miércoles, 5 de enero de 2022

Ardillas en Buenos Aires

                                                                        I think that the Root of the Wind is Water—

Emily Dickinson

 

 

Queríamos que nos contaras sobre el curso de activismo ambiental
pero como nunca contás nada
tuvimos que insistir
y nos tiraste dos o tres datos feos al azar
y ya volvías a agarrar el frasco y el picachu

Mientras tanto la ardilla
la primera que vimos en Buenos Aires
seguía a los saltitos por unos paraísos
era simpática
y vos no nos sabías explicar
por qué eso era tan malo
pero igual te creímos

Supongo que nuestros antepasados
conocían el entorno como un hecho íntimo
pero si logro desprenderme de este suspiro tótem
Nos vemo en Disney

Habíamos alquilado por el fin de semana
una supuesta quinta
que era una casa en un club de golf
donde había una laguna
con una islita en el medio

En esa isla vimos un águila
sobre un nopal
devorando una serpiente

pero ya no se fundan así las ciudades

Habíamos tomado el San Pedro
que compré en Catamarca cuando fui por laburo
y empezaba a sentir la mezcalina

Caminé descalzo por el pasto sintético
Y me cayó tu gran lamento
Me atravesó como un rayo
que vuelve a la tierra y ni se lo cuestiona

Entré en un bosquecito de pinos
de pura sombra y pinocha
y traté de imaginarme la ausencia del ego
y creo que una parte mía podía

Llegué a una fuente
rodeada de personas
porque estaba por empezar un show
de luces y música
con los chorros de la fuente sincronizados

parecía una ceremonia
toda la gente con los teléfonos levantados
le rendía tributo a esta fuente eterna
mientras una canción de Queen mal transmitida
retumbaba en los paredones de una cancha de pádel
y los paraísos no dejaban de tirar sus frutos
con olor a podrido

Capaz que una ciudad ahí se estaba gestando
con el ayer y el mañana y el ahora mismo
y el hace un ratito todo así mezclado

Mientras que las ardillas
van ganando la Pampa húmeda
y ya nada volverá a ser como antes

Para vos todo esto
es una película de terror
y bueno eso puede ser
pero no la dirige nadie
creo que en eso estamos de acuerdo

Hasta que se apague el sol tenemos para rato
unos diez mil millones de años
En tiempos de Bambi todavía es un bebé
todavía la mamá le está mostrando
hasta dónde llega el bosque y cómo es la pradera
hay dibujitos para rato

Terminé en el otro extremo del parque
en el límite del club con un alto alambrado
que daba a una calle poco iluminada
pero con mucho tránsito

A pocos metros estaban quemando basura
vi la silueta de unos linyeras recortada sobre las llamas
y me pareció que lo puro y primigenio es una idea
que queda floja y suelta en un chorro dinámico de realidad

que nada es tan importante

que esta devolución masiva de carbono al sistema
todo este desastre y la extinción masiva
y las grandes migraciones desesperadas y las pandemias
y los microplásticos en el tejido de cada organismo
y cualquier cantidad de dramas que puedan desencadenarse
es una manchita insignificante en la gran piel del bambi geológico

en la locura quise estar ahí dentro
trepé el alto alambrado

capaz que ese momento fue lindo

y me acerqué al fuego como un lobo
en proceso de domesticación

nadie pudo charlar conmigo

terminé acostado en el pasto
teniendo visiones sin abrir los ojos
de animales y piedras y huesos tallados
directo hasta el amanecer

después caminé y encontré una remisería
un señor me llevó de vuelta
para adentro del club

ustedes estaban todos dormidos
y me fui a bañar en la laguna
rodeado del canto de los zorzales

al rato llegó un guardia
como un fenómeno atmosférico
y me dijo que ahí no se podía nadar

el tipo era simpático
me convidó un cigarrillo
y me preguntó si iba a llover





viernes, 19 de noviembre de 2021

Diminutas alas doradas

A Agus Gurevich



Compramos un paquetito de yerba Piporé

que parecía de juguete


y nos morimos de amor

 

Por la mesa iba caminando un bichito

que tenía como unas alas doradas

y una de las alas parecía rota

 

Bajo el ala tenía unos puntitos rosados

en cada punto había un jardín

y en cada jardín

un cielo estrellado

 

Miramos las estrellas largo rato

el bichito dejó de moverse

y lo enterramos en una maceta

 

“En cada una de esas estrellas

puede haber un planeta

con gente como nosotros

enterrando un bicho en la terraza”

dijimos, apuntando bajo la diminuta ala dorada

 

Después hiciste una mini lápida

le pusiste un nombre gracioso

y la hora de su muerte 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Camino a Lourdes

En ese viaje en tren

por el sur de Francia

(Esto pasó en 2008 ou 2008

pero lo recuerdo con buen detalle)

tuve puestos los auriculares en silencio

para escuchar discretamente la conversación

de un grupo grande de mujeres centroamericanas

que hacían una peregrinación a la virgen de Lourdes

y hablaron toda la noche en español

intercambiando anécdotas sobre partos y embarazos

 

Muchas cosas me conmovieron de su diálogo

pero nada como esa señora diminuta

que se inclinó un poco hacia adelante para decir:

