jueves, 24 de enero de 2008

Volando con el interné (tercera entrega +1)

colonia1.

(Del lat. colonĭa, de colōnus, labrador).

1. f. Conjunto de personas procedentes de un territorio que van a otro para establecerse en él.

2. f. Territorio o lugar donde se establecen estas personas.

3. f. Territorio fuera de la nación que lo hizo suyo, y ordinariamente regido por leyes especiales.

4. f. Territorio dominado y administrado por una potencia extranjera.

etc.



¿No es raro que Colón haya ido a América a hacer lo que le dictaba su apellido?

Una de los tantos momentos en los que se solapa la historia, el tiempo se pliega y despliega como un acordeón y cosas que pasaron antes en realidad pasan después y al revés. Porque es mentira que colonia viene de colonus, labrador; colonia viene de Colón pero antes no lo sabían.

1+4+9+2 es igual a muchas cosas extrañas: ¿Qué vino antes, la "Reconquista" o la toma de Granada? ¿La Gramática de Nebrija o la lengua que usamos hoy? ¿El planeta en que vivimos o el globo terráqueo que lo mimetiza? ¿La expulsión de los judíos o el nazismo? ¿Los dinosaurios o el Renacimiento español?


¿qué vino antes?
1+1+1
2-0
-1+2

¿La Santísima Trinidad, los 33 días que estuvo Colón navegando o la obsesión con el número tres?

jueves, 17 de enero de 2008

Siete más uno (Los ojos rojos)

1.

Terminó la última propaganda, lo sabía porque ahora estaba el anuncio del canal 8, y eso significaba que ya iba a empezar el Chavo del ocho otra vez. El Chavo era uno de los grandes pero parecía como uno de los chicos, el canal se llamaba Ocho y Carlitos se preguntaba si era primero el Chavo y después el canal o al revés. Antes pensaba que era el Chavo del canal Ocho pero después vio una vez que el Chavo vivía en un barril y tenía pintado un ocho en el barril. Se conocía ese número porque Mamá le decía el nombre del canal y le decía el Chavo del ocho, Carlitos, poné el canal ocho y veía el número 8. El ocho era como dos círculos que iban juntos, como dos ceros. Se sabía el cero y el uno, y el dos, y algunos más, como el ocho. Empezó el Chavo y lo miró. Carlitos siempre sabía lo que iba a pasar. Le gustaba adivinar los chistes, no perdían el sentido, era gracioso. Pero entonces el Chavo tenía petardos. Carlitos nunca había visto al Chavo con petardos, nunca había visto petardos, sólo en los dibujos. El Chavo tirándolos por todos lados y se enojaba la vecindad, ruidos muy grandes como de truenos. A Carlitos le gustaban los truenos, los miraba por la ventana y los relámpagos también los miraba y los escuchaba. Y le daban miedo pero era un miedo bueno. Le daban miedo pero estaba adentro y a veces estaba en la cama y los veía en la ventana y los escuchaba y pensaba en Dios tirando petardos. Después Carlitos quería tirar petardos pero dónde conseguir petardos. En el Chavo y por lo que había visto en los dibujos eran como palos de papel rojo y entonces agarró unas cartulinas rojas y las hizo como palitos y sólo necesitaba los fósforos de la cocina. Mamá nunca le dejaba agarrar los fósforos, tenía que hacerlo a escondidas. A veces Mamá dormía la siesta y él puso la tele bien alto y se subió al banquito de la cocina y pudo alcanzar los fósforos. Vio el barco en los fósforos pero él no sabía qué decía en la bandera pero pensó en piratas y que quizá decía Pirata o algo relacionado con los piratas. Cuando ya tenía los fósforos se puso en su cuarto con los petardos. Primero gastó muchos fósforos porque no los podía prender bien y después los prendió bien y empezó a prender los petardos. Justo cuando el primero estaba por explotar se terminó el fósforo y le quemó un poco el dedo. Entonces se dio cuenta que todos los fósforos que quedaban estaban ya negros y no quedaba ninguno rojo. Tuvo que bajar a la cocina a buscar más pero no encontraba y entonces vio el metal que usaba Papá para prender los cigarrillos. Lo sabía usar porque era divertido y un domingo que Papá se estaba duchando lo usó. Lo llevó a su cuarto y abrió la tapa y empezó a mover la ruedita y una vez que lo hizo bien fuerte salió el fuego. Era mejor que los fósforos porque no se terminaba pero justo escuchó unos ruidos en el pasillo que eran Mamá y ya no podía esconderlo todo porque también estaban todos los fósforos tirados y Mamá entró y lo vio. Le gritó y le sacó los petardos y el metal y él lloraba y la odiaba porque le había sacado los petardos y no los había podido explotar.

2.

