del cuarto en donde todavía no ha caminado el sol y miran ese rincón deseando que sea todo como ese rincón, que sea oscuro como ese rincón porque con toda esta luz no se puede ni ver. Y con los ojos atrás de sus cabezas me miran a mí y la bombilla de luz que cuelga del techo como un pendiente y desearían estar acá para poder apagar esa luz y no ver nada, o sea ver todo. O sea ¿quién las entiende?

martes, 31 de octubre de 2006

III

intoxicadosSe prende fuego mi pelo, mi piano, mis discos, la ropa y el perro.
johnnycashI hear the train a´comin´, it´s rollin´ round the bend, and I ain´t seen the sunshine since I don´t know when. I´m stuck in Folsom Prison, and time keeps dragging on.
viudasehijasMe di cuenta que por vos estoy tocando fondo (Monetario Internacional)
morphineYour mind and your experience calls me. You have lived and your inteligence is sexy. I wanna know what you gotta say, I wanna know what you gotta say, I wanna know what you gotta say, I can tell you taste like the sky ´cause you look like rain.
sumoPeople moving every day, but you know the move so slow. Do you know where they´re going? Do you know why they go?
beatlesFather MacKenzie writing the words of a sermon that no one will hear, no one comes near. Look at him working, darning his socks in the night when there´s nobody there. What does he care? All the lonely people...
jimihendrixYou´re just like crosstown traffic (so hard to get through to you), crosstown traffic (I don´t need to run over you), crosstown traffic (all you do is slow me down), and I´m trying to get to the other side of town.
borgesOtra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?
cristobalcolonYo siempre leí que el mundo, tierra y agua, era esférico, y las autoridades y experiencias que Ptolomeo y todos los otros escribieron de este sitio daban y mostraban para ello, así por eclipses de la Luna y otras demostraciones que hacen de Oriente hacia Occidente, como de la elevasión del polo de Septenrión en Austro. Ahora vi tanta disconformidad, como ya dije, y por esto me puse a tener esto del mundo, y hallé que no era redondo en la forma que escriben, salvo que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda, y en lugar de ella fuese como una teta de mujer allí puesta, y que esta parte de este pezón sea la más alta y más próxima al cielo y sea debajo la línea equinoccial y en esta Mar Océana el fin del Oriente.
viejaslocasLegalízenla
redondosMariposa pontiac, ¿qué va a ser de mí? Sin tus caricias, nena, ¿qué va a ser de mí?
gratefuldeadShe had rings on her fingers and bells on her shoes, and I knew without asking she was into the blues. She wore scarlet begonias tucked into her curls, I knew right away she was she was not like other girls, other girls.
ydelamismaThe wind in the willows playing tea for two, the sky was yellow and the sun was blue. Strangers stopping strangers just to shake their hand. Everybody´s playing in the heart of a gold band, heart of a gold band.
de girondoAbandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.
Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna ¿no se hospedaron en una piedra?
¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!
Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concuspicencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos ... y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.
(De Espantapájaros (Al alcance de todos), n. 4)

domingo, 22 de octubre de 2006

La pava vigilada, no hierve

“I fell into a burning ring of fire
I went down, down, down,
And the flames went higher.
And it burns, burns, burns,
The ring of fire,
The ring of fire.”