“Mija, no piense usté en su toto

que tiene ahora bajo la enagua,

porque cuando Diosito quiere

se hace más grande que la cueva de un ferrocarril”

 

Pasamos por muchos túneles en ese viaje

pasajes largos y oscuros por el interior de las montañas

que no sentí como sagradas o misteriosas

sino que simplemente estaban,

se erguían estoicas bajo las estrellas

sin gran motivo, en la noche fría.


miércoles, 13 de octubre de 2021

Individual y caudaloso

Estabas furioso y te fuiste así de golpe

subiendo de dos en dos las escaleras del puente

bajo un sol exagerado

un sol de fantasía despiadado

que le daba un brillo de ensueño y fin del mundo

a las nubes de tierra pálida

que en este pueblo son conocidas

 

Capaz que en ese momento me odiabas

pero yo te vi

frenarte un segundo arriba del puente

y mirar el paisaje desolado de casas bajas

donde un remolino de polvo

que parecía salir de tu cabeza

se arrastraba sin ganas por las calles desiertas

sospecho que entonces me perdonabas

 

Hay algo de la ira que me resulta incomprensible

Un seco manantial

que brota a lo lejos de la tierra vieja

y recogemos en el pecho de inmediato

individual y caudaloso

en una copa dorada y brillante

  

miércoles, 6 de octubre de 2021

Chau ojitos

Fue emotiva coincidencia

cuando te conté sobre las pinturas

de “Mi Tonto Caminar”

y era la misma muestra

donde había pasado tu historia

 

Lo que contabas ya era triste

que te suelten así la mano

después de tanta sonrisa y ojitos

pero encima entre esos cuadros tan románticos

Me rompe el corazón

 

Obvio que nada es para siempre

una conexión es una caricia

que se escurre como la lluvia entre los dedos

 

domingo, 29 de agosto de 2021

Todos los fantasmas son amantes

Estaba en una feria gigante de ropa usada

y me sentí rodeado de fantasmas

amigas y amigos y amigas

que usarían esta prenda o aquella

que se verían oh tan bien en ese color

que se reirían de X sutil dislocación estética

 

todos mis fantasmas son amantes

que revuelven con tierna entrega

una pila eterna de pañuelos estampados



sábado, 3 de julio de 2021

Ese día volvimos a perder

Ese día volvimos a perder

y yo pensé qué puta garcha ser de un club tan de mierda

y fui a tu casa

y me tiré en el piso de la cocina

y putié a cada jugador y al técnico y a los árbitros

hasta que no había más para putiar

se me terminó el poema

y me quedé mirando el techo

y tus piernas que me esquivaban al moverse por el ambiente

 

creo que el dramatismo puede ser algo lindo a veces

 

vos te estabas preparando para salir

y me dijiste que justo te estabas por tomar un tirito

antes de ir a una fiesta

 

Cocaína?! Te dije con un tono que a veces practico cuando estoy solo

A ver…

 

Llevaba años sin tomar

Me gustó el color de tu pintalabios

Y terminé solo en casa, drogado, con los labios pintados,

Sin saber a quién llamar.