Estaba en el dibujo de Escher subiendo una escalera y había dibujos en la pared de cosas que iban cambiando y también había símbolos del infinito y de repente la escalera no iba para arriba sino que para abajo y se despertó con un trueno sudando. No sabía si el trueno había sido de verdad. Carlos dormía y le daba la espalda como siempre y el corazón le hacía temblar en todo el cuerpo. Miró el reloj pero se había apagado, algo había pasado mientras dormía que había apagado y vuelto a prender el reloj, estaban ahí los cuatro ochos cuadrados, de color rojo luz. Ponderó medio despierta la posibilidad de que el trueno haya caído en su electricidad. Los ochos cuadrados parpadeaban en la oscuridad. Cuatro ochos que eran ocho cuadrados puestos juntos de esa manera. Y parpadeaban como mirándola, como ojos rojos que la miraban y ella temblaba los residuos del sueño de Escher. Caminó hacia las puertas que una daba al pasillo y la otra al baño y mientras hacía eso pensó en cómo el cuarto tenía esa manera de adaptarse a sus sueños y sus rutinas. En la noche se levantaba de la cama por sus sueños, si soñaba el sueño del jugador de fútbol que se acostaba con ella era la puerta del baño y se masturbaba en silencio; Carlos ya no la tocaba. Si era el sueño del dibujo de Escher era el pasillo y la cocina. Fumaba en la cocina y pensaba en Carlitos y en Carlos, siempre mirando fijo el zippo de Carlos con el que jugueteaban sus manos. La bola negra de pool grabada en el encendedor, con unas llamas en naranja y amarillo, le traían días lejanos con olor a bencina que seguramente ya no existían más, la bola 8 era testigo o evidencia de esos días. La bola 8 era un ojo negro con dos ojos pequeños en la pupila blanca. No se quería ir por Carlitos, no era su hijo y lo tendría que dejar. Lo quería como suyo, lo había criado desde los cuatro meses. Pero entonces consideró, bajo la única luz de la lámpara que colgaba sobre ella y la mesa de madera, que ese día era diferente a los demás, o anterior, como si pudiera hacer que los días anteriores se cancelasen entre sí y ese era un único día. Se abrigó y salió a la calle.

En el bar de la pensión tomó una ginebra en un trance, encendía cigarrillos con el encendedor de Carlos y lo miraba abrirse y cerrarse en sus manos como hacía en casa. Lo usó para su último cigarrillo y después le regaló el encendedor al de la barra. Al dormirse supo que estaba en una cama extraña, en la habitación de una pensión, totalmente sola.

3.

En el tren casi nunca dormía. El sentimiento de trabajar por la noche se chorreaba mucho para afuera de las ocho horas de trabajo y en el tren miraba a la gente recién despierta, con el otro tipo de sueño que es el de la mañana. Dos mundos se unían en el tren, y los demás no eran conscientes de aquello, que ellos dormían mientras él trabajaba, que ellos quizá cuando dormían soñaban lo que él hacía en el trabajo, sirviendo algunos tragos y viendo a la gente entrar o salir, a veces traían putas y las subían a sus habitaciones y eran pequeñas parejas descartables que usaban ese tiempo de la otra persona y durante ese rato la pensión era su reino, eran dueños del mundo y del tiempo. A veces se acordaba de la gente que dormía en la pensión, a veces se olvidaba; a veces veía alguno en el tren y eso seguramente era lo que alguien estaba soñando en algún lado. Millones de personas dormían de doce a ocho y él trabajaba a esa hora y dormía mientras los otros trabajaban y dormía mientras en el otro lado del mundo alguien trabajaba el turno de noche en un hotel y no dormía como los demás de ese lado del mundo. En su casa agarró el zippo que le había regalado esa mujer y lo dejó en su escritorio, Santiago nunca había fumado y era un objeto extraño para él, no simpatizaba la bola ocho con las llamas pero era capaz de encontrar un encanto kitsch en el objeto y lo dejaba en su escritorio para mirar y pensar en otras cosas.

Mientras Raúl veía Superman en la habitación contigua, soñó con un video casero de su niñez, lo miraba a su papá que estaba del otro lado de la cámara y él desde la silla alta la imaginaba como una pistola, su mamá prendía las velas de cumpleaños con un encendedor zippo y el sentimiento era que había una pantalla con esa proyección de por medio, o que todo sucedía sobre la pantalla blanca, proyectado desde el aparato en la oscuridad. El tono ocre del Super8 cubría la escena como una manta que sugería la nostalgia, el pasado remoto y quizá hasta la ficción.

4.

Entró al cuarto de Santi haciendo puntitas de pie para no hacer ruido, quería mirar las cosas. Siempre había muchas cosas en su cuarto y él se metía a mirarlas mientras dormía. Siempre estaba durmiendo. Cuando él volvía del cole estaba dormido y después más tarde estaba despierto pero en su cuarto con los libros que era como si estuviera durmiendo pero sentado. Después Raúl se iba a dormir y cuando se despertaba estaba durmiendo otra vez, siempre durmiendo. Se subió a donde estaban los libros y encontró un metal con un fuego y se lo llevó a su cuarto con cuidado. Lo guardó con sus tesoros en el lugar que nadie conocía, y volvió a la tele. Estaba en propagandas y ya se las conocía todas y le aburría. Cuando había propagandas siempre miraba el aparato de video y veía los ochos parpadeando en la pantalla y pensaba en que en los números cuadrados del video se podían hacer todos los números sólo con un 8. Los iba imaginando mirando los ochos. 1, 2, 3. Sabía contar hasta diez como sus dedos pero los demás números todavía no los sabía. Miraba el video y a veces pensaba que si la tele fuera como el video podría hacer Fast Forward a las propagandas que eran aburridas. Después vino Santi y le empezó a preguntar sobre el metal y le decía que era un encendedor y que era suyo y que se lo devuelva pero Raúl se lo negaba y se lo negaba. Sabía que Santi no lo iba a encontrar porque estaba guardado en el lugar que nadie conocía. Santi no le dijo nada más y se fue. Nadie podía tocar sus tesoros.

