Lo que sigue es un cuento que presenté a un concurso y no gané nada. No presenten a concursos, chicos. Yo estaba bastante contento con el texto, que se llama "Gatitos". Es una versión un poco ampliada de un cuento que ya publiqué dos veces en el blog porque la primera vez nadie me dejó ningún comentario diciendo que estaba buenísimo. Lo escribí en una playa increíble de Cantabria, cerca de un lugar llamado Cuchía. Es una playa encerrada en acantilados, con una bajada muy empinada de un lado y del otro lado un acceso más fácil. Cuando yo fui, había bastante madera para hacer fuegos, y a la noche bajaba la marea y te podías meter caminando como 100 metros para adentro y ver el brillo del fuego en la piedra. Se había muerto mi abuela muy poco antes, así que supongo que está eso. Lo que estaba todavía lejos en el futuro es el incidente con una gatita que conté en inglés en la parte de atrás de una postal hace poco, y que subí al blog en un ataque de autobiografismo. Un tiempo después, en el viaje por el norte de España que hice en 2012, me quedé en otra playa increíble llamada Playa de Vega, en Asturias, y le puse "Vega" al personaje. Me gustaba la idea de que tuviera el nombre de un accidente geográfico. Cuando lo presenté al concurso, le puse de seudónimo "Joan Rivers", por la misma razón, y porque se había muerto poco antes esa gran comediante.
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GATITOS
Cuando terminó la película, se sacó los auriculares y acomodó el suéter que tenía de almohada, girándose para mirar el paisaje nocturno en la ventanilla. La luna menguante apenas trazaba un arco en la oscuridad, como una delgadísima uña que a nadie se le ocurriría cortar. Vega estaba viajando en un ómnibus, volviendo después de años al pueblo donde había crecido.
En
una noche tan oscura, no se distinguía el paisaje. Todo lo que veía debía
emitir su propia luz, o estar muy cerca de la ruta. Leyó cada uno de los
carteles, pasando por sitios que no recordaba, o que eran nuevos. Fue una
sorpresa comprender que llegarían al pueblo por el lomo de la montaña y no
bordeando la costa, como él había previsto. Antes de que comenzaran a
descender, se asomó el alba. Era un camino sinuoso que alternaba en su
ventanilla el extenso paisaje y la detallada colina. En uno, veía el gran
océano y los pueblos de la costa, que se convertían en viñedos y más
abruptamente en los bosques de la ladera. En la otra, veía los muros de piedra
amarilla trabajados con dinamita, y en ocasiones algún pequeño prado, o incluso
alguna casa. El río brillaba, desembocando a lo lejos. Ver el pueblo desde ese
ángulo y esa distancia aludía enormemente a las excursiones de su infancia y
adolescencia. La ruta entonces no existía, y no había otro motivo para subir.
Recordó la cabaña, más bien una choza, donde se podía pasar la noche. Allí,
había mucha actividad durante la temporada de caza. Tenía árboles frutales a su
alrededor, y algunas letrinas.
Un
bebé comenzó a llorar. Estaba a varios asientos de Vega, aunque dentro de su
campo de visión. Escuchó algunos suspiros de irritación entre los demás
pasajeros, que empezaban a despertarse. Pero el llanto fue breve, rápidamente
la madre le dio la teta. Siguieron descendiendo.
Bajó del ómnibus en la ruta. Al cruzar las vías del tren, oxidadas de forma
irreparable, se consideró dentro del pueblo. Bajo una luz todavía rosa, examinó
la primera cuadra, que no tenía grandes cambios y cuyas casas estaban bastante
bien mantenidas. En el interior, sus habitantes dormían.
