lunes, 4 de junio de 2007

Querido Lector;

He estado trabajando en un cuento, y en éste no he dudado de incluirlo a usted. Siento estar tropezando y me interesa su opinión. Bruscamente, iría de una carta que usted me escribiría a mí; que a su vez sería la respuesta a otra escrita por mí y dirigida a usted. La carta iría más o menos así:

Querido A.,

He leído, en su última colección de cuentos, una historia que me ha dejado aturdido. Le aclararé que yo no escribo y en mi vida sólo he leído la prensa y cosas relacionadas con mi trabajo (fui abogado). En realidad, su libro vino a parar a mis manos de mera casualidad. Un amigo que conoce mi vida sabía que lo encontraría asombroso. Usted, en el epílogo del libro, le escribe una carta a su lector y en éste habla sobre una peculiar historia sucedida a su padre. Usted dice:

Querido L.;

Me tomo el lujo de introducir, a modo de epílogo, una historia con la cual he estado jugando mucho últimamente pero no consigo adaptarla a un buen cuento. Van años desde que la tengo en mente y, por miedo a dejar pasar la oportunidad, la delato ahora, sin el velo literario; tómelo como una anécdota. Al morir mi padre, encontré una carta para mí, dentro de la cual me dejaba algunas últimas palabras, y otra carta, destinada a su hermano. Su petición era la siguiente: debía esperar a la muerte de su hermano gemelo para entregarle la carta a su hijo, mi primo. Yo no conocía a ninguno de los dos y sólo vagamente sabía que existían. Exigía que yo no la lea, pero lo hice igual. Era ésta:

Querido Aitor;

He demorado, como era mi intención, demasiado en darte esto, tanto que hemos muerto. Se la dejo, entonces, a tu hijo. Espero que no te moleste mi actitud, mis ansias por hurgar en el pasado; aunque no lo sienta nada necesario, me es imposible no hacerlo. Pero la verdad es que, por más que intente reconstruir los hechos, mis recuerdos son muy inciertos y difícil es trazar la línea entre lo ocurrido y lo que yo he soñado o inventado. Recuerdo una habitación llena de espejos, o un laberinto de ellos; ¿un parque de atracciones?, ¿un escenario ficticio, adaptado por mí? Tú huías o huía yo, y los espejos creaban como un campo de juego, al ver el reflejo uno no sabía si se trataba del otro o de sí mismo. Uno de los espejos fue destrozado adrede, por uno de los dos, o quizá por ambos en una reacción simétrica, de los dos lados del cristal. Creo que con ellos nos hicimos las cicatrices. Yo el primero, me corté la mejilla en una eufórica necesidad de distinguirme de ti y de los espejos. Pero tú lo hiciste también y volvimos a ser los mismos, el mismo, en toda la nave sólo estábamos los dos y uno sólo, multiplicado miles y miles de veces. La sangre manchaba nuestros atuendos y el suelo, y era siempre igual. Yo me escabullía y tú te escabullías, buscábamos salir o matarnos. Pero incluso cuando alguno tuvo la oportunidad de hacerlo no pudo, por miedo de actuar sobre un reflejo; apuñalarse a sí mismo con un espejo roto. Verás que es todo muy indefinido y no dudo que tu memoria sea parecida; yo no recuerdo quién mató a quién, o si realmente hubo asesinato alguno.

Ahora me estoy muriendo de ese día. Ese día es como una enfermedad terminal, me muero de pena y de vergüenza por ese día, pena por haber derramado tu sangre, vergüenza por no acordarme quién soy. Mi cicatriz está en el lado derecho, ¿y la tuya? Intento banalmente y hasta el cansancio recordar quién era el de la cicatriz en el lado derecho. Pero entre el reflejo simétrico, la fiebre delirante y la euforia pasional, todo se ha entremezclado en una especie de nebulosa. Muy a mi pesar, Aitor, muy a mi pesar. Tengo pesadillas incluso cuando estoy despierto, o mi vida es un mal sueño. En un sueño el trazo es indefinido, la personalidad inconclusa, los hechos difusos. ¿Cómo llamar esto vigilia, si no consigo distinguir entre mí mismo y las demás personas? Pienso en cosas de la niñez, antes de aquel día, pero incluso entonces no desigualo. Confesaré que ni sé cuáles hechos son anteriores y cuáles posteriores; no faltan veces en las que sospecho que no sucedió una sola vez sino que muchas, algunas de verdad y otras soñadas. Incluso de momentos lo intuyo como un solo sueño que se repite, pero un sueño largo, continuado. Como si cuando dormimos entramos los dos juntos a aquel otro campo que es un laberinto de espejos; pero también una esfera de la realidad. O quizá sucedió en la placenta de nuestra madre, y es nuestra memoria la que lo repite y repite, dejándonos inseguros de por vida.

Ahora me estoy muriendo y es casi un alivio. Pero me asecha un miedo terrible porque quizá no acabe aquí, quizá la muerte sea un regreso eterno a ese lugar escalofriante en donde sólo existe el pánico y la cobardía, allí un acto de valentía no existe, la mera existencia involucra necesariamente el terror.

Ahora me estoy muriendo y hay una última sospecha y es que tú no existas, que haya sido yo sólo todo el rato, yo sólo que vivía reduplicándome en los espejos sin poder salir, y mutilándome de miedo, mutilándome frente al espejo queriendo crear una frontera más real entre mi reflejo y mi persona, queriendo que no sea todo igual, queriendo negar la simetría. Saber la verdad me llena los huesos de pánico y les dejo ese peso a nuestros hijos. Si es que tú realmente existes y tienes uno, al igual que cabe la posibilidad de que yo no tenga uno ni tampoco exista.