5.

Prendió la luz y lo empezó a anotar en su cuaderno. Ana le dijo que estaba tardando mucho, que quería dormir, que ya le había dicho que si era muy largo que lo vaya a escribir en el estudio. Se puso un pulóver y se sentó en su escritorio para seguir escribiéndolo. Estaba en un laboratorio científico y trabajaba en división de células, agarraba las células que eran como pelotas de pool y ponía las manos de ambos lados e iba sacando las células de una especie de espejo, y al final era una sola célula, no lo podía expresar bien en palabras, era como si estuviera en Rewind porque en vez de sacar dos células de una, se unían dos células para formar una sola célula. En la pared del laboratorio habían imágenes de cintas de Moebius, y Raúl intentaba explicar lo que sentía al mirar esas imágenes, como si fueran una especie de opresión, como si lo acechaban en el trabajo y le decían que era mal científico, que nunca iba a poder conseguir que se dividan bien las células. Después había un ayudante que era Carlos Zanetti, uno de sus pacientes más perturbados, y el ayudante le pedía fuego para encender un mechero de Bunsen y él le daba el encendedor zippo que le había robado a su hermano de niño y había guardado por tantos años. Ese maldito encendedor que aparecía en todos sus sueños y siempre con el mismo peso y carácter, era quizá el objeto más simbólico que había tenido en su vida pero no entendía qué significaba ni por qué. Entonces él se sacaba la bata blanca de científico y se sentaba en un diván y comenzaba a contarle un sueño a su analista, que no era su analista sino que era su paciente Carlos Zanetti nuevamente, y Carlos Zanetti le interrumpía para decirle “Los murciélagos tienen alas de cisne y se cuelgan hacia arriba, viendo tu panza al revés. Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos.” Se acordaba de esas frases y las anotó. Mientras miraba distraído las hojas escritas, tenía pensamientos abstractos sobre Carlos Zanetti y las cosas que le contaba en las sesiones de terapia.

6.

Lo encontró en una caja con muchas cosas, en el garage de su padre que había fallecido poco antes. Lo reconoció al instante, el olor eran muchísimos olores, muchísimos recuerdos. Quizá lo recordaba más grande aunque había visto millones de zippos en su vida y sabía que eran todos del mismo tamaño. Pero éste era más grande y el olor a bencina era diferente a los otros olores a bencina. La bola de pool le abría una dimensión de recuerdos y de pensamientos nítidos. Su padre mirando y mirando el zippo, abriéndolo y cerrándolo en sus manos, perdido y alejado en su enojo y su decepción. Los ruidos click, click, particulares, únicos. No había otra cosa como ésa y era de su padre. Cuando podía lo usaba pero lo tenía prohibido. Después cuando se fue su mamá lo dejó de ver y era como si lo hubiera olvidado. Ahora lo tenía en sus manos y se maravillaba por el poder del objeto, el objeto de metal proyectaba toda una visión de las cosas, enumeraba una serie de recuerdos; insinuaba que el pasado no había terminado, o sólo que había existido alguna vez. Lo llevó a su casa y se lo mostró a Camila, que trataba de entender el zippo pero no podía. Como si fuera un libro en un idioma que no sabía, con letras jamás antes vistas. Y de algún modo le molestaba no poder leer el zippo y el dibujo y los colores, el amor que tenía por Carlitos le obligaba a leerlo pero cómo. Era una forma de celos, Carlitos siempre metido en su mundo de oscuridades y símbolos. Carlitos era incapaz de abrirle eso y ahora iba al sicólogo que le quería dar unas pastillas para que no esté tan solo todo el tiempo. Cuando Carlitos volvía de ver al sicólogo le contaba a Camila que otra vez no le había podido contar lo del zippo, que otra vez no había podido. Y ella no podía entender las vueltas que daba y trazaba el zippo, por qué se inflaba tanto de importancia y cómo podía ser un problema tan serio. Carlitos empezó a ir todo el tiempo a la casa de su padre a buscar objetos y a pensarlos. Encontró unas cintas de Super8 y se obsesionó con verlas, las mandó a un lugar que las pasó a DVD para poder verlas en su casa. Una era del cumpleaños de su padre. Su padre está en la mesa y hay algunos regalos. Están sus abuelos y detrás de la cámara por las cosas que van diciendo Carlitos asume que está su madre. Después de soplar las velas empieza a abrir los regalos. Abre el de su madre, es el zippo con la bola 8 y el fuego. Su padre se alegra mucho, obviamente hay alguna interna imposible de rescatar. Mira a la cámara y dice gracias, se acerca y se esconde en la cámara para darle un beso, después se agacha y la cámara lo sigue, su madre se filma su propia panza de embarazada y su padre besa la panza. Dice gracias Carlitos, gracias Nora.

Gracias, Nora. ¿Quién es Nora? Su madre no se llamaba Nora. Se había ido de la casa cuando él era chico; tenía recuerdos muy borrosos, pero se llamaba Sandra, siempre había oído Sandra. Después vino su abuela y le sacó la cámara que se giró y ahí estaba la mujer, totalmente desconocida, besándose con su padre, veía la panza y adentro estaba él.

7.

