domingo, 10 de marzo de 2013

Caja de muñecas


According as his skill prefer
It perish, or endure —
Content, soever, it ornament
His absent character. 

 Emily Dickinson


But He — could reproduce the Sun 

At period of going down 
The Lingering — and the Stain — I mean 



El día que Nora Helmer aprendió a bailar la tarantela fue el 15 de agosto de 1871, durante la fiesta de Ferragosto que el hotel Luna di Capri preparaba anualmente en la espaciosa terraza, donde, además de las mesas redondas en las cuales (durante toda la temporada de verano) se animaba a los invitados a tomar sus comidas nocturnas, habían montado también un escenario y una pista de baile, desde cuyo extremo derecho se apreciarían las mejores vistas de los fuegos artificiales que iluminarían con distintos colores las encantadoras rocas de Faraglioni y el golfo de Nápoles.
                 Esa mañana, ella y Torvald desayunaron, como era costumbre, junto a los Bergesen, otra pareja noruega cuya estancia en Capri era también larga y entre los cuales los Helmer se habían sentido cómodos de inmediato. Al igual que en el caso de Torvald, la salud de Hedda Bergesen los había obligado a pasar una temporada en el sur y, si bien llevaban más tiempo allí (la semana anterior se había cumplido un año desde su llegada a la isla) y su mejora no había sido tan rápida y evidente como la de Torvald, estaban convencidos, tal como aseguraba el médico, de haber viajado a tiempo y de que pronto podrían regresar a su hogar en Trondheim, regreso que por lo demás todavía no habían tenido ocasión de añorar. La vida en Capri era en exceso placentera, tomando los baños en las cálidas aguas bajo el sol mediterráneo, saboreando la deliciosa cocina local y paseando por las cautivadoras calles y terrazas de la ciudad, donde tomaban copas con los demás extranjeros y disfrutaban de algún espectáculo nocturno. Tobias Bergesen les estaba explicando que la fiesta de Ferragosto, que conmemoraba la Asunción de la Virgen María, era en realidad el derivado católico de una antigua festividad pagana, relacionada con el culto a la diosa Diana. Tobias era muy leído y durante su estancia en Italia se había interesado especialmente por la tradición y mitología grecorromanas. Los Helmer se habían acostumbrado a fingir un moderado interés por las anécdotas que Tobias les refería, y a menudo se reían imitándolo en privado. Pero ese día la historia cautivó la atención de Nora, que se emocionó al escuchar cómo Diana, la hija de Júpiter, había jurado mantener perpetua virginidad tras presenciar el doloroso parto de su madre Latona.
                 