En lo último del crepúsculo, se le apareció un niño con un cartel entre las manos que, en letras rojas, decía:
URGENTE
GATITOS
PARA ADOPCIÓN
Agachándose
levemente, le preguntó cuántos gatitos tenía. El niño le contestó que no sabía,
pero muchos. Vega se agachó un poco más y le dijo que le gustaría mucho adoptar
algunos gatitos. Le dijo que recién había vuelto al pueblo y que estaría
viviendo solo, sin demasiado para hacer. Los gatitos le darían compañía y,
durante los primeros meses, lo mantendrían ocupado. Le dijo que no sabía en qué
condiciones encontraría la casa, pero que en cuanto estuviera instalado, podría
ir a buscar algunos gatitos. El niño le dio una tarjeta que decía:
URGENTE
GATITOS
PARA ADOPCIÓN
Debajo
había un número de teléfono. Creyó reconocer el prefijo del pueblo, pero advirtió que uno de los dígitos era distinto.
Vega y el niño se despidieron. Después, se dio cuenta de que no le había
preguntado su nombre.
Tomó
el camino largo, llegando hasta el final del bulevar, prácticamente vacío.
Desde el mirador, en la cima de aquel alto precipicio, veía a un grupo de
surfistas a lo lejos. Recordó el surf. Recordó la primera vez que alguien había
traído una tabla, y las imitaciones que todos comenzaron a hacer en los
talleres de sus padres. Los surfistas eran diminutos, y desaparecían de a
momentos entre las grandes olas. Había varios grupos de personas en la arena,
tirados alrededor de círculos negros que habían sido recientemente fogatas, y
de los cuales se distinguía de repente alguna línea de humo. Un muchacho, o
quizá era una muchacha, estaba formando grandes letras en la arena, juntando
troncos, pedazos de madera y otras cosas. Por ahora decía "SALU" o,
posiblemente, "SALV".
Encontró
la llave de la casa donde su cuñado le había dicho que estaría, debajo de
la estatuilla del dinosaurio. Había una nota bastante larga en la mesa de la
cocina, escrita sobre dos hojas de la farmacia de su madre. En la nota le
explicaba todo lo que tenía que saber para habilitar la casa
nuevamente, dónde encontraría cada cosa, algunos trucos del auto, a qué
personas del pueblo podía contactar. Le recomendaba que, para las compras
grandes, fuera al Jumbo que habían abierto en la ruta, entre su pueblo y el
siguiente. La despedida era larga, lamentando no estar para su regreso y
hablando muy emotivamente sobre su madre. Colgó la nota en la heladera, bajo un
imán de una ballena, o un delfín.
La
habitación de su madre estaba exactamente igual que siempre. Reconoció la forma
de hacer la cama, la posición de cada uno de los almohadones, la distribución
de los portarretratos y cajitas sobre la cómoda. En el pequeño sillón de la
esquina estaban los muñecos, dispuestos según la composición habitual. Ningún
pormenor había fallado. Incluso estaba el libro en la mesita de luz, bien
centrado, con los anteojos de leer apoyados encima, en el sitio preciso. Y,
junto al vaso de vidrio opaco, estaba la cajita de tic-tacs, la infinita,
irremplazable y necesaria cajita de tic-tacs. El detalle fue devastador.
Fue
a hacer las compras. Sobre el eje de la costa, el pueblo se volvía
irreconocible, y se expandía sin distinción hacia el pueblo vecino. El
estacionamiento del Jumbo era enorme, y estaba lleno de autos. Encontró lugar
entre las últimas filas y, mientras volvía caminando, examinó de lejos el
monstruoso edificio. Dentro del supermercado no parecía haber tanta gente, a
juzgar por la cantidad de autos estacionados. Hacía mucho frío. Pasó por la
fila de menos de quince unidades, que también era la fila de embarazadas. Antes
de él había una mujer con una panza de unos siete meses.
—¿Vega?