Se quedó sentado en la mesa de la cocina, miraba los dibujos de Escher en la pared que se identificaban y se entrelazaban con sus pensamientos. Prendió un cigarrillo y se detuvo en su encendedor. Vio el número, vio la forma, pensó en Escher; Nora se había ido y él sentía que esto ya había sucedido, que iba a suceder un millón de veces y seguramente sería por su culpa. El bebé lloraba y Nora se había ido. Era curioso cómo hasta ese momento Nora y el bebé eran una sola persona, Nora ya no estaba pero estaba esa parte de ella. El bebé lloraba y Carlos prendió otro cigarrillo.

8.

Se lo sacaba para copiar el dibujo. Ahora que era más grande era más fácil sacarle el encendedor a Papá. Copiaba el dibujo y ya se sabía el número. El ocho se dibujaba con una sola línea y después hacía dos círculos más y ya tenía la pelota negra y el fuego era más difícil pero a veces le salía bien. Le gustaba el olor a fuego del encendedor y una vez soñó que el fuego de sus dibujos era de verdad y se quemaban los papeles y después se iba quemando todo hasta que se despertó con miedo y llorando y fue a dormir a la cama de Mamá y Papá pero estaba sólo Papá y estaba sentado en la cama mirando para abajo y no le contestaba, como si estuviera dormido, tenía los ojos abiertos pero no le contestaba y él le rogaba llorando que le hable porque tenía miedo y se quería despertar porque era como una pesadilla y no se podía despertar.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Volando con el interné (tercera entrega) o A quién no le gustaría ser un indio en tanga que se lo morfó a Magallanes

Bueno, las cosas andan de a tres, no hace falta venir a decirlo. Pero lo hacemos igual.

Aprovechemos que estamos acá en este lado del mundo para ver las estrellas que son diferentes, algunas, no tanto las Tres Marías que siguen ahí porque sino rompemo todo. Y para usar internet, y para decir cosas a través de internet. Y para usar la palabra: internet.

Algunas observaciones, para reirnos un poco de nuestro diccionario:
La segunda entrega de este vuelo habría sido imposible en el año 2001. No sólo porque la Real Academia Española no tenía un diccionario virtual ese año, sino también porque la palabra misma no tenía una entrada en el diccionario. How´s that for una lengua conservadora?

Y tres que sí que estaban en el 2001, y en el 1901, y en el 1801 y no sé cuantó más atrás podés ir. No me soprendería que hayan estado igualitas en la primera edición de 1715 (formación profesional a saco).

reconquista.
1. f. Acción y efecto de reconquistar.
2. f. por antonom. Recuperación del territorio español invadido por los musulmanes y cuya culminación fue la toma de Granada en 1492.
ORTOGR. Escr. con may. inicial.

someone didn´t go to his clase de historia... or had a hard time entendiendo

una que le gusta a Fabri:

mundo.
(Del lat. mundus, y este calco del gr. κόσμος).
1. m. Conjunto de todas las cosas creadas. (¿por quién?)

por dios!
(Del lat. deus).
1. m. Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo.
ORTOGR. Escr. con may. inicial.

Esa última no está mal supongo, aunque de repente pasó de crear el mundo a crear el universo. Esta quizá sí la cambiaron con el tiempo, seguro que antes decía Ser supremo que te va a mandar al infierno si no hacés lo que te decimos.

Estéticamente, es muy divertido el punto de vista de nuestro amigo que Cortaba al azar; dijo lo que ahora todos repiten, que el diccionario es un cementerio de palabras. Me lo imagino como la página de avisos fúnebres.

Requiescat In Pace mis amores, feliz natividad y un fósforo baño nuevo.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Volando con el interné (segunda entrega)

internet.

1. amb. Red informática mundial, descentralizada, formada por la conexión directa entre computadoras u ordenadores mediante un protocolo especial de comunicación.


ORTOGR. Escr. t. con may. inicial.



Bueno al parecer vuelvo a dormir y cagar en una casa conectada con las demás casas y cabezas de personas. Internet es una palabra que... bueno... ya saben.
Acabo de encontrar un borrador para un post que la verdad no me acuerdo haberlo escrito. Por la fecha (seis de agosto) es de Buenos Aires. Mirá lo que dice:

De las ocho personas que hay sólo a uno le duele el estómago. A tres les duele el ojo. A dos les duele la parte de atrás del cuello. Hay algunos que a la parte de atrás del cuello la llaman la nuca. Yo la llamo el pezcuezo. Las dos son erradas pero igual da. A mí me duele la silla. Tengo la silla toda revuelta, debe ser por el bife que me comí. Estaba medio podrido. Cuatro sospechan que esto no es literatura. Eso es la mitad. A cinco les duele el alma. Hay tres que mienten o que murieron cuando se inventó la rueda. Hay uno que inventó la rueda, posta. Yo intento distraerme pero me duele tanto la silla, ese dolor punzante de silla

Hoy recibí una carta del Vaticano. De un amigo italiano que es espía del Vaticano y estuvo acá en Barcelona en una misión haciéndose pasar por un alumno de letras de treinta y tres años haciendo un Erasmus (intercambio universitario internacional) en Barcelona. Estuvo como tres o cuatro meses viviendo en casa. Y después se volvió a Italia y ahora me mandó la carta esta. Lo gracioso es que la carta no me la mandó por correo normal sino por la Posta Miracolosa que es un servicio divino de correo en el que te lo escriben en tu máquina de escribir. Es difícil de explicar (los milagros lo son), pero yo llegué a casa y estaba la carta para nosotros escrita en la máquina de escribir del living. Estoy tratando de evitar esa horrible redundancia que escribo al escribir pero no se me ocurre ninguna palabra que no quede forzada. Bueno, nada, cuestión que hoy fui testigo de un milagro. Mirá el milagro:

¡Hola chicos! Soy Giuseppe
En este momento no hay nadie en casa. Lo quise así para que no os asustarais. Como veréis soy magia, es mi espíritu el que escribe esta carta, mi espíritu que quedó en su casa.
Es realmente cojonudo ver cómo se aprietan solas las teclas de la máquina, alguna vez os lo mostraré.
Les escribo para comentaros que estoy bien, ya estoy de vuelta en el Vaticano. Me hicieron una fiesta de bienvenida que estuvo super guay.
Ahora me quieren enviar en otra misión pero yo les dije que me quiero quedar un rato aquí porque tengo ganas de follar con las monjas y tomar un poco de la sangre de Cristo. La bebida no “bendecida” es un rollo, no coloca niente.
Anoche tuve un sueño y estabais todos allí. Pero también estaban todos los del Vaticano y no sé, ese sentimiento extraño de que se unen dos mundos; uno piensa que todo va a explotar. Hablando de explosiones; un chisme.
Acá en el Vaticano están preparando una guerra mundial pero los cabrones juegan con los trucos de magia y los milagros así que van a hacer que todo el mundo cague fuego. Será una pasada.
Lo de los milagros es todo verdad y podemos hacer cualquier cosa que queramos lo cual es muy divertido. Como esta carta que los va a dejar flipando, o ni se lo van a creer.

Bueno mejor me voy antes de que me encuentren diciéndoles todos estos secretos. ¿Vosotros cómo estáis? Miguel, ¿ya se te curó la infección que te salió en el pene de tanto follar con taxi-boys? Como te prometí, no le conté eso a nadie.

Bueno, ahora sí que me largo, están pasando Friends por la tele. Ese programa a veces me recuerda a nuestra vida juntos en Barcelona. Todos muy amigos y muy guays viviendo juntos.

Saludos a todos, decidle a Nacho que no cambie nunca, nunca.
Nos veremos en el Último Día (ya falta poco)

besitos en la cola,
G.

PD: En realidad sé castellano, me hacía el que no para poder escuchar sus conversaciones. Y también para irritaros un poco. ¡Sopencos!

Se nota que vivió con un argentino por algunos errores en la conjugación de la segunda persona de plural (que corregí) y también por algunas palabras o expresiones. Ah y Miguel es mi compañero de piso, no soy yo... yo no me cojo a taxi-boys, posta.

Es gracioso que haya mencionado ese sueño porque justo anoche yo tuve un sueño larguísimo en el que también se me unían los mundos en una fiesta rarísima, en donde estaba toda la gente que conocía; de Buenos Aires, de acá y también familiares de Filipinas. Era como un festival, y era en todos lados, en un momento estaba en la casa de Benja, en otro en la de mi primo en Cebú, y todos se conocían entre ellos. Y era como un parque temático y las atracciones eran como pequeños sueños. Me acuerdo de uno que te metías en como un cuarto de madera bien chiquito y de repente se abría el piso y tratabas de agarrarte de las paredes y no podías y te caías y era divertido. En ese me metí varias veces. Era consciente de que las atracciones eran sueños de verdad, entonces cuando me metía ahí sabía que estaba soñando. Pero después salía y ya no lo podía saber más, era la vida real; el festival este con toda la gente que conocía. Fue muy largo, cuando me sonó el despertador para ir a clase me volví a dormir porque no me lo podía perder.

Estuve todo el día cantando The Saddest Song de Morphine, que también es una segunda entrega en este blog, (cuando termines de leer yo ya no voy a estar más):

On my first day back, my first day back in town
My first day, first day back in town.
The clouds up above, they were hummin our song
hummin, hummin our song.

My biggest fear is if i let you go
You'll come and get me in my sleep.
My biggest fear is if i let you go
You'll come and get me in my sleep.

Come and get me.

I set my course, sail away from shore
Steady, steady as she goes.
A crash in the night, two worlds collide
and when two worlds collide, no one survives,
No one survives.


And the reddest of reds, bluest of blues
The saddest of songs i sing for you
And my biggest fear is if i let you go
You'll come and get me in my sleep.
Come and get me,
Come and get me in my sleep.

lunes, 26 de noviembre de 2007

chiste que me invertebré

PRIMER ACTO: (copete) Un artista de vanguardias se murió congelado esta mañana en el norte de Groenlandia.

SEGUNDO ACTO: (copate con el link) Alguien Grosso hizo ésto en el Polo Norte. No se murió pero seguro se cagó de frío. Al re pedo.

S. TERCERO A. Cto.: Un cavernícola de vanguardias se gasta todos los ahorros de la hipoteca en pinturas para dedicarse al arte rupestre. Su mujer lo caga a piñas y lo echa de la cueva. Muere congelado.

¿Cómo se llama la obra? Dos noches con tu vieja (ya no es lo que era) No, mentira se llama así: Helarte por el arte.


este blog sufre lo mismo que sufren los precios de vivienda en Japón, Macaulay Culkin, la Real Academia Española, Occidente, y este blog de mierda.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Cese, sede C. Rapidito para rompate the ice, (¿se escribe ice o eyes?)