Mientas bajaban a la costa a tomar el baño, por las calles decoradas con cintas y papeles, vieron a las mujeres locales ocupadas en los preparativos de las fiestas, mientras los hombres disfrutaban ya de la celebración con tentadores aperitivos y licores de color. Los Bergesen, que habían asistido a la festividad el año anterior, les anticiparon, en diversos puntos clave de la ciudad, las cosas más interesantes que sucederían a lo largo de la tarde: por qué calles pasaría la procesión, en qué piazza transcurriría la fiesta más animada, y desde dónde tirarían los fuegos artificiales. Llegando al mar, Nora se sorprendió al ver que los pescadores, incluso en este día, debían trabajar fatigosamente con sus redes y barcas, y se apiadó de ellos. Particularmente, le llamó la atención una muchacha que, rodeada de musculosos hombres con los torsos desnudos, tiraba de una red que habían echado al mar y que ahora recobraban llena de peces, moluscos y cangrejos. Su rostro extenuado, sus poderosos brazos morenos saliendo de un vestido ajado y sucio, su incuestionable sitio entre los hombres, le producían una mezcla de admiración y condolencia que nunca antes había sentido por una muchacha del servicio, por las cuales no había tenido más que un leve sentido de incomprensión. Otra mujer, echada en la arena remendando una red, mientras sus niños correteaban alrededor suyo y recibían a veces una cariñosa bofetada por interrumpir su labor, estaba cantando una canción dulce y melancólica que su expresión y mirada acompañaba dolorosamente, levemente distorsionada en ocasiones por un gesto de dificultad que su trabajo de a momentos reclamaba. Conmovida y pasajeramente avergonzada, Nora decidió no tomar el baño, quedándose por lo contrario junto al señor Bergesen, quien no solía entrar al agua si no fuera insistentemente reclamado por su mujer, y que prefería quedarse echado en la poltrona, leyendo de uno de los volúmenes pesados de historia o mitología que su criado llevaba a todas partes y que más de una vez habían utilizado los Helmer para ridiculizarlo en su ausencia. Nora lo observó con el libro y se preguntó si no estaría leyendo algo sobre aquella diosa Diana, cuya rebeldía le parecía inaudita, apenas comparable a la actitud de su amiga Christine Linde, la única mujer a la que había escuchado resentir seriamente su condición, pero que se había casado de todos modos y que ya tenía dos hijos. Al cabo de un rato de mirarlo leer, se atrevió a preguntarle si efectivamente era sobre Diana el texto que lo tenía tan entretenido pero, tras la negativa de Tobias, hubo de soportar otro largo silencio en el que él se volvió a sumergir en la lectura, hasta que nuevamente juntó coraje para pedirle que le contara algo más sobre la diosa que ese día celebraban.
                  Lo curioso de Diana, —le dijo entonces Tobias, —es que, si bien se festeja su virginidad y su celibato, es también la Diosa de la maternidad y el nacimiento, y de los ciclos y de la vida en general, estando muy relacionada con el culto a la luna y a la caza. Pero me parece contradictorio que todo eso se halle en una figura que se opone tan insubordinadamente a asumir su rol vivificante y productivo en la sociedad.
                  A Nora este comentario le llamó la atención. Si bien entendía la aparente paradoja que su muy inteligente amigo Tobias apuntaba, sentía en el fondo, casi instintivamente, que había algo fundamentalmente errado en la observación, aunque no podía razonar el motivo.
                  —¿Qué le sucede a mi pequeña alondra, que no se quiere mojar? —exclamó Torvald mientras se aproximaba desde la orilla. Nora no contestó, pero se levantó para agarrar la bata de Tobias y extenderla sobre sus hombros. —Esa es mi ardillita, siempre tan atenta, —le dijo, entre besos. 
                     Hedda Bergesen salió del mar anunciando que tenía hambre, y le indicó a su criado que trajera la comida. El criado de los Helmer se retiró también y volvieron al cabo de un rato con los bocadillos de calamares y el vino rosado. Nora no atendió a la conversación de la comida, efectuada en su mayor parte por Torvald y Tobias, y a la que Hedda de tanto en tanto aportaba unas breves palabras, secundando por lo general alguna sentencia u opinión de su marido. De vez en cuando Tobias decía algo gracioso y Nora participaba de la risa automáticamente, sin preocuparse por el sentido pero sin fingir o premeditarlo. Abstraída, mirando ora el mar, ora los pescadores, le sucedían unos pensamientos que, si bien no eran secuencias racionales de reflexión, tampoco la tenían enajenada o ausente por completo. Lo más parecido a un silogismo consciente que tuvo fue una vaga intuición (más inmediata que consecutiva) de que, así como ella podía reírse involuntariamente, sin saber lo que fue dicho, tampoco se había preocupado por el sentido de la mayoría de las decisiones de su vida, que éstas apenas podían llamarse "decisiones" en realidad, que sólo porque el mar da vida a los animales que los pescadores luego extraen de su seno, no significa que el mar decida dar vida a los animales, que éstos decidan vivir en él, o que los pescadores decidan hacer redes para juntarlos. Pensó en las cajitas musicales con la bailarina mecanizada que su padre solía traerle de regalo a la vuelta de sus viajes de negocios y, en el instante más consciente de su reflexión, vio un mundo conformado enteramente de autómatas, diseñados y operados por una fuerza oscura que se parecía más al mar que a los pescadores.