lunes, 10 de mayo de 2021

Fuego chico


—¡Y movía la patita así, y era desopilante porque el disfracito le quedaba perfec y parecía literal un granjero sosteniendo un bieldo, pero el michi no tenía idea!
            De las historias de animales quemados y perdidos habían pasado a historias de gatitos y algo del drama y el horror vividos tan intensamente esos días quedó como diluido o en suspensión esa noche en el campamento. El fuego iluminaba únicamente los cipreses y radales verdes de ahí mismo, y para el círculo de brigadistas junto al fogón, donde el fuerte cansancio de los cuerpos gastados se mezclaba dulcemente con el sueño ya tan cercano, y donde las tiernas anécdotas y el whisky Criadores armaban como un teatrito frente al mundo que lo volvía menos atroz y desconcertante, fue como si no existiera el bosque quemado que se extendía por kilómetros y kilómetros al sur. Las demás compañeras, al abrigo de las carpas o apiñadas a la intemperie en alguna pampita plana que invitaba al bivac, ya saboreaban ese breve pero indispensable descanso y confirmaban la tonta sospecha de que el universo era peludito y amoroso, ilusión que cada tanto se rompía cuando alguna despertaba de una pesadilla. Un grupito de compas más chicas que compartían carpa y andaban todo el día juntas a los mimos se despidieron del grupo con palabras lindas y esperanzadoras, y al alejarse comenzaron a tararear un reggaetón suavemente que se difuminaba con ellas en la oscuridad que separaba su carpa del fogón. Para Millalén ese corito melancólico se convirtió en el mundo y pensó en su gatita y la extrañó hasta casi ahogarse.
            —Yo hace un tiempo perdí a mi gatita. Desapareció de la chacra un día y no volvió más.
        Normalmente habría tenido muchísima dificultad para hablar en grandes grupos y conectar con personas desconocidas, y sin embargo, hoy había estado conversando todo el día mientras caminaban por la montaña haciendo la labor de guardia de ceniza. Pero esta sensación de plenitud le incomodaba mucho por su vínculo inseparable con semejante catástrofe. Le daba culpa que hubieran tenido que incendiarse diez mil hectáreas de bosque nativo para que se formara la Red de Brigadistas Lesbianas y así encontrar un lugar de pertenencia. Mientras hablaba, tenía pequeños momentos solipsistas donde le resultaba totalmente increíble que estuviera rodeada de mujeres tan fuertes y hermosas que la escuchaban en silencio y con interés.
        —Cuando llevaba como cinco días sin verla y me empecé a preocupar publiqué en el grupo de whatsapp del paraje una foto así con el aviso, y al rato me contestó una persona, pero estaba medio lejos, ¿viste? En un callejón que está como a más de cinco kilómetros de casa. Me dijo que hace cuatro o cinco días que venía apareciendo un gato medio flaco, medio desmejorado, y que le habían estado dando de comer, un gatito gris plateado así como era ella. Y al toque me manda una foto porque justo había pasado a comer y era el mismo tipo de gato, esos grises con la pancita blanca, medio monteses, peluditos, es la raza esa Maine Coon, ¿viste? Pero mi primera impresión fue que no era. No me pareció ella. Entonces le digo “Bueno puede ser, no sé si es ella,” y el chaboncito me dice así muy tranca “Bueno no te preocupes, cuando vuelva a aparecer trato de sacarle una foto mejor,” porque era medio chota la foto, y como decía que estaba apareciendo todos los días para comer ahí como que me tranquilizó. Pero después me pasé toda la tarde mirando esa foto y cada vez se parecía más a ella, y me empecé a sentir re mal por no haber ido a buscarla en el momento en que me la mandó. Así que al día siguiente volví a contactarme con el señor ese para ir a verla, pero no me contestaba y dije “Bueno me mando”. Pero tenía una referencia bastante amplia de un callejón largo entre dos subidas. Encima ahí no tenía señal así que ya no volví a poder comunicarme, ni sabía si iba a estar en casa ni nada. Pero bueno empecé a recorrer el callejón, llamándola, y viendo a ver si encontraba unos pinos que salían en la foto. La foto era ella en un pinar con toda la pinocha en el suelo, así que me puse a buscar los pinos y vi que no había tantos, había dos bosquecitos de pinos nomás ahí a la vista en todo el callejón, ¿viste? Cuando me acerqué a uno, empecé a mirar porque también había una manguera en la foto, con una canilla así medio improvisada con un palo. Entonces buscaba eso, y en un momentó veo una manguera, veo la canilla, y digo “¡Es acá!” Pero cuando miré bien la foto era otra manguera, era otro lugar. Así que ahí no era.
            —Entonces me fui para el otro bosquecito, que era en una chacra amplia así que se baja. El callejón estaba más alto y desde ahí se veían en la parte más baja de la chacra unos pinos. En una de las primeras casas hablé con una persona que me mandó para el fondo, así que me mandé directo a la casa con los pinos, pero no había nadie. Había unas chatas igual, y estuve ahí un rato aplaudiendo y eso pero no salió nadie, ¿viste? Y me acerqué a los pinos y encontré la manguera con la canilla, y lo confirmé con otra rerefencia que había, un palo que estaba ahí tirado que se veía en la foto, así que ya sabía que era ése el lugar. Todo el tiempo también llamando a la micha a ver si aparecía. Estuve ahí un rato recorriendo por ahí pero no apareció, y en la casa se ve que no había nadie. Me terminé metiendo más para el bosque, y llegué a una parte re linda, ya con bosque nativo, y una casita muy hermosa de barro, así con un techo vivo bien verde, y hablé con una señora ahí que me dijo “¡Ah sí, mi vecino la vio!” Y le fuimos a preguntar ahí al vecino, que vivía en otra casita de barro así, y el chango ese había visto, unos días antes, un gato gris “muy desmejorado” decía, muy flaco dijo que estaba y desmejorado. Y eso ya me parecía raro, que en tan pocos días se vuelva toda flaca y eso, porque ella se re maneja, son re cazadores y mil veces me fui de casa por varios días y está todo bien. Cuestión que volví para la otra casa y la seguí buscando ahí, y vuelta a aplaudir a ver si salía alguien, y cada vez me metía yo más para el terreno de esa casa, y para atrás por el bosque, donde volvía a empezar el bosque nativo, y era un bosque hermoso, totalmente hermoso. Eso todo se quemó.