Johnny Cash


En grano, el café materializó fuera del tercer estante; casi consciente de que yo la observaba, como aquel hombre que vigila la pava. Yo miraba la escena detrás de una lámina de aire gris, el agua hirviendo de ganas de algo; sería humo de la pipa, el agua hirviendo de ganas de hervir. Dan ganas de brillar, dan ganas de ser luz o apagar la luz, ahogar la hornalla, extinguir el horno, desconectar el eslabón, matar al vigilante. Aquel hombre, usa pantuflas, habla en la cocina o le habla a la cocina. Sujeta las cosas por los pelos, incluso las que no tienen pelajes, como las ideas más descabelladas. Y tiene una manera irritante de hacerlo, también. Parece no querer estar ahí, a veces lo admite. A veces le dice a la pava que no quiere, que no quiere. Yo quisiera decirle que retroceda, que admita sus errores, que camine hacia atrás y que deje de vigilar la pava. Los instantes están cada vez más desfasados, y son cada vez menos locuaces, empiezan a existir solamente en la cocina. Solo el hombre, y sólo las baldosas, y solo el café, y sólo la pava. Y sólo los estantes, y solo yo. Se hace de noche afuera de la cocina, y dentro de ella siento que quizás yo tenga el poder. Quizá fue a mí a quien se le ocurrió la idea, o quizá fui yo quien la llevó a cabo. Lo dudo, igual. Ese tipo de cosas dan cabida a los recuerdos (que ya no tengo) y a la elocuencia (que nunca tuve). Aquel hombre se sostiene por los pelos, la mirada fija en la pava, la pava fuera de foco, la pava desmayando. Y el ruido de la hornalla, el ruido circular, aunque desaprovechado e irrelevante. Cuando el hombre calla no existe más que el ruido de la hornalla, y súbitamente deduzco que calla por escucharlo. Similar a su concepción de las situaciones, porque su concepción emana las situaciones como si fueran algún gas inflamable. Así salen las situaciones, casi siempre usando las tuberías correctas pero, lógicamente, a veces equivocándose y saliendo por el grifo o por el cable de la tostadora. Y las situaciones (las que su concepción emana) son un gas que se libera de yacimientos fósiles, y que tienen un olor agregado, ese olor a gas que nos recuerda que somos tímidos, fáciles de atrapar, y que tenemos memorias con olor a gas; olor a gas que además nos recuerda que nos hemos dejado la hornalla prendida, y que el gas (las situaciones) no está ardiendo como debería. Aquel hombre no olvida que la hornalla está prendida, quizá olvida todo lo demás, pero eso nunca. No olvida que hace catorce eternidades puso la pava y que todavía no hierve, quizá olvida para qué quiere el agua hirviendo, o qué es eso, pero no olvida el círculo más pequeño. El centro de algunas cuestiones y el borde de otras. A veces piensa que el anillo de fuego es análogo al anillo de café que deja, conscientemente, en determinadas hojas de su libro, o en el mantel que parecía nuevo hace ya demasiados domingos. Pero todo eso es cada vez más distante. Como si no pudiera concebir espacios más amplios que su cocina, o ideas más amplias que el anhelado silbido de la pava. El instante más largo es aquel que desfigura más cosas, aquel en donde todas o casi todas las burbujas son de una sola pava de agua hirviendo. Aquel hombre solo vive en ese instante, quizá no por decisión propia porque, ¿quién sabe lo que pasa dentro de su cabeza? Es ese instante que pocos hombres llegan a conocer, que es la maldición para los que lo conocen. Hay una suerte de composición general en el cual el hombre no debe ser testigo de ese instante. Lo habitual es estar preparando otras cosas, como una cuchara, en su taza, sobre su plato. O estar perdido en concepciones deformadas por las albas horas, la falta de sueño, la repetición de los días. De todas maneras, lo habitual es no presenciar el instante que en verdad son todos los instantes. El momento en el que una pava hierve. A veces uno piensa que está mirando la pava hervir pero en verdad le está prestando más atención al diseño de las hornallas. Cuatro hornallas de cuatro diferentes tamaños, rodean a una hornalla y todo está perdido en un laberinto de hierro ennegrecido. Y realmente parece un laberinto, similitud ambigua como lo es el resultado: Porque todos y nadie hemos estado en un laberinto. Porque, ¿quién ha estado en un laberinto? Y a la misma vez, ¿quién no ha estado, alguna vez, en un laberinto? En esta distracción y en muchas otras se sitúa el momento en el que hierve la pava; es decir, la pava hierve en todo momento en el que no estamos mirando. Y ahí se encuentra aquel hombre, en un simposio de momentos que son todos en los cuales hirvió una pava, y sólo él tiene acceso a semejante laberinto en el que ser vigilante es la única opción, olvidarse del propósito de la humanidad y las satisfacciones inmediatas y perderse en el anillo de fuego y en las burbujas (que son todas), y en la eternidad del momento, olvidarse de que había un despliegue temporal conocido, el que solía vivir, y adornar su postura con las respiraciones fútiles, latidos desperdiciados de un corazón baladí. ¿Era todo tan semejante a los cuentos, a los sueños? Sería esto un abandono de los días, del pasar de los momentos, o sería el descubrimiento de una bifurcación de momentos dentro de uno solo, como si cada una de las burbujas, representando una unidad de agua que hierve, fuera un momento, y tantas burbujas juntas, en un contenedor, representara todas o casi todas las cosas. Catorce hornallas y catorce anillos de fuego rodean a aquel hombre como si fuere la hornalla central que curiosamente no es la que está prendida porque uno inevitablemente prende la de la derecha inferior.

jueves, 12 de octubre de 2006

I

Sobre la mesa dejé los objetos,
Los tristes objetos.