Volvieron al hotel a descansar un rato, y las calles ya estaban mucho más animadas. Había orquestas tocando sobre diversos escenarios, frente a los cuales se reservaba un espacio para la pista a la que ya acudían muchas parejas de bailarines. En las veredas había mesas llenas de bandejas y de botellas, concurridas tanto por locales como turistas. Torvald y Tobias se detuvieron en una de las mesas para tomar una copa, y Tobias, que manejaba un italiano bastante fluido, entabló una conversación con unos hombres locales agrupados junto a la mesa. Estaban todos muy excitados y el diálogo se efectuaba a los gritos, lleno de carcajadas de diversas intensidades y complementado por los italianos con los gestos manuales más inauditos. Luego de beber varias copas con estos hombres, fueron invitados a otra plaza donde tocaba una orquesta distinta y cuya pista de baile estaba atiborrada de gente. Para cuando se despidieron, Torvald había bebido más de la cuenta y al llegar al hotel cayó borracho a la cama. Lanzó una críptica diatriba sobre cómo Nora debía aprender algo de las muchachas del sur, y casi instantáneamente comenzó a roncar.
                  Tras lavarse, y habiéndose puesto el vestido que había planeado usar ese día, Nora hizo un leve intento de despertar a Helmer y, dándose por rendida, salió sola al vestíbulo del hotel, donde habían organizado con los Bergesen el punto de encuentro para ir a ver la procesión. Allí se encontró únicamente con Tobias, quien le explicó que Hedda debía descansar un poco si pretendía llegar sana y salva al final de la fiesta o, mejor dicho, al final de su estancia sanadora en Capri.
                 —No hay que olvidar lo que dijo el doctor acerca de los esfuerzos excesivos, —continuó Tobias, —es verdad que Hedda ya está prácticamente curada, pero a estas alturas un pequeño descuido nos podría costar muy caro. No se puede estar demasiado seguros. Por eso la obligué a quedarse, un poco de reposo ahora mismo es exactamente lo que necesita mi querida Hedda. Hube de hacer caso omiso a sus súplicas y reclamos, pero ella sabe que lo hago por su bien. Lo único que me interesa es su salud. Me alegra comprobar que Torvald ha tomado también la decisión más responsable. Al fin y al cabo, la razón por la cual estamos aquí en Italia es su recuperación, no hay que olvidarlo. 
                  Nora asintió continuamente mientras salían del hotel y se dirigían a la esquina que Tobias ya había asignado como el mejor lugar para ver pasar la procesión. 
                   —Por  cierto, Nora, —le comentó durante el caminoespero que no sea demasiado licencioso decirte que estás bellísima esta tarde. Claro que siempre estás muy bella, pero ese vestido realmente resalta tus facciones, sin perder por supuesto el tono decoroso de un día sagrado como éste.
                   Nora agradeció sus palabras rápidamente mientras llegaban al sitio. A pesar de la gran multitud, encontraron, como había augurado Tobias, un buen lugar entre las personas, donde podrían no sólo ver la procesión de cerca, y desde una leve pero privilegiada altura, sino también apreciar con agrado su emocionante recepción por parte de la población local, para quienes sin duda se trataba de un acto infinitamente sagrado y purgativo.
                  —Te aseguro que esta fiesta no habría sido muy distinta antes del cristianismo, —le dijo Tobias a Nora mientras esperaban entre el tumulto, —y no hablo sólo del tono general. Todos los elementos clave se repiten. Diana es claramente una prefiguración de la Virgen, lo que por una parte es evidencia del modo en que la religión cristiana tomó su forma en el sincretismo y la confluencia de tradiciones, pero que también demuestra lo eterno de ciertos motivos religiosos, ciertas necesidades espirituales que se mantienen perennes a lo largo de la historia humana. Esto para mí es lo más emocionante de todo.
                  Nora nunca había pensado en la religión de ese modo y, cuando comenzaron a percibir la llegada de la procesión, no visualmente sino por una energía inquieta que se desprendía de la multitud, una intensa emoción comenzó a circular por su cuerpo. Pero fueron varios minutos hasta que finalmente vio, a lo lejos, los primeros estandartes que la vanguardia de la procesión llevaba en unos mástiles de madera muy trabajados, y otro lapso considerable hasta que todo el elenco, con sus delicados trajes, comenzaba a transitar el punto del camino en el que se encontraban Nora, Tobias y sus criados. La estatua de la Virgen, una impotente pieza de madera pintada, vestida con tejidos delicadísimos y decorada con perlas, diamantes y metales preciosos, concentraba sin embargo toda su fuerza en una expresión tan sutilmente trabajada que parecía contener todo lo celestial y sublime conocido por los mortales, tanto en su gloria como en su penuria. Pero el ánimo de la multitud de fieles era sin duda lo que más conmoción producía, especialmente la conducta de las mujeres. Entre llantos, al borde de la desesperación, se abrazaban unas a otras y se santiguaban, con la mirada fija en el emotivo rostro de la Virgen. Algunas, para quienes mirarla a los ojos habría sido acaso insoportable, se doblegaban con reverencia, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo, al cual caían de rodillas, repitiendo entre sollozos los mismos rezos, una y otra vez, en un trance. Nora comprendió de golpe que ella también lloraba. Pensó en su pequeño Ivar, que había nacido apenas un mes antes de marcharse a Italia y que había debido dejar con una madre lactante en el hogar familiar. Si se cumplía la predicción del médico y lograban volver a Noruega antes de finales de abril, Ivar ya tendría más de un año, lo cual la asustaba en gran medida. Se sintió culpable de haberse marchado sin él, consciente en el fondo de que podría haberlo traído y de que, con la excusa del dinero, se había desecho de un niño con quien la relación lactante no había comenzado bien y a quien (aunque era incapaz de admitirlo, siquiera a sí misma,) culpaba por la enfermedad de Tobias y, de forma más irracional aún, por la muerte de su padre.