—le preguntó la cajera cuando llegó su turno. Vega asintió, confundido. Ella le
aclaró rápidamente que su madre trabajaba en la farmacia, y que sabía que
vendría. Se presentó como Silvia, o Silvina, y le habló del enorme afecto que
tenía por su madre, ofreciendo constantemente su ayuda para cualquier cosa que
necesitara. Vega hizo la asociación y recordó que uno de los contactos que su
cuñado le había nombrado en la nota era la otra farmaceuta. Le preguntó si
había encontrado bien la llave, debajo de la estatuilla del dinosaurio. No le
hizo ningún comentario sobre la bolsa de comida para gatos que Vega había
incluido en el carrito, junto a algunos cazos de distintos colores. Cuando se
despidieron, ella se asomó para darle un beso. Este gesto de cercanía incomodó
a Vega, que actuó torpemente y, en la confusión, ubicó mal la cara y terminó
con el beso de ella casi sobre los labios.
Cuando
volvió a la casa y guardó las cosas que había comprado, advirtió que todavía
quedaban algunas horas de luz y que estaba a tiempo de ir a buscar los gatitos.
Marcó el número de la tarjeta, que sonó durante un rato. Mientras tanto,
examinó el teléfono verde. Contestó el mismo niño. Vega le preguntó si podía
pasar a mirar los gatitos y llevarse algunos. El niño le dijo que lo volvería a
llamar un rato más tarde, cuando estuviera listo para recibirlo. Vega le dio el
número de la casa, que estaba pegado al teléfono, bajo dos o tres tiras de cinta
añejada. Supo que, de lo contrario, no lo habría recordado.
Muy
poco después, sonó el teléfono. Vega seguía ahí parado.
—Hola
—dijo Vega.
—Hola,
querido —fue la respuesta. Era equivocado. Se despidieron.
Se
sentó en el sofá a esperar la llamada del niño y se quedó dormido. Soñó que
volvía a su departamento y todos los pisos del edificio estaban cambiados.
Entraba al suyo y todo era distinto, salía al pasillo y se encontraba con otros
inquilinos que le contaban que era increíble, pero que todos los pisos del
edificio estaban cambiados, el séptimo estaba en el tercero, el cuarto en el
octavo, en ático en el primero, y así.
También soñó que volvía al pueblo, y todo sucedía igual que ahora, pero su mamá
seguía viva y lo recibía en la casa.
Se
despertó de noche y miró alarmado el teléfono, temiendo haber perdido la
llamada. En ese momento, el teléfono sonó. Era el niño, que se disculpó por
haber tardado tanto. Dijo que ya podía pasar a mirar los gatos. Le dio la
dirección de una de las últimas casas del pueblo. Al ver la hora que marcaba el
reloj del auto, que obviamente estaba mal, se dio cuenta de que no tenía la más
mínima idea de qué hora podría ser.
En
la puerta de la casa encontró un cartel que decía:
URGENTE
GATITOS
PARA ADOPCIÓN
Debajo
había una flecha que apuntaba a la izquierda. Siguió la flecha, bordeando la
casa, donde encontró otro cartel idéntico, con la flecha apuntado en sentido
opuesto. La noche de luna nueva estaba oscurísima, pero había una fila de velas
que seguía el sendero marcado por los carteles, desde la parte de atrás de la
casa, en descenso entre un bosquecillo hacia la playa. Casi al final, asombrado
y con algo de miedo, comenzó a ver las incontables velas que
iluminaban la pequeña playa, en perfecta continuidad con las estrellas que se
reflejaban sobre el mar. Pero recién al pasar la última línea de pinos y
sintiendo los comienzos de arena fría entre las sandalias, absorbió de golpe el
espectáculo de los incontables gatitos, iluminados por las incontables velas en
la noche oscura, cubriendo la totalidad de la ensenada. Era increíble, ni los
gatitos situados en la orilla, mojándose con cada ola, emitían el más leve
maullido.
2 comentarios:
Está buenísimo
mi querido: dos veces le puse un comentario acá... (la segunda vez bien largo) y por alguna razón que se me escapa se borraron.
leí el cuento hace mucho.... y vi las fotos de los gatos de Estamul la semana pasada, casualmente estando, por primera vez en la vida en ...sí Estambul! y habiendo jugado con esos gatos (muchos de ellos apestados) que son la frontera móvil entre asia allá y asia aca.
asiabrazo
boy
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