            Una de las mujeres tuvo un calambre en la pierna y las demás se acercaron para asistirla. La acostaron en la tierra y la ayudaron con la elongación mientras le hacían masajes. El trabajo de guardia de ceniza era exigente por la cantidad de horas que debían pasar caminando por la montaña. Gracias a los brigadistas que habían venido de otras partes del país que ya fueron afectados por los incendios, habían podido implementar desde el inicio ciertas estrategias que reducían muchísimo el trabajo involucrado, pero aún así caminaban al menos veinte kilómetros por día. Lo fundamental era tener reservas de agua repartidos por el bosque para poder recargar sus mochilas hidrantes. Para esto habían traído lonas de plástico que colocaban en grandes huecos cavados en los arroyos, reforzando los bordes con piedras y troncos a modo de piletones. Uno de los trabajos principales consistía en localizar puntos calientes en el bosque, sitios donde el fuego ardía fuerte bajo la tierra y, mientras algunas desmontaban con machetes y motosierras la vegetación a su alrededor, otras hacían viajes de ida y vuelta a las reservas para rellenar las mochilas hidrantes, que se vaciaban en un tiempo irrisorio comparado con la la media hora o una hora que tardaban en hacer el recorrido a pie. Se sentían como hormigas en el bosque haciendo un gran esfuerzo por un bien que de tan mayor era casi incomprensible. Porque puntos calientes había miles, escondidos por el bosque inmenso, y nunca se sabía dónde iba a aparecer la llamarada. El fuego seguía vivo bajo la tierra, en ese otro bosque, una red inagotable de raíces y hongos y materia orgánica que ardía en la oscuridad y debía ser controlado para evitar la pérdida de muchas más hectáreas. Cuando la situación del calambre ya se había apaciguado, Millalén continuó su relato. Alguien había tirado unos palos al fuego que chisporroteaba al avivarse en medio del círculo.
            —En un momento aparecieron unos caballos que me dieron cierta sensación de estar llegando a una chacra, y un poco más adelante vi un gato negro recostado en un parche de sol que se filtaba por las copas bajas de unos ñires. Caminando un poco más llegué a un cerco de troncos que separaban el bosque de una pampita bellísima con distintas casitas y galpones de esas chacras que te dan la sensación de estar perdida en algún lugar remoto de la cordillera, con viejos pobladores que no deben saber ni quién es el presidente de la nación. Literal que me olvidaba que estaba al toque de casa y a pocos metros de la ruta. La casa principal de la chacra estaba bastante cerca de donde yo estaba, como que había llegado al terreno por atrás, y estaba tan llena de gatos a su alrededor y era tan linda la casita y tan de cuento que parecía una cabaña encantada de michis sacada de una película de Miyazaki. Yo no me animaba a cruzar el cerco pero me quedé ahí parada mirando los gatos y mirando especialmente a uno que se parecía mucho a la micha. Pero yo sabía que no era y la mini llamé pero ni se inmutaba así que sabía que no era. Y en un corte, cuando estaba a punto de empezar a aplaudir a ver si salía alguien, pude ver en la puerta una figura difuminada que apenas se recortaba en la oscuridad del umbral y que daba le sensación de haber estado ahí todo el rato. Dio un paso más para adelante y pude ver que era una señora, una vieja bah, que me miraba como sin entender de dónde había salido. Entonces medio gritando desde ahí le dije que andaba buscando a mi gata, que me habían dicho en las otras casas que habían visto a un gato gris por ahí, y le pregunté si la había visto. Ella se iba acercando pero muy de a poco, daba un paso y se frenaba, mientras yo alargaba y repetía mi discurso como para rellenar su silencio, señalando a cada rato al gatito gris para decir que era parecido a ése. Finalmente habló, diciendo que no había visto a mi gata, pero que me podía llevar alguno de los que ella tenía sin ningún problema, que me podía llevar ése. Ya estaba parada bastante más cerca mío, a unos pasitos nomás, y parecía que tenía como cien años, con todo un paisaje de arrugas en la cara y un vestido gris todo emparchado, con un delantal arriba que apenas se distinguía del vestido porque era todo del mismo tono de tela remil usada y refregada. Me preguntó de dónde había venido y le dije en realidad lo mismo que ya le había dicho, y era raro porque me hacía un gesto como que no entendía, como que no le cerraba geográficamente lo que le decía, hasta que finalmente le agradecí por todo y me fui por donde había venido.