Torvald ya estaba despierto a su regreso, sentado en una de las mesas del jardín con otros invitados del hotel que en mayor o menor medida conocían.
                  —¡Conque ahí viene mi ardillita! —le dijo a Nora al verla salir al jardín, —¿por dónde se ha escapado mi criatura, mi alondra, sin siquiera pedir permiso?
                  —Intenté despertarte, Torvald, llegábamos tarde a nuestra cita con los Bergesen para ir a ver la procesión.
                  —Eso es muy aburrido. Prefiero estar aquí brindando. A Peter se le ocurren los brindis más descabellados, ¿verdad, Peter? —exclamó, dirigiéndose al hombre sentado a su izquierda, dándole un amistoso codazo en el costado antes de echar tres fuertes carcajadas.
                  La orquesta ya había comenzado a tocar, aunque la mayoría de las personas estaban sentadas a las mesas, tomando un aperitivo y esperando a que sirvan la cena, y la pista de baile prácticamente no se utilizó hasta habiéndose acabado ésta. Sirvieron un champagne muy delicado del cual Nora bebió varias copas, crecientemente incómoda por las miradas lascivas que Torvald le dirigía. Siempre pasaba esto en las fiestas, cuando Torvald bebía mucho, y Nora aún no había aprendido a lidiar con la situación. Si bien disfrutaba de los encuentros pasionales que en su habitación sucedían a estos casos, vivía el proceso con una dosis alta de sufrimiento y tensión, sin mencionar el sentimiento desagradable que se acomodaba en ella una vez acabados.

El primer plato era un revuelto delicioso de mariscos que servían en frío, junto a la ensalada típica, con queso caciotta. De segundo, cada uno elegía entre los ravioli y la pezzogna. Como siempre, Torvald pidió el plato más fuerte y convenció a Nora de pedir el otro, para luego poder sacarle unos bocados y probar los dos platos. Mientras comían, el gerente del hotel subió al escenario y dio un breve discurso sobre la historia del Ferragosto, tras el cual presentó a la orquesta, indicando qué tipo de canciones estarían tocando y qué lugar tenían esas melodías en el folclore de la isla. Durante el concierto, varias parejas de bailarines, con los vestidos típicos, subieron al escenario para mostrar los bailes tradicionales, lo cual fue muy bien recibido por los invitados, que disfrutaban del espectáculo desde las mesas y aplaudían enfáticamente al cabo de cada canción.
                  Cuando ya estaban degustando los postres, la música fue cobrando un tono cada vez más extático, y el gerente volvió a subir al escenario para animar a los invitados a que pasaran a la pista de baile, donde se habían colocado los bailarines contratados y que estarían enseñando a los turistas los pasos básicos de cada baile. En vano intentó Nora convencer a Torvald de ir a aprender una danza. En lugar de rendirse, se propuso insistir obstinadamente hasta que cediera, segura en el fondo de que era capaz de convencerlo y de que Torvald le acabaría dando el gusto, aunque sólo fuera unos minutos, para dejar de ser molestado. Pero, para su sorpresa, al agotársele a Torvald la paciencia, la mandó a bailar sola con uno de los instructores. Cuando se levantó de la mesa, algo desconcertada, el gerente estaba anunciando que tendrían un baile más antes de los fuegos artificiales, un baile que, si bien no era propiamente caprese, pertenecía al patrimonio cultural de todo el sur de Italia.
                  —Esta danza lleva su nombre de una araña venenosa, la tarántula, que se encuentra precisamente en Taranto, en la región de Apulia. Allí, hace mucho tiempo, se creía que la picadura de la tarántula producía un estado de locura que podía ser letal, y que la única manera de evitar la muerte era mediante este baile impetuoso. Entre las mujeres, se desarrolló el baile como una actividad curativa de purgación, y podían llegar a estar horas, dicen que incluso días, sumidas en la euforia del baile. Así se explica lo desaforado del mismo, que espero no encuentren demasiado licencioso, y que sepan apreciarlo como una curiosidad de nuestra cultura local.
                  —Sí claro, —le susurró Tobias a Torvald por lo bajo, mientras los dos seguían a Nora con la mirada, —yo he leído sobre la tarantela, y es puro paganismo. Era un baile de las orgías dionisíacas.
                  Nora ya se había acercado a la pista de baile, y rápidamente fue tomada de la mano por uno de los bailarines.

1 comentario:

Mateo dijo...

Impecable. Qué capo sos.