CCC
o sé sé sé
o quizá seh seh seh
y sino tres cientos

primer ciento: El ciento por ciento. Hoy sentí que la tierra giraba al ciento por ciento.
Sinopsis: ocho amigos embriagados se pelean a muerte, música de fondo: CCCP (prodigiosa banda italiana. Escuchar.)

segundo ciento:
-¡Don Segundo, no consiento que me trate usted así!
-Calláte putita, ¿o me vas a decir que por dos cientos no me la chupás?

puntos suspensivos, quizá algún chiste de segunda sombra.

tercer ciento: Guión para peli de sci-fi recuperado entre los apuntes de la Poética de Aristóteles. Es el año tres cientos d.C., (CCC dC, eh... Números romanos, guys) la tierra es invadida por tres cientos niños-Jesús. Quieren leche de la teta de una virgen (jodido), galletas, y un poco de paz mundial. Trama paralela, un científico loco (protagonizado por Hugo Chávez), sospecha de una conspiración divina que se esconde detrás del número tres. Christus, Christus, Christus. Evidencias: Colón (protagonista del Peor Genocidio de la Historia de la Humanidad), tardó 33 días en llegar a América, el número pi empieza en 3, etc. Cantito popular en el interludio: Colón Colón (Colón) ¡Qué grande sos!

miércoles, 8 de agosto de 2007

Cuando Sartre era chiquito no me odiaba tanto

Antes de salir me acuerdo de olvidar las llaves. Miro a los ojos a una especie de cómoda que hay al lado de la puerta. Miro la puerta. Entonces, la maniobra es difícil, tengo que dejar las llaves, abrir la puerta y cerrarla antes de acordarme que no tengo las llaves, que las llaves las dejé en esa especie de mesita. No me puedo distraer ni con la mesita ni con la puerta ni con las fotos que hay enmarcadas. Las fotos que hay enmarcadas son de momentos, ninguna es del momento ese en el que estoy, estoy saliendo de mi casa. Tengo una bufanda en derredor al cuello, la camisa celeste medio oscura. Las llaves las pongo sobre la mesa, con el llavero que en realidad era un enchufe que me pareció divertido convertir en llavero. En realidad está todo ahí, la información y la puesta en escena. Porque si fuera tan necesario salir de casa con las llaves me las ataría al cuello, pero en vez me ato al cuello un par de botones que me regaló una chica en una mercería creo que porque yo era el único hombre que entraba ahí desde que se le rompió una lámpara y tuvo que venir un tipo a arreglarla. Entonces, tengo las llaves en la mano y miro la puerta y eso no me hace acordar a nada, no me hace acordar a agarrar las llaves ni nada. Porque miro el llavero que es un enchufe y es casi como un fotomontaje porque ya estoy mirando un enchufe que hay en la pared, con una lámpara. Ya es de noche, la lámpara está prendida y entonces los pasos son apagar la lámpara, salir de casa. Miro las fotos de vuelta, deben ser unas cuatro o cinco fotos. Yo salgo en dos de ellas. Entonces estoy a punto de salir de casa, tengo las llaves, voy a apagar la luz, tengo la bufanda. Pienso en que voy a llamar el ascensor antes de terminar de salir para ahorrar tiempo. Eso me lo enseño un amigo más grande que yo cuando yo era más chico que yo. Todo eso. Abrís la puerta, llamás el ascensor, pero la puerta la dejás abierta. No la cerrás hasta que estés vos afuera, el ascensor afuera, alineado a vos, mirándote a los ojos. Pero ahora estoy adentro, hasta ahora tengo las llaves, tengo la bufanda. Si tuviera que sacar la basura tendría la basura pero la basura está casi vacía porque anoche vino Ana y me limpió todo el departamento. Yo le decía que no, que vuelva a la cama pero ella está loca. Ana sale en una de las fotos que están en la especie de cómoda que hay al lado de la puerta. Hay una foto en la que no sale nadie. A veces viene gente y me dice que en vez de tener esa foto en la que no sale nadie que ponga una en la que sale alguien. Yo estoy por salir de casa y tengo las llaves. Las llaves no son para salir sino que son para volver a entrar. El mecanismo es curioso. Es para estar seguro que vas a poder volver a entrar a tu casa. Y el plano general es que no querés que te roben. Tenés guita, y una computadora y la cámara de tu viejo. Yo tengo guita, una computadora y la cámara de mi viejo. Entonces, muy cerca de todo eso está la puerta, salir de casa. No tengo monedas para el colectivo pero tampoco tengo cigarrillos asique esos dos problemas se anulan, compro cigarrillos y me queda que tengo cigarrillos y me dieron cambio para el colectivo. Pero eso todavía no pasó porque estoy adentro de casa. Pero estoy siguiendo las instrucciones para salir. Pienso en ir al baño pero me parece innecesario, entonces estoy mirando las imágenes, abro la puerta, llamo el ascensor. Cuando escucho el ruido del ascensor no puedo dejar de pensar en la canción de Mariel y el capitán, y después paso a la Milonga del marinero y el capitán y después ya me estoy cayendo por el ascensor y fue tan fácil rescatarme. Esas caídas diarias en las que antes de salir pienso en las cosas necesarias para salir, en el quinto vivo yo pero el ascensor todavía no llega. Tengo las llaves, tengo todo. Pero entonces pasa esto: me dan ganas de estornudar entonces miro a la lámpara, miro a la lámpara a los ojos que es como si fuera un sol o sea un propulsor de estornudos pero no viene, no viene, apago la lámpara, la prendo de vuelta, no viene, no viene, llegó el ascensor, me saco la bufanda, dejo las llaves al lado de la foto en la que no sale nadie y me estoy por caer porque todo cambió de repente, tengo el tacho lleno de basura, un ascensor que no funciona pero ya no puedo hacer nada porque estoy afuera, entre el ascensor y la puerta, las llaves las dejé apoyadas en algún lado y no me queda otra que bajar por las escaleras y creo que voy a terminar el día sin saber qué pasó.