            Alguien había armado un tabaco que circulaba con aire ceremonioso. Millalén le dio una pitada profunda y largó el humo lentamente por la boca, tragando sólo un poco de humo al final. A la segunda pitada tragó un poco más, y sintió cómo su cuerpo se relajaba y bajaba el ritmo de su corazón. Sus sentidos se agudizaron un poco, y pudo detectar en el aire fijo y mudo una especie de brisa húmeda que jamás había sentido en esos días tan secos.
            —Volví como encantada por ese bosque, y es loco pensarlo ahora porque todo eso se cagó quemando. Pasé por el gatito negro, por los caballitos, por esa parte sin tiempo de ñire y ciprés y de chinchín, radal, laura, maitén… Pero estaba triste por no haber encontrado a la micha y se me ocurrió volver a buscar ese gatito que me había ofrecido la anciana. Entonces encaré la vuelta pero esta parte es ridícula porque me perdí. Me recontra mil perdí y fue desesperante, porque pasaba por los mismos lugares, y caminé un montón, y no encontraba la chacra, y al final estaba tan desorientada que tampoco estaba segura de dónde había venido. Fue horrible. Y todo en un espacio que no podía ser muy grande, me veía desde arriba entre medio de los dos callejones, cerca de la ruta, y me sentía como una absurda total. Pero bueno no es la primera vez que me pierdo en el bosque y siempre al final viene ese alivio y esta vez fue uno de los caballos, que en un corte aparecieron, y después el mismo gatito negro, y la chacra. Y después la anciana, que me hizo pasar a la casita…
            Millalén tuvo un momento de duda en el que le pareció que había estado hablando por mil horas y que estaban todas aburridísimas. Miró a su alrededor y veía en su mayoría caras que la estaban mirando y sintió terror, y fue tan frágil el momento que saltó Evelin a decir que era increíble la historia, y que qué pasó después, y otras hicieron comentarios parecidos que le dieron más confianza para encarar el final.
         —La casa por dentro era tremenda. Era un rancho de palos y barro, super bien hecha, y calentita. Tenía por todos lados plantas colgadas para secar. Malva, llantén, hipéricum, melisa, paramela, palopiche, carqueja, nalca, pañil, tabaco… Era hermoso y un poco tétrico, no sé. Se parecía a tu casa pero por mil, —dijo mirando a Uma.
        —Y tenía estantes y estantes con frascos llenos y vacíos con cosas de mil colores, y latas viejas de galletitas y botellones como de damajuana y frascos grandes de los de aceituna, cualquier tipo de envase que se te ocurra con líquidos espesos o formas indescriptibles en salmueras turbias. Y secaderos con hongos y flores y frutas colgando por varios lados, y la cocina no saben lo que era. Había un fuego en el piso con una olla gigante encima, y cosas colgadas por todos lados, nueces y avellanas y embutidos y orejones y carne seca y patas de chancho o no sé que eran. Y cuando entramos tuve un momento de duda de si me tenía que poner el barbijo para entrar a la casa con una persona tan grande, y lo saqué del bolsillo y me lo estaba poniendo y ella me miró con una cara como que no entendía qué carajo hacía. Le dije algo tipo “Bueno, hay que cuidarse,” ¿viste? Y la cara de incomprensión que me puso era para una foto. ¿Puede ser que alguien no se haya enterado de la pandemia? ¿Acá nomás en el pueblo? Era todo rarísimo.
        —Este es un momento perfecto para que aparezca el búho, —comentó una de las compañeras. La noche anterior, un gran búho se había venido a posar en una rama justo al lado del fuego y se había quedado ahí un buen rato, iluminado misteriosamente por las llamas. Todas habían tenido la oportunidad de verlo y hasta de sacarle fotos.
      —La viejita me invitó a sentarme en unos bancos rústicos que tenía, puso una pava en la cocina económica y sacó de acá y allá distintas hojas y especias, mientras yo miraba la casa en silencio y me maravillaba por la cantidad de cosas que tenía. Al rato me convidó un té muy amargo, y me dijo que serviría “para encontrar lo que buscaba”. Yo me sentí como entregada pero en buenas manos, sentí que no me podía pasar nada malo ahí, con esa vieja yuyera que debía saber todo lo que nadie sabe sobre las plantas.
        —¿Y te hizo algo el té?
        —No… O sea no sentí nada así físicamente. Pero la charla que tuvimos después fue increíble.
        —¿Qué te dijo?
     —No sé, hablamos de distintas cosas, pero tenía una fuerza esa vieja, una forma de transmitirte confianza y amor y optimismo… En un momento le pregunté si tenía marido y me dijo “¿Para qué? Todo esto lo hice sola. Nosotras no necesitamos a los varones,” y lo dijo de una forma tan amorosa y tan plena y tan segura de sí misma pero a la vez como inocente que de golpe parecía una nena de 25, no sé. Era re loco cómo le cambiaba la imagen por las palabras que decía. Y ustedes se cagan de risa pero yo no estaba tan confiada de mi sexualidad en ese momento. Todavía me daba mucha inseguridad y vergüenza, por más que sabía exactamente lo que soy. Me costaba la liviandad con la imagen que proyectaba, y entonces estaba siempre luchando contra eso, y tampoco era tan fácil para mí entrar en un vínculo. Eran siempre como paredones, como trabas que me autoimponía… Y esa charla me cambió algo, literal que desde entonces fue distinto.
        Millalén, que estaba mirando el fuego mientras hablaba, sintió los brazos de sus compañeras que la abrazaban. El sonido de un aletear en las ramas hizo que todas miraran para el mismo lado, pero no era el búho sino otro pájaro que no llegaron a ver bien. Alguien preguntó si sabían la hora y esa pregunta para Millalén fue un ancla. De golpe se supo en la montaña, cansada, luchando junto a sus compañeras contra un fuego incontrolable, injusto, ancestral.