Apoyados, como dormidos,
La mesa ya muerta,
Hace rato.

Los objetos míos, tan míos,
Los dejé sobre la mesa a reposar.

Estaban todos ahí,
No faltaba nadie.

La mesa ya muy muerta
Lo único que tenía que hacer lo hacía.

Y con su propia perfección.

Y todos mis objetos, con todas mis esperanzas
Juntan polvo sobre la mesa.

II

Y es como un santuario sin terminar,
Una obra maestra que se aproxima cansada,
Que vive cansada,
Que consiste en el cansancio.

Los objetos que están sobre mi mesa
No se ausentan,
Aúllan a la luna que se ve desde algún monte.

Y no se asustan con el pasar del tiempo.

El entrar y salir de las personas.

La oscuridad repentina.

La claridad repentina.


III

Las objetos tienen nombre
Y se lo olvidan cuando están sobre mi mesa.

El nombre y las ataduras sociales salen volando
De a poco.
Como la difusión de los gases
O los pájaros en el aeropuerto.

En mi mesa solo hay objetos,
Objetos y nada más.

IV

Los objetos tienen función,
Y se lo olvidan cuando están sobre mi mesa.

Sobre mi mesa los objetos tienen una función diferente, unida, antigua. Forman parte de un argumento más abstracto y mucho menos práctico. Porque son en tanto que están sobre mi mesa. Esa es su función. Crean nuevos perfiles y nuevos horizontes sobre mi mesa porque se unen a la mesa sacramente y con un entendimiento que solo los objetos pueden entender. La mesa está muerta desde que nació pero son mis objetos los que le dan vida. Los que crean vida sobre tanta muerte. Sobre una muerte tan plana y equilibrada y horizontal.

V

Y eso me gusta.

martes, 3 de octubre de 2006

Creo que fue algo así:
El puño del bosque, demostrado en el pésimo dibujo al dorso de la hoja, cuyo autor prefiere mantener el anonimato (quizás más por vergüenza que por misticismo artístico), me engatusó de tal manera que prefijó mis intenciones de una manera abismal. Eso más o menos se distingue en la imagen… pero de verdad, qué mala que es esa ilustración. En fin, intentaba explicar con qué dote salvaje, clásico en su especie, la arboleda me habló de dioses y de arena, de raíces y de momentos. Quizás fue el miedo lo que me llevaba a dudar de su propuesta: la de unirme a ellos y hacer la sacra conversión, con su inevitable comunión, al arbolismo; término un poco indeciso, y si no eso confuso. Sencillamente, se trataba de hacerme árbol.
Pero como quizás he dicho antes, la manipulación era tal que estas dudas eran simplemente ráfagas de pensamientos instintivos, o esa llamada “conciencia”, o segundas opiniones volátiles que yo sabía eran inconsecuentes.
Al cabo de unos mates, que sólo yo tomé (porque, ¿cuándo se escuchó hablar de árboles que toman mate?), les di la mirada de las pocas palabras, el sí implícito, el reconocimiento de la transición, el fin de lo inevitable, o el principio de lo otro.
La metamorfosis, altamente cinematográfica, es lenta y placentera. Se trata, sin más, de hacerse uno con la tierra. Se siente como tomar agua y que esa agua se materialice dentro del cuerpo y chorree para afuera, por los poros o algo. Sería comparable con el tópico de los dibujos animados en el que un personaje es disparado muchas veces y que, pareciendo salir intacto, bebe líquidos que luego salen de diversos agujeros que las balas perforaron en su persona (quizás este último término no sea el más apropiado dado que gran cantidad de los dibujos animados son animales). De todos modos, de agujeros se hizo mi cuerpo y de ellos sale mi forma y mi materia, y se escabulle en la tierra alejándose de mí como un hilo de lana de un suéter. Y se lleva mi ser, o mis seres, pero sin desprenderse de mí sino haciéndome más amplio, dejándome distribuido en trenzas por aquí y por allá, imagen pictográfica obvia: las raíces de un árbol. Y así todos mis átomos, ¡los míos propios!, son los átomos de todo lo que me rodea, mientras yo absorbo lo que me rodea también me convierto en aquello; me rodea mí futuro, mientras mi presente es lo que me solía rodear.
Pero es todo muy honesto, y muy espiritual. Poco sabía yo que el proceso tardaría años. Tarda todos los años, los siglos. Fíjate que ya pasado toda una vida y todavía no ha acabado. Solamente soy medio árbol, más o menos… y dicen que la segunda mitad es más larga que la primera.