lunes, 4 de junio de 2007

Querido Lector;

He estado trabajando en un cuento, y en éste no he dudado de incluirlo a usted. Siento estar tropezando y me interesa su opinión. Bruscamente, iría de una carta que usted me escribiría a mí; que a su vez sería la respuesta a otra escrita por mí y dirigida a usted. La carta iría más o menos así:

Querido A.,

He leído, en su última colección de cuentos, una historia que me ha dejado aturdido. Le aclararé que yo no escribo y en mi vida sólo he leído la prensa y cosas relacionadas con mi trabajo (fui abogado). En realidad, su libro vino a parar a mis manos de mera casualidad. Un amigo que conoce mi vida sabía que lo encontraría asombroso. Usted, en el epílogo del libro, le escribe una carta a su lector y en éste habla sobre una peculiar historia sucedida a su padre. Usted dice:

Querido L.;

Me tomo el lujo de introducir, a modo de epílogo, una historia con la cual he estado jugando mucho últimamente pero no consigo adaptarla a un buen cuento. Van años desde que la tengo en mente y, por miedo a dejar pasar la oportunidad, la delato ahora, sin el velo literario; tómelo como una anécdota. Al morir mi padre, encontré una carta para mí, dentro de la cual me dejaba algunas últimas palabras, y otra carta, destinada a su hermano. Su petición era la siguiente: debía esperar a la muerte de su hermano gemelo para entregarle la carta a su hijo, mi primo. Yo no conocía a ninguno de los dos y sólo vagamente sabía que existían. Exigía que yo no la lea, pero lo hice igual. Era ésta:

Querido Aitor;

He demorado, como era mi intención, demasiado en darte esto, tanto que hemos muerto. Se la dejo, entonces, a tu hijo. Espero que no te moleste mi actitud, mis ansias por hurgar en el pasado; aunque no lo sienta nada necesario, me es imposible no hacerlo. Pero la verdad es que, por más que intente reconstruir los hechos, mis recuerdos son muy inciertos y difícil es trazar la línea entre lo ocurrido y lo que yo he soñado o inventado. Recuerdo una habitación llena de espejos, o un laberinto de ellos; ¿un parque de atracciones?, ¿un escenario ficticio, adaptado por mí? Tú huías o huía yo, y los espejos creaban como un campo de juego, al ver el reflejo uno no sabía si se trataba del otro o de sí mismo. Uno de los espejos fue destrozado adrede, por uno de los dos, o quizá por ambos en una reacción simétrica, de los dos lados del cristal. Creo que con ellos nos hicimos las cicatrices. Yo el primero, me corté la mejilla en una eufórica necesidad de distinguirme de ti y de los espejos. Pero tú lo hiciste también y volvimos a ser los mismos, el mismo, en toda la nave sólo estábamos los dos y uno sólo, multiplicado miles y miles de veces. La sangre manchaba nuestros atuendos y el suelo, y era siempre igual. Yo me escabullía y tú te escabullías, buscábamos salir o matarnos. Pero incluso cuando alguno tuvo la oportunidad de hacerlo no pudo, por miedo de actuar sobre un reflejo; apuñalarse a sí mismo con un espejo roto. Verás que es todo muy indefinido y no dudo que tu memoria sea parecida; yo no recuerdo quién mató a quién, o si realmente hubo asesinato alguno.

Ahora me estoy muriendo de ese día. Ese día es como una enfermedad terminal, me muero de pena y de vergüenza por ese día, pena por haber derramado tu sangre, vergüenza por no acordarme quién soy. Mi cicatriz está en el lado derecho, ¿y la tuya? Intento banalmente y hasta el cansancio recordar quién era el de la cicatriz en el lado derecho. Pero entre el reflejo simétrico, la fiebre delirante y la euforia pasional, todo se ha entremezclado en una especie de nebulosa. Muy a mi pesar, Aitor, muy a mi pesar. Tengo pesadillas incluso cuando estoy despierto, o mi vida es un mal sueño. En un sueño el trazo es indefinido, la personalidad inconclusa, los hechos difusos. ¿Cómo llamar esto vigilia, si no consigo distinguir entre mí mismo y las demás personas? Pienso en cosas de la niñez, antes de aquel día, pero incluso entonces no desigualo. Confesaré que ni sé cuáles hechos son anteriores y cuáles posteriores; no faltan veces en las que sospecho que no sucedió una sola vez sino que muchas, algunas de verdad y otras soñadas. Incluso de momentos lo intuyo como un solo sueño que se repite, pero un sueño largo, continuado. Como si cuando dormimos entramos los dos juntos a aquel otro campo que es un laberinto de espejos; pero también una esfera de la realidad. O quizá sucedió en la placenta de nuestra madre, y es nuestra memoria la que lo repite y repite, dejándonos inseguros de por vida.