domingo, 24 de mayo de 2020

Peregrinaje a Avebury




No me acuerdo en qué revista inglesa del siglo XX leí un cuento de Max Beerbohm (que tiene bien merecida la fama por su atemporal Enoch Soames) sobre un planeta distante donde todos los acontecimientos de la historia coexisten sobre el pasto verde de una cancha de football. Los personajes de este mundo fantástico no experimentan la vida como una serie de interpretaciones inexactas sino como un presente eterno y total que desconoce el yugo de la subjetividad. En un momento el narrador hacía el chiste de que había allí una novela famosa llamada Simpleza y objetividad, haciendo alusión a Orgullo y prejuicio de Jane Austen, cuyo título está formado por dos conceptos necesariamente desconocidos en ese mundo fantástico. La gracia de la ocurrencia, y el estilo casi descuidado de Beerbohm, justifican una licencia poética evidente, ya que en un planeta como ése difícilmente existiría el arte de la ficción.

Hace unos años hice un viaje largo por el Reino Unido, motivado por el deseo de conocer las ruinas que se encuentran ahí de la cultura del Neolítico tardío y comienzos de la Edad de Bronce. Era una especie de obsesión que yo tenía, y quería vivir en carne propia la experiencia de visitar esos lugares tan antiguos. Es verdad que hay monumentos mucho más majestuosos de culturas parecidas en otros lugares del mundo, especialmente alrededor del Mediterráneo y en la Mesopotamia, pero por alguna razón no me resultaban tan cautivantes como esos monumentos más periféricos sobre los cuales había estado leyendo durante años. De especial interés me parecía el Ridgeway trail, un antiguo camino de 140 km que vincula el Goring Gap sobre el Thames con el pueblo de Avebury, en Wiltshire, y por el cual se desplazaban los integrantes de esos pueblos, 5 mil años atrás. Lo consideraba una especie de peregrinaje, y había muchos puntos de interés histórico a lo largo del camino. Hacia el final de la caminata me tocó una racha de mal tiempo, y pasé dos días seguidos caminando bajo la lluvia. En las afueras de un pueblo llamado Bishopstone, el cartel de una cervecería y casa de té me persuadió, y decidí entrar a tomar algo para refugiarme durante un rato del aguacero constante. Al cabo de tres pintas, y dado que la lluvia no aflojaba, decidí aceptar la oferta de la dueña y pasar la noche en una de las habitaciones que tenían preparadas para viajeros, por un precio que me pareció muy barato. La dueña era una señora trans de unos 50 años llamada Debbie. Era simpatiquísima, y al día siguiente me ofreció un lavado y secado de ropa, mientras yo aprovechaba el Internet para avanzar con unas traducciones que estaba haciendo y con las cuales me iba pagando el viaje.
En ese momento estaba traduciendo unos textos sobre la Revolución Industrial, detalle que recuerdo con claridad porque justamente ese día me tocó traducir uno de los pasajes más conmovedores de mi vida, los testimonios de una nena de 8 años que trabajaba en una mina de carbón a mediados del siglo XIX. Estaba compareciendo ante una comisión parlamentaria en una serie de entrevistas e investigaciones de 1842 que llevarían a la prohibición del trabajo infantil en las minas. La niña se llamaba Sarah Gooder, y éstas son sus palabras: “Soy operadora de compuertas en la mina de Gawber. No es muy cansador, pero trabajo sin luz y paso miedo. Entro a las cuatro de la mañana, a veces a las tres y media, y vuelvo a casa a las cinco o cinco y media de la tarde. Nunca me quedo dormida. A veces, cuando hay luz, canto. Pero nunca canto en la oscuridad, no me atrevo. No me gusta estar en la mina. A veces tengo mucho sueño por la mañana. Voy a la escuela los domingos y aprendo a leer. He oído hablar sobre Jesús muchas veces. No sé por qué vino a la tierra, y no sé por qué murió, pero sé que descansa entre las piedras. Preferiría mucho más ir a la escuela que estar en la mina.”
A cada rato mi anfitriona me servía alguna cosa dulce, o una taza de té, o una pinta de cerveza riquísima, y me preguntaba sobre mi viaje, o me contaba anécdotas azarosas sobre sus sobrinos, su juventud, la guerra de las Malvinas, o cualquier cosa que le viniera a la mente. No parecía darse cuenta de que interrumpía mi trabajo, pero de todas formas era agradable. Su compañía era tierna y entretenida, y yo venía de estar unos días caminando sin hablar con nadie. Como consecuencia pasé una segunda noche allí, e incluso una tercera. El clima ya había mejorado, y la última noche presentó cielos totalmente despejados. Esto no era muy frecuente, y con gran alegría saqué los binoculares del fondo de mi enorme mochila. Habíamos recién terminado de cenar, y Debbie se interesó bastante al descubrir mi interés por las estrellas. Mientras me abrigaba para salir a la noche fría, ella me preguntaba qué cosas podía ver con eso, qué constelaciones podían verse en el cielo, qué tamaño tenía la luna, qué significaba ser de Aries, y no sé qué cosas más. Yo ya estaba parado junto a la puerta, deseoso de salir afuera, y ella no dejaba de hablarme y hacer preguntas. Empezaba a fastidiarme, pero entonces dijo algo que captó mi interés.
—Mi bisabuelo, por el lado de mi madre, era aficionado a la astronomía. Aún conservamos algunos de sus cacharros.
Le hice unas preguntas que no supo responder, pero dijo que podría ver las cosas si quería. Me llevó a una habitación al fondo de la casa.
—Se llamaba Edward. Vivió en esta misma casa, aunque era muy distinta entonces. Cada generación le hizo reformas y ampliaciones.
La habitación era una mezcla común entre oficina, anticuario y trastero que vi muchas veces en casas viejas de Europa. Al costado de un inmenso escritorio había un telescopio antiguo sobre un hermoso trípode de madera oscura. Era un telescopio refractor de bronce, con un objetivo bastante grande y un ocular con su nombre grabado alrededor de la mira.
—¡Esto es una maravilla! —le dije a mi anfitriona.
—Hay otras cosas en este armario, —señaló con un orgullo recién descubierto, y continuó hablando sobre su familia, sobre la casa, las últimas reformas.
Abrimos el armario, donde había una pila de cajas rígidas forradas en cuero, y también muchos libros y cuadernos. Me quedé estupefacto ante semejante tesoro, y tomé una de las cajas, que guardaba un astrolabio de la misma época. Le pregunté si me permitía quedarme un rato ahí mirando las cosas, y me dijo que por supuesto. Durante un tiempo siguió hablando, pero debo admitir que la ignoré completamente. Fue con bastante alivio para mí que anunció su retirada, y me invitó a permanecer allí el tiempo que quisiera.
Había de todo: Instrumentos ópticos grandes y chicos, astrolabios y artefactos de medición, antiguos manuales de astronomía con hermosos grabados y cartas estelares. Había también cuadernos con dibujos hechos a mano de las constelaciones, de la superficie de la luna, los movimientos planetarios, todo con anotaciones al margen y entradas de diario registrando sus noches bajo las estrellas. El hombre además tenía buena letra, y leí algunas de sus anotaciones. Una de ellas era muy larga, se extendía a lo largo de varios pliegos, y con curiosidad comencé a leerla. Su contenido era asombroso. Más que asombroso, diría extraordinario. Más que extraordinario, maravilloso. Le saqué fotos al manuscrito, que traduje posteriormente. Es lo que sigue:


27 de marzo, 1860

Una noche sumamente increíble bajo las estrellas. Seguimiento de Júpiter y Saturno como en las noches previas, pero esta vez acompañado por uno de los sujetos más extraños con los que me he cruzado en mi vida. Había recién terminado de montar el equipo, y estaba a punto de apagar la lámpara para comenzar las observaciones, cuando apareció de la nada, caminando desde el Noreste por los campos de Smith, una criatura tan curiosa como nunca he visto en tierras de Su Majestad. No era muy oscuro de piel, y su estatura era similar a la mía, pero sus vestimentas eran de cuero cosido, y llevaba una piel de venado sobre los hombros. Decorado con artilugios de hueso y piedra, parecía extraído de los confines más salvajes de América o de Oceanía. De su hombro colgaba un morral tejido. Se acercó a mí y quiso entablar diálogo, pero sus vocablos eran del todo incomprensibles y de lo más inusuales, como de algún país nórdico o de las Vascongadas. Pero insistía en la posibilidad de conversar, posibilidad que, si bien se evidenciaba cada vez más remota e inasequible, se volvió lentamente realista al reemplazar la locución con la gestualidad.

Aún emitiendo los incomprensibles enunciados, llevó una mano a la boca, luego al estómago, luego a mí, y repitió la secuencia varias veces. Imaginé que tenía hambre, y mientras me continuaban invadiendo las preguntas acerca del origen de este inusual forastero, saqué de mi maletín una hogaza de pan, horneado por Katherine para mi actividad nocturna. Al ver el pan, el forastero sonrió mostrando los dientes, pero cuando quise dárselo, no lo tomaba. En lugar de aceptar el pan que yo insistía en entregarle, procedió a alejarse unos pasos, donde se quitó el morral, que dejó apoyado en el suelo. Luego volvió hacia mí y, después de tomar la piel que llevaba sobre los hombros y extenderla en el suelo junto a los carbones del fuego de la noche anterior, procedió a sentarse. Como ya dije, yo apenas había llegado al sitio y no había tenido aún oportunidad o motivo de encender la fogata. Entonces el forastero, tras tomar unos palos de mi pila de leña y acomodarlos sobre los carbones, materializó un morral más pequeño que llevaba en su pecho bajo los cueros, del cual sacó dos palitos y una bola de paja seca, y procedió increíblemente a encender un fuego a partir del frotamiento continuo de un palo sobre el otro. Yo no salía de mi asombro, y no tuve tiempo de hacerlo puesto que en apenas unos momentos había producido una pequeña brasa que, colocada en la bola de paja seca, se llevó a la cara y sopló delicadamente hasta producir una llama, que ubicó bajo la estructura de palos. Noté por su mirada, ahora más iluminada, que esperaba que yo me sentara junto a él, lo cual procedí a hacer con cierta cautela. En mi estupefacción, recordé la hogaza de pan que aún tenía en las manos, y volví a presentársela. Esta vez la aceptó, pero de una forma sumamente peculiar: Se llevó una mano al pecho mientras extendía la otra para tomar el pan. Todo este proceso fue lento y sólo puedo describirlo como metódico. Cuando finalmente vi que había sujetado el pan, yo naturalmente solté mi extremo del mismo. Pero entonces el forastero no se llevó el pan a sí, sino que lo mantuvo en el aire, en la misma posición en la cual yo se lo había entregado. El momento fue confuso, y pensé que me lo estaba devolviendo. Volví a tomar un extremo del pan, y cuando lo hice el forastero tiró para abajo de su lado, partiendo efectivamente el pan en dos partes. Entonces se mostró contento, y sólo me queda suponer que ése era su objetivo desde el comienzo.
Entiendo que este extraño ritual era su equivalente a dar las gracias a Dios por los alimentos, sospecha que se confirmó cuando, una vez hecho con su mitad del pan, procedió a colocarlo en el suelo frente a sí, y a emitir una serie de cantos que parecían una auténtica invocación a Belcebús. Finalmente, tomó un bocado del pan, y luego otro y otro. Yo hice lo mismo, y cuando me volví a mirarlo, ya había devorado su mitad. Era un pan pesado, de más de dos libras, con centeno y semillas, con lo cual su velocidad me impresionó. Su deleite tras consumir la ración fue de un extremo tal que le ofrecí mi parte, que aceptó esta vez sin ritual respectivo, y engulló vorazmente.