Ya sabrás que nunca te quise,
Leandro

La carta me dejó en un estado de desequilibrio que acariciaba el enloquecimiento. ¿Cómo reaccionar ante semejante testimonio? Pude averiguar que mi tío ya era muerto, y le envié la carta a mi primo, dentro de otra en la que le aclaraba lo sucedido. Pero me cuesta mucho encontrarle un final a esta historia. Cómo declarar, en un solo texto, la presencia de muchos otros textos. Cómo decirle al lector que mi tío era a la vez muerto y vivo, presente y ausente, histórico y ficticio; cómo dibujar un tío que es a la vez mi padre, dos gemelos que existen en simetría, uno el reflejo del otro, cada uno necesario para la existencia del hermano. Me gusta lo de las cicatrices porque le da el peso suficiente para que caiga a tierra. Una cicatriz que se lleva en el rostro de por vida, marca de existencia, de momentos vividos, las cicatrices son únicas. Pero si dos personas tienen la misma cicatriz, y se la hicieron en el mismo lugar, al mismo momento, ¿no son entonces la misma persona? ¿No se anima uno a pensar que es tan sólo el reflejo del otro? ¿Es tan inconcebible que uno se excluya del mundo real, para ponerse del otro lado del espejo? El personaje crea su propio mundo que es el que se mira con el nuestro en los espejos. Entonces se recluye imaginando que la barrera entre su mundo y el nuestro es la misma que existe entre el sueño y la vigilia, deja pasar su muerte con ansias de entenderlo mejor detrás de esa barrera; deja una carta para demostrar que estuvo. ¿Pero entonces qué?

Un saludo incierto,
A.

Claro que mi amigo no sabía cuán exacta era la coincidencia. Ahora rozo la locura por lo que cómo le cuento esto le sonará extraño. Insisto en que mi vida no es una literaria, mi imaginación no tiene protagonismo alguno en este informe. Lo que pasa es que la carta que usted ha escrito no es un original. Usted ha incurrido, sin siquiera saberlo, al plagio. Esa carta no es obra de ficción, y la que usted ha escrito es, por lo menos, la segunda. La que yo juzgo primera ha estado encerrada bajo llave en un cajón por tres décadas y la ha escrito mi padre o mi tío. Ambos murieron mientras yo estaba en la placenta de mi madre. Uno se llamaba Aitor y el otro Leandro. Mi madre no me quiso decir cuál era mi padre. Quizá porque ella tampoco lo sabía.

La carta que usted escribe es exacta a la que tengo yo, tanto en un cajón como en la memoria. Debo ser preciso y aclarar que no es exacta sino simétrica. Usted atribuye el papel de autor a Leandro, el de lector lo tiene Aitor. En la mía, el remitente es Aitor y el destinatario es Leandro. Claro que es un tecnicismo, incluso una investigación meticulosa revela que ambos son falsos. La verdad es que ambos escriben y ambos leen. Usted se llama A. como mi primo y mi hermano, y yo me llamo L. como los suyos. Cargamos todos el mismo peso, que es le de nuestros padres, la historia se ha multiplicado con el tiempo, cada generación la hace más real y a la vez más mítica, usted es ahora su padre, y dentro de años usted será nada más y nada menos que todas las personas. Es inútil creer esto una broma o una producción literaria, aunque está abierto a hacer la lectura que quiera.

Le mando un saludo que son todos los saludos,
L.

Ahora caigo en el mismo lugar en que cae mi personaje, tropiezo en el mismo escalón que es el escalón que sube y baja a la vez, trato de cerrar un círculo literario pero en vez caigo en un círculo literario; las consecuencias son diferentes. Puedo seguir girando la rueda, introducir más personajes con historias semejantes; pero siempre son historias semejantes. Lo que busco es que sea la misma historia, una sola que se aplique a todos los casos. Quiero que la carta sea una daga, la lectura una cicatriz. Una daga imprecisa, un espejo roto en forma de daga, dibujar una daga por la que se miran los mundos. Quiero llamarme Aitor y Leandro, quiero ser el autor y el lector de esta obra. Quiero que usted sienta lo mismo.

El cuento permanece, pues, inconcluso. Esa prisión.

Firma,
M. A.

8 comentarios:

Mateo dijo...

Cuando pensé que la vuelta de tuerca había ocurrido, vino otra. Y a la vez es el resumen de los otros dos cuentos. Muy rebuscado, en el mejor sentido.

Chiquilín de Bachín dijo...

In the room the women come and go /
Talking of Michelangelo
.

T.S. Eliot, «The Love Song of J. Alfred Prufrock».

quelindalluvia dijo...

guau nene, genial.
y la parte del laberinto, guau fachu guau.

Virginia dijo...

sabes cual es el slogan del probable proximo jefe de gobierno?!

"va a estar bueno buenos aires"


quiero encontrar a alguien que comparta mi shock ante el slogan mas ridiculo que escuche en mi vida!
va a estar bueno buenos aires?!


peti-indignada

jaqueca comunal dijo...

super ingenioso, es más, hasta el día de hoy no me había dado cuenta que estaba ese buenos en buenos aires, ¿viste esas cosas que decís todo el día y ni pensás? re sicológico men

Virginia dijo...

you said it, man

Mateo dijo...

este silencio es un cuento que se gesta?

Chiquilín de Bachín dijo...

Eso, el público exige cuento nuevo.