Ahora me estoy muriendo y es casi un alivio. Pero me asecha un miedo terrible porque quizá no acabe aquí, quizá la muerte sea un regreso eterno a ese lugar escalofriante en donde sólo existe el pánico y la cobardía, allí un acto de valentía no existe, la mera existencia involucra necesariamente el terror.

Ahora me estoy muriendo y hay una última sospecha y es que tú no existas, que haya sido yo sólo todo el rato, yo sólo que vivía reduplicándome en los espejos sin poder salir, y mutilándome de miedo, mutilándome frente al espejo queriendo crear una frontera más real entre mi reflejo y mi persona, queriendo que no sea todo igual, queriendo negar la simetría. Saber la verdad me llena los huesos de pánico y les dejo ese peso a nuestros hijos. Si es que tú realmente existes y tienes uno, al igual que cabe la posibilidad de que yo no tenga uno ni tampoco exista.

Ya sabrás que nunca te quise,
Leandro

La carta me dejó en un estado de desequilibrio que acariciaba el enloquecimiento. ¿Cómo reaccionar ante semejante testimonio? Pude averiguar que mi tío ya era muerto, y le envié la carta a mi primo, dentro de otra en la que le aclaraba lo sucedido. Pero me cuesta mucho encontrarle un final a esta historia. Cómo declarar, en un solo texto, la presencia de muchos otros textos. Cómo decirle al lector que mi tío era a la vez muerto y vivo, presente y ausente, histórico y ficticio; cómo dibujar un tío que es a la vez mi padre, dos gemelos que existen en simetría, uno el reflejo del otro, cada uno necesario para la existencia del hermano. Me gusta lo de las cicatrices porque le da el peso suficiente para que caiga a tierra. Una cicatriz que se lleva en el rostro de por vida, marca de existencia, de momentos vividos, las cicatrices son únicas. Pero si dos personas tienen la misma cicatriz, y se la hicieron en el mismo lugar, al mismo momento, ¿no son entonces la misma persona? ¿No se anima uno a pensar que es tan sólo el reflejo del otro? ¿Es tan inconcebible que uno se excluya del mundo real, para ponerse del otro lado del espejo? El personaje crea su propio mundo que es el que se mira con el nuestro en los espejos. Entonces se recluye imaginando que la barrera entre su mundo y el nuestro es la misma que existe entre el sueño y la vigilia, deja pasar su muerte con ansias de entenderlo mejor detrás de esa barrera; deja una carta para demostrar que estuvo. ¿Pero entonces qué?

Un saludo incierto,
A.

Claro que mi amigo no sabía cuán exacta era la coincidencia. Ahora rozo la locura por lo que cómo le cuento esto le sonará extraño. Insisto en que mi vida no es una literaria, mi imaginación no tiene protagonismo alguno en este informe. Lo que pasa es que la carta que usted ha escrito no es un original. Usted ha incurrido, sin siquiera saberlo, al plagio. Esa carta no es obra de ficción, y la que usted ha escrito es, por lo menos, la segunda. La que yo juzgo primera ha estado encerrada bajo llave en un cajón por tres décadas y la ha escrito mi padre o mi tío. Ambos murieron mientras yo estaba en la placenta de mi madre. Uno se llamaba Aitor y el otro Leandro. Mi madre no me quiso decir cuál era mi padre. Quizá porque ella tampoco lo sabía.

La carta que usted escribe es exacta a la que tengo yo, tanto en un cajón como en la memoria. Debo ser preciso y aclarar que no es exacta sino simétrica. Usted atribuye el papel de autor a Leandro, el de lector lo tiene Aitor. En la mía, el remitente es Aitor y el destinatario es Leandro. Claro que es un tecnicismo, incluso una investigación meticulosa revela que ambos son falsos. La verdad es que ambos escriben y ambos leen. Usted se llama A. como mi primo y mi hermano, y yo me llamo L. como los suyos. Cargamos todos el mismo peso, que es le de nuestros padres, la historia se ha multiplicado con el tiempo, cada generación la hace más real y a la vez más mítica, usted es ahora su padre, y dentro de años usted será nada más y nada menos que todas las personas. Es inútil creer esto una broma o una producción literaria, aunque está abierto a hacer la lectura que quiera.

Le mando un saludo que son todos los saludos,
L.

Ahora caigo en el mismo lugar en que cae mi personaje, tropiezo en el mismo escalón que es el escalón que sube y baja a la vez, trato de cerrar un círculo literario pero en vez caigo en un círculo literario; las consecuencias son diferentes. Puedo seguir girando la rueda, introducir más personajes con historias semejantes; pero siempre son historias semejantes. Lo que busco es que sea la misma historia, una sola que se aplique a todos los casos. Quiero que la carta sea una daga, la lectura una cicatriz. Una daga imprecisa, un espejo roto en forma de daga, dibujar una daga por la que se miran los mundos. Quiero llamarme Aitor y Leandro, quiero ser el autor y el lector de esta obra. Quiero que usted sienta lo mismo.

El cuento permanece, pues, inconcluso. Esa prisión.

Firma,
M. A.