Luego de comer, sacó de bajo sus cueros otro morral aún más pequeño, de apenas unos centímetros, y de su interior obtuvo un puñado de semillas, que extendió hacia mí. Pensé que me las estaba ofreciendo como regalo, pero cuando intenté tomarlas, el forastero no me las daba. Con la otra mano me apuntó a mí, se apuntó al estómago, me volvió a apuntar a mí, y luego a mi maletín y el resto de mis cosas. Comprendí que se refería al pan que habíamos comido, y que me estaba proponiendo un intercambio de semillas. Intenté transmitirle que no llevaba los granos conmigo, mensaje que finalmente comprendió, aparentemente con cierta incredulidad.
Estuvimos en silencio un rato. Luego apuntó al telescopio. Yo señalé al cielo y cerré los dedos índice y pulgar alrededor de un ojo en forma de mirilla. Imaginé que era demasiada tecnología para su comprensión, pero el forastero no mostró demasiada confusión o sorpresa. Miró al cielo. Luego procedió a hacer dibujos en la tierra junto al fuego, que acompañaba con cantos y gestos extraños que llegaron a intimidarme. Apuntó al cielo, en dirección a Júpiter y Saturno, que recorrían los cielos del Sur, muy cercanos al cénit, sobre Orión. El forastero trazó un círculo alrededor de una de las figuras que había dibujado. Se paró y comenzó a danzar en círculos alrededor del fuego, intercalando sus pasos con gesticulaciones que hacía en dirección a los planetas. Cada tanto volvía a su dibujo en la tierra y trazaba otro redondel alrededor de la misma figura, que iba tomando la forma de círculos concéntricos. Muchas veces tomaba uno de sus amuletos de hueso o piedra, y lo involucraba en el ritual. Y a cada rato se giraba hacia los planetas con reverencia, antes de proseguir con el baile y los cantos. Entendí que los planetas le eran importantes, y se me ocurrió que sería asombroso para él verlos en el telescopio. Con gestos lo invité a hacerlo. No fue fácil hacerme entender, pero finalmente logré que se inclinara sobre el lente. Con vanidad anticipaba su reacción, recordando la primera vez que yo había visto los anillos de Saturno, e intentando multiplicar por un millón la sensación de asombro que debía sentir un salvaje ante tan divina visión. Pero no mostró la admiración que yo me esperaba, y volvió a su dibujo en la tierra, apuntando a los círculos concéntricos. “Imposible,” pensé, “nadie puede ver los anillos de Saturno a ojo desnudo”.
Saqué mi petaca de escocés y bebí un sorbo. Luego se la ofrecí. Curiosamente, pareció maravillarse más ante la petaca que ante el telescopio. Tiró un poco de escocés al suelo y pronunció unas palabras. Luego bebió un trago y sonrió sacando la lengua. Me devolvió la petaca y se acercó al fuego. Hizo otros cánticos, que me parecieron notablemente distintos a los anteriores, y se tumbó sobre la piel de venado. En poco tiempo estaba dormido. Yo volví a casa y escribí una carta que despacharé mañana a Oxford. Temo que el forastero haya huido de algún museo de historia natural. O acaso se escapó de Londres, desembarcado de algún transoceánico que lo trajo como regalo a la Reina. ¿Quién sabe?

Posdata del 28 de marzo: Regresé al alba al sitio del forastero, pero no estaba. Los acontecimientos de la víspera parecen un sueño, y acaso lo fueron. Todo cabe en el reino del Señor, y algún día Todo nos será revelado.


Al día siguiente continué mi camino hacia Avebury. Debbie preparó un gran desayuno, y le pregunté sobre la historia increíble que había leído, y que no me había dejado dormir. No sabía nada al respecto. Se me ocurrió preguntarle si su bisabuelo había escrito cuentos o novelas, y me dijo que no sabía nada de eso tampoco.
           —Era un hombre muy científico, —añadió, como si fueran excluyentes.

La llegada a Avebury fue mágica, accediendo por una avenida de gigantes monolitos a un círculo de piedras de 400 metros de diámetro. Una bruma lenta e imprecisa, como sólo he visto por esas tierras, velaba y desvelaba lo que se me iba presentando. Por unos momentos dejó de preocuparme lo que había leído días atrás.  En el museo prehistórico daban una visita guiada, que tomé sin gran convicción. Me sentí fuera de lugar, rodeado por turistas cansados que fotografiaban desapasionadamente a sus hijos, inquietos y aburridos frente a la vitrina de flechas de sílex, frente a los ropajes de cuero cosido, frente a los morrales tejidos, las pieles de venado, los amuletos de hueso y piedra.